Cuando leemos imágenes

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn PARA LA NACION
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10 de abril de 2013  

El auge de la novela gráfica no es mero facilismo de lectura. Es también una propuesta de belleza complementaria y contemporánea. Se trata de aquellos libros -pueden ser novelas clásicas o relatos del presente- que vienen ilustrados, un fenómeno editorial que suele recibirse con desconcierto; a veces bajo la forma del festejo, y otras, del rechazo. El problema es cuando se mutilan los textos en función del dibujo o cuando se limita la gráfica por prepotencia de la escritura. No es fácil llegar a un buen acuerdo.

Me remito esta vez a tres libros de reciente publicación: uno que es puro trazo; otro, una historieta, y por último, una novela gráfica.

El primero es un pequeño gran libro para público infantil. Ya su título cautiva: Una idea de perro (editado por Capital Intelectual en su colección Aerolitos, con delicado diseño de Ariana Jenik). El autor, Roberto Prual-Reavis, es un diletante francés, camarero, profesor de dibujo y publicista. El relato, breve y simple, está contado con dibujos. Como no hay palabras, la lectura es personal; o sea, cada lector tendrá las suyas. En este sentido el título, Una idea de perro , es original, ya que, justamente, la idea no aparece escrita. La historia comienza con un perro que da vueltas por la hoja, como si estuviera midiendo su alcance bidimensional. Cuando llega al borde superior, se topa con un pájaro que se lo lleva de paseo por las siguientes páginas. Llegan a una isla donde al perro le dibujan sus propias alas. Pero lo propio no es necesariamente lo adquirido. El perro se encontrará con otro pájaro que ha perdido sus alas...

El segundo libro tiene de protagonista a un pájaro de vuelo cómicamente restringido. En realidad es un pollo, o un pato o un faisán. Sin alas ni silla. Los pollos no tienen sillas (editado por El Cuenco de Plata), del genial autor argentino-francés Copi, es una historieta donde el famoso pato o pollo o faisán (en definitiva, el álter ego de Copi) se encuentra con otro personaje famoso del mismo autor: la amarga y desopilante "mujer sentada". La risa amalgama dibujo y texto en una especie de absurda humorada existencial.

Por último, la publicación más reciente: Beya (Eterna Cadencia), de Gabriela Cabezón Cámara, con dibujos de Iñaki Echeverría, una auténtica novela gráfica. Es una historia feroz y descarnada que hace doler los ojos, tanto por lo que se dice como por lo que se ilustra. El título remite a La bella durmiente , el clásico infantil, pero aquí la bella con "y" es una prostituta de los bajos fondos que se rebela en medio de la perversión. Es un retrato en movimiento, durísimo y dramático, de la trata de personas, donde la palabra (latigazos líricos) de la autora entra en comunión con la imagen (trazos desvelados) del ilustrador.

Un libro infantil, con el dibujo de una idea; una historieta cómica, tan absurda como cotidiana, y una novela gráfica de entrega y denuncia a la vez.

Tres libros muy distintos que abrevan en el trazo para dar cuenta de los límites de la existencia (y quizá también de la escritura).

© LA NACION

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