
Cuando errar es saludable
Habrán notado ya que los políticos no se equivocan. O sea: no son como nosotros. Yo, por ejemplo, tengo una facilidad enorme para equivocarme. Tan bien se me da que estoy pensando en ofrecer servicios de asesoría (carísimos) al respecto.
Es que eso de alejarse tanto de lo humano -de equivocarse todos los días, por ejemplo- da pena. De ahí que piense en la asesoría como un apostolado. Porque la epidemia del "yo no me equivoco nunca, no tengo nada de qué arrepentirme, todo lo hago bien" avanza sin piedad.
¿En España también? Si, también. Aunque, en este paraíso de vacaciones, lleno de fotos con trajes de baño subiendo y/o bajando de blanquísimos yates mientras las pateras del hambre siguen llegando, la cosa tiene su morbo. Ningún político -ni del gobierno ni de la oposición- admite error alguno. Son como ángeles (bronceados).
Pero me late que alguien se dio cuenta de que la cosa del "yo no me equivoco nunca" ya no cuela y han nombrado un "disculpador" oficial. El papel ha tocado al vicepresidente y ministro de Economía, Pedro Solbes. En lo que va del año, Pedrito ya reconoció tres errores, todos referidos a cifras imposibles de la economía. Nunca ha dicho "lo siento, fue un error", pero al menos admite que lo que dijo no era así. Está gustando esa dosis de honestidad intelectual. El reconocimiento del error es indispensable para corregirlo. Cuando eso pasa, es como si soplara aire fresco en el tufo de adjetivos, sustantivos y frases con millones de derivadas que suenan a excusa para no decir nada. Y seguir equivocándose.






