
Cuando la Argentina era una buena noticia
Hace 55 años, decenas de miles de españoles ganaron las calles para demostrar su agradecimiento a nuestro país por designar a un representante diplomático para la península, aislada internacionalmente, y anunciar el envío de grandes cargas de alimento
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MADRID La semana que termina ofrece un excelente ejemplo de la contundencia con la que puede virar la historia.
Lejos de la tensión política generada por su crisis, hace ahora exactamente 55 años la Argentina era la mejor noticia en España y decenas de miles de españoles amanecieron a la intemperie en el cruel invierno madrileño y ganaron las calles sólo para demostrar su agradecimiento a nuestro país.
El 17 de enero de 1947 llegaba a esta ciudad el embajador argentino Pedro Radío. Y con eso la Argentina hacía el gesto de apoyo diplomático más contundente en un país que se quedaba solo y aislado del mundo, mientras la mayoría de las naciones europeas y de América retiraban en masa sus representantes en acatamiento a una resolución de condena de Naciones Unidas, caja de resonancia del complejo mundo posterior a la Segunda Guerra.
Recibido con la acogida que se le depara a un héroe nacional, la llegada del embajador Radío fue, también, la antesala del envío de grandes cargas de alimento desde la Argentina a una sociedad que padecía hambre y se defendía con cartillas de racionamiento.
"Había una más que acentuada escasez de comida e insuficiente energía eléctrica para la industria básica... las condiciones de vida de la clase trabajadora eran deplorables e intensa la represión policial contra el descontento", sintetizó el historiador Paul Preston.
Según sus informes, la ración de pan rondaba los 150 gramos diarios. La llegada del enviado del presidente Juan Domingo Perón prometía reforzar el envío de trigo y carne que el país hacía desde años atrás y, con ello, la posibilidad de saciar el hambre acumulada por el atraso, las pobres cosechas y el aislamiento internacional que pesaba sobre el régimen dictatorial de Francisco Franco.
La llegada del embajador argentino fue también el preludio de la firma de un convenio por el cual nuestro país se comprometió a aceptar a 350.000 inmigrantes españoles por año, reconocerles los mismos derechos y obligaciones que a un ciudadano argentino y posibilitar que los varones cumplieran el servicio militar en sus fuerzas armadas, sin necesidad de retornar a España.
Los tiempos cambian. Si hoy centenares de argentinos esperan cada mañana la suerte de ser atendidos por un puñado de empleados del consulado español en Buenos Aires, hace poco más de medio siglo, miles de españoles esperaron en la calle para ver a sólo tres argentinos: el embajador Radío, su mujer y su hija. Y mostrarles su agradecimiento.
Así lo reflejan crónicas periodísticas de la época y que constituyen la fuente primordial para este texto. Por ejemplo, el relato de la llegada de Radío a Madrid está en la primera página de la edición del 17 de enero de 1947 del diario ABC bajo el título “Madrid tributó ayer un indescriptible recibimiento al nuevo embajador de la Argentina en España”.
Acompañaba la nota de tapa una caricatura del diplomático agradeciendo a la multitud. Y, en el interior, una página entera de fotos que no dejan duda sobre lo caluroso del recibimiento.
Con la florida prosa de medio siglo atrás, esto es lo que describió el cronista del diario español: “...una hora antes de la llegada del tren, numeroso público, portando banderas de la Argentina y de España se congregó en la estación del Mediodía. Bien pronto los andenes quedaron llenos y muchísimas personas se subieron a los techos de los trenes situados en las vías inmediatas”.
“El aspecto de la estación, decorada con gallardetes, reposteros y banderas de España y de la Argentina era magnífico. Una amplia alfombra cubría el andén en el que debía detenerse el convoy.
“A las 11 en punto, la hora convenida, entró en agujas el convoy que transportaba al embajador de la Argentina. Fue recibido por una ensordecedora ovación y tremolar de banderas. Inmediatamente hizo su aparición en la puerta del coche especial que le ha trasladado desde Barcelona, el embajador, señor Radío, quien fue cumplimentado por las autoridades, mientras su esposa e hija eran obsequiadas con sendos ramos de flores.
