¿Cuánto dura el conocimiento?

Andy Freire
Andy Freire PARA LA NACION
El saber evolucionará tan rápido que el conocimiento será muchas veces efímero en términos de aplicación
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21 de agosto de 2015  • 01:06

Afirmar que el mundo cambia a un ritmo vertiginoso, a esta altura del siglo es una obviedad. En cambio, definir cuán rápido lo hace es bastante más complicado ya que automáticamente surgen dos grandes interrogantes: ¿Qué parámetro de medición utilizamos para cuantificar ese cambio? ¿Cuán rápido ese cálculo quedará obsoleto a raíz del dinamismo que define a la realidad que intenta medir?

Una de las mejores estrategias para saltear estos escollos metodológicos es intentar calcular la tasa de acumulación de información y conocimiento que tiene la humanidad, ya que resulta un indicador sensible para entender cualquier gran cambio impulsado por el hombre. Uno de los pioneros al respecto fue Richard Buckminster Fuller, un arquitecto, inventor y escritor estadounidense que desarrolló la llamada Knowledge Doubling Curve (curva de duplicación del conocimiento) a partir de que graficó cómo el conocimiento de la humanidad se duplica a un ritmo vertiginoso. Así, analizando una serie de variables estableció que, en 1900, la humanidad duplicaba todo su saber cada 100 años; en 1945, cada 25 años y, en 1975, cada 12 años.

En el mundo que viene ya no será tan relevante el saber en sí mismo. Y es una novedad histórica, porque todo el sistema educativo occidental aún hoy se sustenta sobre el paradigma "del saber" como valor máximo.

Actualmente se calcula que esa tasa no supera los 2 años y algunas empresas aseguran que con la llegada de lo que se conoce como "Internet de las cosas" (tendencia a que todos los objetos estén conectados a la red a través de sensores que recojan información de modo permanente) el mundo duplicará toda la información que posee cada 11 horas. Si esto ocurriese no sería descabellado pensar que mucho de lo que un universitario estudie durante una mañana se convierta en obsoleto al anochecer del mismo día.

Pero no hace falta caer en abstracciones teóricas o futurología para mesurar el dinamismo del cambio. Un ejemplo concreto y tangible podría ser la velocidad de propagación de los nuevos medios de comunicación ya que ellos, adicionalmente, nos dan un parámetro de la ebullición del tráfico informativo. En ese sentido podríamos decir que a la radio le llevó 38 años llegar a tener 50 millones de usuarios, a la TV le llevó 13 años, al Ipod 4 años, a Internet 3 años, a Facebook 1 año y a Twitter sólo 9 meses.

Sería sencillo mencionar otros cientos de ejemplos que grafiquen este fenómeno, pero todos ellos no harían más que reforzar una idea que parece inobjetable: el mundo cambia a una velocidad abrumadora. Y esto nos presenta grandes desafíos, uno de ellos -tal vez el más importante- es qué tipo de relación debemos establecer con el conocimiento y qué capacidades deberemos desarrollar para establecer un vínculo eficiente con él.

La sociedad del cambio en tiempo real exigirá una nueva jerarquización del sistema de valores en el que la flexibilidad para aprender a aprender sea el eje central.

¿Por qué? Porque en el mundo que viene ya no será tan relevante el saber en sí mismo. Esto que parece obvio, en términos históricos, es una novedad. De hecho, todo el sistema educativo occidental aún hoy se sustenta sobre el paradigma "del saber" como valor máximo. Sin embargo, la sociedad del cambio en tiempo real exigirá una nueva jerarquización del sistema de valores en el que la flexibilidad para aprender a aprender sea el eje central.

Adaptarse a este modelo no sólo implicará grandes desafíos sociales, sino también importantes esfuerzos personales. En primer lugar, y aunque suene paradójico, deberemos asumir al cambio como la única constante y deberemos desarrollar comportamientos que sean permeables a él. Que sean capaces de lograr transiciones poco traumáticas y armoniosas entre lo viejo y lo nuevo. Entre el pasado y el futuro. Para ello deberemos salirnos de nuestras zonas de confort de modo permanente, lo que implicará acostumbrase a lidiar con altas dosis de incertidumbre.

En segundo lugar, tendremos que enfocarnos -y casi obsesionarnos- por comprender los marcos en los que ocurren las cosas. Como hemos dicho, el saber evolucionará tan rápido que el conocimiento será muchas veces efímero en términos de aplicación. Entender los contextos, extraer la lógica de los procesos y estimular el pensamiento abstracto se convertirán en virtudes estratégicas.

Aprender a aprender y hacerlo todos los días es el único camino para convivir en un entorno en continua mutación e implica un desafío enorme, ya que nos empuja a combatir nuestro instinto natural por las certezas. Superarlo, por tanto, ya no sólo será una cuestión de adaptación, será casi una necesidad evolutiva.

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