
¿Cuál de los candidatos es Cimón?
EL siglo V antes de Cristo fue la edad de oro de Atenas. Comenzó con la victoria de los griegos sobre los persas en las guerras médicas entre el 490 y el 479 a. C., culminó a partir del año 451 a. C. con la exaltación de Pericles (por eso se la llama también "el siglo de Pericles") y terminó con la derrota de Atenas a manos de Esparta en el 404 a. C.
Antes de Pericles, dos caudillos se disputaron la primacía. Uno, Temístocles, fue el genio militar cuya estrategia dio por tierra con los persas. Sin embargo, Temístocles fue penado con el ostracismo (forzoso exilio de diez años) en el año 471 a. C., derrotado por su rival Cimón, quien seguiría conduciendo a Atenas hasta poco antes del advenimiento de Pericles.
¿Cuál era la diferencia entre Temístocles y Cimón? He aquí como la describe Christian Meier en su monumental historia de Atenas: "Temístocles fue finalmente desplazado por Cimón. Los dos competían en todos los niveles. Cimón era exitoso y popular. No poseía la sobresaliente inteligencia de Temístocles, pero sabía hacerse querer. La gente encontraba a Temístocles, en cambio, irritante. Era un hombre complicado, pero en tiempos de emergencia se lo había aceptado por sus brillantes cualidades. La inteligencia de Cimón era mucho más limitada, pero estaba más a tono con el humor predominante. Los atenienses terminaron por sentir que, verdaderamente, los representaba" (Christian Meier, Athens. A Portrait of the City in Its Golden Age, New York: Metropolitan Books, 1998, págs. 278-279).
Después de la descripción de Meier, Temístocles y Cimón dejan de ser dos personajes alojados en un lugar particular de la historia para convertirse en modelos políticos de validez universal. La utilidad de su ejemplo para entender a nuestra época queda de manifiesto cuando nos preguntamos cómo juzgaríamos a Cavallo, Duhalde y De la Rúa si tuviéramos que compararlos con ellos. ¿Cuál de nuestros candidatos está más cerca de Temístocles, y cuál de Cimón?
Proponer o representar
Si una elección consistiera solamente en que los candidatos presenten sus propuestas de gobierno y los ciudadanos escojan racionalmente entre ellas, Temístocles y sus continuadores siempre ganarían. A la luz de lo que escribe Meier, es difícil no pensar que nuestro Temístocles es Cavallo. Es el más inteligente y preparado como hombre de gobierno. En varios cuadernillos cuidadosamente elaborados, ha presentado propuestas de gobierno más detalladas que las de sus rivales. Sin embargo, la encuesta de Gallup que publicó el jueves último La Nación sólo le anticipa el 8 por ciento de los votos.
Es que, para recordar a Meier, Cavallo también es "irritante". ¿Qué hace entonces la gente? Acude a él, como a Temístocles, cuando las papas queman. Menem no tuvo más remedio que convocarlo al ministerio de Economía en 1991, en plena hiperinflación, pero en 1996, no bien sintió que la emergencia había pasado, lo despidió.
Es que, al votar, la gente no escoge entre diversos planes de gobierno. Escoge personas con las cuales se siente identificada. No busca a quien tenga la mejor propuesta. Busca a quien la represente mejor. Busca a Cimón.
En 1989, tanto Alsogaray como Angeloz presentaban propuestas de gobierno. Planes de ajuste. Menem se limitaba a ser él mismo y a pedir "Síganme". La gente votó a Cimón. El plan de gobierno, el ajuste, vino después.
En un libro provocativo, el filósofo Enrique Valiente Noailles sugiere que, al votar a Menem, la gente se votó en cierto modo a sí misma. De ahí la relación amor-odio que los argentinos tuvieron con el Presidente a lo largo de los años noventa. De un lado, Menem representaba el nuevo humor de una Argentina que quería cambiar en dirección de una suerte de liviano optimismo. Menem lo encarnó. Pero no bien lo hizo, al verse reflejados en Menem, a los argentinos dejó de gustarles lo que veían. Es que Menem era el portador de una dimensión del alma argentina de la cual los propios argentinos terminaron por alejarse. Esta es la tesis de La metamorfosis argentina, Buenos Aires: Perfil Libros, 1998.
En 1983, Alfonsín encarnó el entusiasmo de los argentinos por la democracia restaurada. En 1989 y hasta 1997, Menem encarnó el liviano triunfalismo de la mayoría que lo votaba. Pero ahora reina un nuevo humor. ¿Quién logrará representarlo? ¿Quién será el nuevo Cimón?
El humor del pueblo
Tanto Duhalde como De la Rúa, en vez de presentar un plan como Cavallo y ver después cómo les va, auscultan primero el sentir popular y procuran, después, interpretarlo. Ambos aspiran a ser Cimón. Lo que los diferencia, pues, no es Cimón. Lo que los diferencia es su interpretación acerca del humor popular que ambos desearían representar.
A partir de su campaña por la condonación de la deuda externa, Duhalde imagina un humor colectivo al que identifica con su propia visión de las clases populares. Vuelve entonces a los temas clásicos del peronismo. Denuncia al Fondo Monetario Internacional y se aleja del establishment. En esta fase final de la campaña, Duhalde dirige sus mensajes a un votante imaginario presuntamente dominado por los ancestrales reflejos del populismo. Que nos perdonen la deuda. Que no nos aprieten con planes de ajuste. Que no medren a costa nuestra las grandes corporaciones. No es cuestión de preguntarse ahora si esta tendencia alberga un efectivo plan de gobierno. Nadie piensa seriamente que Duhalde, si llegare al poder, seguiría al pie de la letra sus consignas electorales. En Buenos Aires ha mostrado ser un gobernante responsable. Lo que hay que preguntarse, en cambio, es algo previo: si su propaganda electoral se comunica, hoy, con el humor predominante de los argentinos.
De la Rúa apuesta a un votante de otro perfil. Un votante temeroso de la crisis fiscal, del vacío internacional, de la irresponsabilidad gubernativa. A un votante que, aunque no sea del establishment, teme cuando éste teme, porque en cierto sentido se identifica con su suerte. Que, si los mercados no creen en la Argentina, supone que a él también le irá mal. Por eso, cuando Duhalde rompió con los mercados al denunciar la deuda externa, fue precisamente en ese momento cuando empezó su descenso de popularidad.
Hoy, según Gallup, De la Rúa aventaja a Duhalde por 47 a 28 puntos. Con sólo el 45 por ciento o con más del 40 si mantiene una ventaja de 10 puntos sobre Duhalde, De la Rúa será elegido presidente en la primera vuelta, sin necesidad de ballottage. ¿Encarnará entonces el nuevo humor de los argentinos? ¿Un humor ya no triunfalista como bajo Menem ni populista como supone Duhalde sino cauteloso, reflexivo, moderado? En una Atenas cuyo número de ciudadanos era inferior que el de los socios de Boca, Cimón palpaba el humor colectivo sólo con andar por las calles y las plazas. En un país con 25 millones de votantes, De la Rúa y Duhalde deben guiarse por la intermediación de las encuestas. El error es, en este caso, menos improbable. Pero el resultado será comparable. Lo que habrá de dilucidarse en estas tres semanas que faltan para las elecciones ya no es si Cimón vencerá a Temístocles. Como ha ocurrido siempre salvo en las grandes emergencias militares o monetarias, lo vencerá. Lo que habrá de dilucidarse es quién es el verdadero y quién es el erróneo Cimón en esta Argentina finisecular.