“El momento fue de intensa emoción. Rotos los cordones de seguridad formados por la fuerza pública e imposibilitado materialmente de descender del coche, el Sr. Radío saludó a la multitud... luego, envuelto por la muchedumbre y entre ovaciones delirantes, vítores inacabables y tremolar de banderas, marchó hasta el salón de espera.
“Todos los alrededores de la estación estaban ocupados por una incalculable muchedumbre. Todo el recorrido hasta el hotel Ritz, donde se hospeda el embajador, aparecía también cubierto por numerosísimo público...
“Detrás del coche se constituyó una verdadera e imponente manifestación que le acompañó hasta su alojamiento, situándose después ante la fachada principal, donde le hizo objeto de grandes demostraciones de simpatía.” Luego, en el interior, las notas seguían y la cobertura incluyó una página entera con varias fotos donde se ve claramente a la multitud reunida y tomas del nuevo embajador acompañado por autoridades locales.
La ciudad parecía de fiesta.
* * *
¿Cuál era, por entonces, el contexto histórico? España había dejado ocho años atrás su cruenta guerra civil y Franco se consolidaba en el poder, jaqueado por cancillerías extranjeras que se oponían a su mandato.
Sólo un mes antes de la llegada del embajador argentino a Madrid, el 12 de diciembre de 1946, la Asamblea de Naciones Unidas recomendó a los países miembros la ruptura de relaciones con España. “La disposición comenzó a cumplirse de inmediato. Uno a uno todos los embajadores se fueron yendo de Madrid. Lo hicieron todos, salvo el representante de Portugal, el nuncio de Su Santidad y los plenipotenciarios de Irlanda y Suiza. Sólo un país desafió el acuerdo de la ONU: la Argentina, que nombró embajador a Pedro Radío”, recuerda el español Juan Pablo Fusi en su biografía de Franco, editada por Taurus.
Y, sólo 90 días antes de que el éxodo diplomático internacional comenzara, el gobierno argentino apuró la firma de un convenio para la venta de trigo a crédito a España. Fue el 30 de octubre de 1946.
Faltaba más. Meses después, en junio, Eva Duarte de Perón inició su famoso Viaje del Arco Iris por Europa. Llegó, con sus enormes sombreros, a una Madrid abrasadora en verano y se cerraron las escuelas para recibirla.
Hacía siete años que en España no había necesidad de desenrollar la alfombra roja de bienvenida a visitantes extranjeros, recuerda Preston.
También señala que con la presencia de la mujer de Perón se firmó un nuevo protocolo por el que se dio más crédito a España y se garantizaron los envíos de trigo hasta 1951.
El gobierno argentino hablaba de sus razones. “Nuestro amor a España tiene que ser indivisible y no puede estar sujeto a cualquier vaivén momentáneo. En el fondo y también en la forma nuestros dos países están unidos por lazos mucho más perdurables que las circunstancias”, dijo el embajador Radío al diario La Vanguardia, de Barcelona, poco antes de dejar la ciudad a la que había llegado en barco, para trasladarse en tren hacia Madrid.
Y dio cuenta de las dificultades económicas. “Además de lo cultural, orientaré mi tarea a aunar esfuerzos económicos y comerciales de las dos naciones para que puedan ayudarse mutuamente. La Argentina considera esto como un deber hacia España”, añadió en la misma oportunidad.
Obviamente, subyacía una identificación de ideologías y objetivos entre Perón y Franco. Pero el contexto internacional cambiaba a favor del español y el dictador jugó con eso. El escenario en Occidente se complicaba ante el poder soviético de un modo que inquietaba a Washington.
Gran Bretaña no pudo mantener su apoyo en Grecia y Turquía. En febrero de 1948, el comunismo llegó al poder en Checoslovaquia y entre junio de ese año y mayo del siguiente, el bloqueo a Berlín terminó por presionar a Washington para que reconsiderara su relación con Franco.
El nuevo embajador de los Estados Unidos, Stanton Griffis, llegó a España el 19 de enero de 1951. El aislamiento español comenzaba a quebrarse.
Al mismo tiempo, la relación entre Franco y Perón entró en una vía de distanciamiento creciente, a punto tal que un año antes de que el argentino fuera derrocado, se llegó a hablar de ruptura de relaciones.
Para entonces, Franco había logrado su objetivo: abastecerse de alimentos y quebrar el férreo cerco internacional montado en su contra.
La historia volvía a girar.






