
Cuidado con los gitanos
Cuidado, decían los mayores, se roban a los chicos, son estafadores, gente peligrosa. Desconfiá siempre de ellos, advertían. Las polleras largas y coloridas de las mujeres, suspiro de las hermanas, daban cuerpo a la sospecha: parecían capaces de ocultar a un niño entre sus pliegues. Sus muchos anillos sin duda eran robados. Y sus palabras y su hablar extraño, cargados de exotismo centroeuropeo, no eran más que un engaño de sirenas, monótono y cautivante. Claramente escondían segundas intenciones en su invitación al diálogo, en su insinuante roce de manos. Pero las peores presunciones se veían confirmadas -quién podría negarlo- cuando aparecían los hombres. El rostro delgado, la barba mal afeitada, la mirada furtiva, parecían estar siempre al acecho, listos para el zarpazo. Seguramente llevaban un cuchillo en el cinto. O un arma de fuego.
Las madres tomaban de la mano a sus hijos cuando las veían avanzar en grupo por una vereda cualquiera, ocultaban sus alianzas y de a poco aceleraban el paso, pretendiendo que nadie lo notara. Había, a pesar de todo, algo vergonzoso en el temor. Algo inconfesable en el rechazo. Los padres evitaban el trato con ellos y, mucho más, el negocio. Porque siempre había una transacción posible y riesgosa, por un automóvil, por un repuesto, por unos litros de nafta en una ruta desierta...
Después comprendí que los gitanos eran los dueños del futuro. Que sabían leer el destino escrito en las manos. Que sus ojos descoloridos eran capaces de penetrar el alma. Entonces, supuse, había que evitarlos porque eran intérpretes de lo misterioso y lo oculto. Quizá habían pactado con el demonio. O eran herederos de una maldición. Cuidado, otra vez. Son gente peligrosa.
Pero un aura de magia los rodeaba pese a todo. Y los volvía fascinantes. En sus merodeos había una posibilidad de fuga. ¿Y si me llevan? La pregunta era siempre el inicio de una aventura imaginaria, de un deambular infinito por geografías sin frontera. Las tiendas eran el símbolo atávico de esa vida errante. Los autos desvencijados y la pobreza evidente, los signos visibles de una elección. De alguna manera su nomadismo interpelaba e incomodaba con igual intensidad. Los dueños del futuro y de la magia, entendíamos por fin, eran también los dueños de la libertad.
Ahora nos enteramos de que decenas de gitanos fueron expulsados de Francia, como antes de otros países, y que muchos más los podrían seguir. De que muchos de ellos, inmigrantes ilegales en un mundo que conquistó el sedentarismo pero quedó prisionero de su conquista, son considerados peligrosos. De que los hijos de los gitanos que delincan podrían perder la ciudadanía francesa si prospera una iniciativa del gobierno de Nicolas Sarkozy que huele a proselitismo de la peor especie. Y la pérdida mayor no parece la de estos gitanos errantes sino la de Francia, como país y como símbolo. Habrá madres más tranquilas, quizá. Padres menos atentos a la amenaza. Pero ya no habrá lugar para esa tradición ancestral de magia y aventura que al resto nos hace un poco más libres, aunque sólo sea en un rincón de la imaginación.
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