Crimea, la última cuenta pendiente de la guerra fría

Luís Bassets
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23 de marzo de 2014  

MADRID

Todos nos miramos en Crimea. "Como en un espejo, la situación en Ucrania refleja lo que está sucediendo y lo que ha sucedido en el mundo en las últimas décadas". Lo dijo Putin en el solemne discurso de la anexión en el salón San Jorge del Kremlin. El golpe, perpetrado con celeridad prodigiosa para "corregir un error de la historia", es el acontecimiento geopolítico de mayor trascendencia desde la disolución de la Unión Soviética, réplica a la vez de aquel movimiento sísmico que terminó con el mundo bipolar e intento de restauración que pretende corregir la catástrofe que para Putin significó el hundimiento soviético.

El espejo ilumina una época caracterizada en la visión del presidente ruso por la inestabilidad del mundo y la degradación de las instituciones internacionales, exactamente lo contrario del nuevo orden mundial prometido por Bush padre al finalizar la guerra fría.

No tiene dudas el señor del Kremlin sobre quiénes son los responsables del desorden: "Nuestros socios occidentales, encabezados por Estados Unidos". Rusia observa el desenlace de la guerra fría con ojos similares a cómo la Alemania de Weimar veía la paz de Versalles, incluida la idea de la puñalada por la espalda. Según su visión, Washington y sus aliados han utilizado la legalidad internacional como les ha convenido, "forzando resoluciones de los organismos internacionales y en caso de no conseguirlo ignorando al Consejo de Seguridad".

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La cuenta presentada por Putin es larga y pesada: el bombardeo de Belgrado, Afganistán, Irak y Libia; las revoluciones de colores (Ucrania en 2004) y la primavera árabe, a las que supone controladas por los occidentales con un balance de "caos, explosiones de violencia y levantamientos en serie, en vez de democracia y libertad"; y, sobre todo, la política de hechos consumados y las mentiras contra Rusia desde 1989. E incluso más allá: desde el siglo XVIII los rusos se han visto siempre victimizados y acosados "por su posición independiente" y "porque llamamos las cosas por su nombre y no somos hipócritas".

El espejo sirve también para el presente. Putin agradeció el apoyo de China e India, los únicos países en manifestar simpatías con Moscú. Pekín ha buscado el equilibrio, quizás la posición del árbitro, con su abstención en el Consejo de Seguridad. En Nueva Delhi hay algo que empuja hacia la recuperación de la vieja alianza mantenida con Rusia durante la guerra fría.

Pekín tiene dudas ante el espejo. Crimea es un territorio irredento como Taiwán, pero el derecho de autodeterminación conecta con Tíbet y Xingjian, mientras que la integridad territorial y la preservación de las fronteras, violadas en Ucrania, son principios sagrados de la soberanía nacional que China defiende. Cierto que, al final, donde el espejo se enturbia para los dirigentes chinos es en Maidán, con los reflejos de la revuelta de Tiananmen, cuando el pueblo quiso el poder en una república popular como China. Y eso Moscú y Pekín lo ven con los mismos ojos.

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