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Cuando el mérito es lo que vale

Conrado Estol Para LA NACION
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6 de julio de 2011  

El descenso de River a "la B" nos acaba de demostrar que no todo está perdido en la Argentina. En el deporte, por lo menos, gana el mejor preparado. Esto constituye, simplemente, un paradigmático ejemplo de meritocracia.

De todos los premios que se reparten a fin de año en muchos de los colegios de nuestro país, el "premio al esfuerzo" es el que muchos padres consideran más valioso. Esto ocurre porque un premio al deporte refleja capacidad física (que la mayoría de las veces, en la edad escolar, está predefinida genéticamente) y uno de matemática destaca una habilidad cognitiva especial. El "premio al esfuerzo", en cambio, es equiparable a un premio al "mérito". Y mérito, del latín, significa "merecer", "ganar".

En el uso cotidiano, mérito se refiere al carácter o conducta que hace al hombre merecedor de un premio, honor o estima. Es lo que hace que los hechos tengan valor. Adam Smith definía al mérito como una acción ética que debe ser recompensada. Esto destaca el valor crítico del mérito en la distribución de premios y castigos.

Nuestra sociedad padece una enfermedad crónica y la mayoría de los que la analizan coinciden en cuáles podrían ser las posibles etiologías. La diferencia de opiniones radica en los pesos que se les asignan a cada una de estas causas. Muchos creen que el origen de nuestra agonía se debe principalmente a un sistema de justicia inefectivo; para otros, el principal problema es la inseguridad; hay también quienes opinan que la traba está en las limitaciones de la educación y seguramente habrá quienes atribuyen el dilema a la falta de instituciones sólidas. Algunos piensan que sin una salud de calidad, accesible a toda la población, no se puede construir una nación sana. Todos éstos son temas críticos a resolver con prioridad, pero los resultados tardarán años en ser evidentes.

Luego de una larga experiencia laboral en Estados Unidos tuve, por contraste, la "revelación" sobre la causa primaria de nuestros problemas. Es la meritocracia. O, mejor dicho, su ausencia generalizada. Este término se originó en 1958 y se refiere al sistema en que los talentosos son elegidos y puestos al frente por sus logros. En otra definición, meritocracia es liderazgo seleccionado sobre la base de criterios intelectuales.

En los países desarrollados, su absoluto basamento en un sistema meritocrático es casi lo único que no está en duda (y dudo que en riesgo). Se puede copiar el mejor sistema educativo (o de salud o de justicia) del mundo, pero si los funcionarios que deben implementar y gestionar estos sistemas no fueron elegidos por su capacidad, el sistema no funcionará de forma adecuada.

Mi mentor en Estados Unidos, hijo de un lechero, llegó a ser, en base a su esfuerzo y sacrificio, uno de los científicos más destacados del país (y del mundo) en su especialidad médica. Muchos pueden esforzarse y participar, pero inevitablemente siempre existirá un ranking que define quiénes se esforzaron más o tuvieron más capacidad cultivada con esfuerzo. Seguramente pensaba en esto Pasteur cuando sentenció: "La suerte favorece a la mente más preparada?" Esta selección por mérito es sana y permite que personas que podrían ser excelentes técnicos no se frustren siendo ingenieros mediocres, o que un enfermero potencialmente destacado no termine sus días haciendo guardias mal pagas como resultado de su incapacidad como médico. O que ambos no se conviertan en opinadores profesionales con un taxi como podio?

Como acabamos de presenciar tan crudamente, los deportes tienen un sistema de puntaje que, aunque con alguna falla (en la que la mano, más que el designio de Dios, puede tener algo que ver), no permite que triunfen los ineptos. Justamente aquella "mano de Dios" ante los ingleses es una buena imagen de la antimeritocracia: la imagen de la trampa, sea pícara y oculta a los ojos de un árbitro o en complicidad con un sistema que la fomenta.

La corrupción es hija dilecta de los sistemas no meritocráticos y madre gestora de aquellos que adulan a los que lideran estos sistemas. Por contrapartida, la meritocracia se convierte en el arma más efectiva contra la corrupción. Cuando los empleados de un sistema obtienen sus puestos por mérito, cuando los más idóneos son los que toman decisiones, cuando los premios y castigos van a quienes los merecen, entonces las coimas, los gestores, los atajos, los favores y las excepciones tienden a desaparecer. La cuestión es por qué estas piezas claves en la génesis de la injusticia son deporte nacional en nuestro país. Simple: es la falta de meritocracia.

Me he preguntado infinidad de veces qué satisfacción tienen quienes reciben un premio, sitial, honor de cualquier tipo, en sociedades sin mérito. Los ejemplos, con algunas excepciones, abundan en la medicina: los "jefes de áreas" en las clínicas y sanatorios están supeditados a las decisiones de los dueños de la salud; los "jefes de servicio" hospitalario son herederos a los que sólo se les premia la paciencia; en las sociedades médicas las autoridades son poseedores de un número a los que llegó su turno y las campañas mediáticas pagas generan "pseudoexpertos" venerados por la población lega, que no diferencia un espejismo de la realidad. Por otra parte, quien no alcanza sus logros con esfuerzo, no valora los logros personales y, por extrapolación, tampoco los ajenos. Los que envidian, no aprecian -desconocen- el esfuerzo que hacen quienes logran resultados por mérito. La meritocracia debe ser la música de fondo, el ingrediente secreto en la receta codiciada.

Con su particular sagacidad, Maquiavelo comparaba los problemas del Estado con los de la salud, refiriéndose a la complejidad del diagnóstico de las enfermedades en el estadio temprano, momento en el que resulta más fácil controlarlas, en contraste con lo fácil que el diagnóstico resulta cuando el proceso patológico está avanzado y en el que los resultados terapéuticos obtenidos serán limitados. Sólo se puede hacer un tratamiento inteligente y efectivo con un diagnóstico acertado y temprano. En nuestro país debemos definir un diagnóstico (mi hipótesis es que padecemos de una dosis homeopática de meritocracia), dejar la discusión académica y dedicarnos con urgencia al tratamiento. Lamentablemente, el proceso patológico está avanzado.

Quienes logren solucionar esta problemática situación, seguramente encauzarán al país en un camino de rehabilitación largamente esperado. Sin duda, a ellos se les deberá reconocer un gran mérito.

© La Nacion

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