
Cuidado: peligra la cultura del trabajo
Por Germán Sopeña De la Redacción de La Nación
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DE los muchos problemas argentinos, pocos son más graves y menos analizados que el del deterioro de la cultura de trabajo.
No sólo el desempleo es hoy el problema más acuciante para toda la economía; tanto o más grave es observar que la Argentina muestra signos inquietantes de pérdida de la cultura de trabajo en vastos sectores de la sociedad. Y los efectos de ese deterioro tienen terribles consecuencias negativas de largo plazo para el desarrollo futuro del país.
Como todo proceso cultural, su medición es difícil y suscita comentarios muy subjetivos. Pero puede decirse, sin temor a equivocarse, que el desarrollo y el progreso de los países dependen fundamentalmente del grado de cultura laboral que tienen sus habitantes.
Y vale también la propuesta inversa: el estancamiento o la decadencia de un país -verbigracia, la Argentina- están directamente asociados con la pérdida de un valor esencial como lo es la cultura de trabajo.
¿Qué es la cultura de trabajo? Podría decirse que la suma del conocimiento específico, una actitud honesta y productiva, el deseo de progresar, la capacidad para trabajar en conjunto y el respeto por el trabajo y los derechos de los demás. O, en términos caros a Francis Fukuyama, un aspecto central de lo que denomina el "capital social" de un país.
¿Quiénes transmiten la cultura de trabajo? Además de la educación familiar, fundamentalmente lo hacen las empresas o los ámbitos de trabajo, en los cuales hay una suerte de jerarquía vinculada con la experiencia y el mayor conocimiento, transmitido a los demás en forma gradual y constante.
¿Qué falla en la Argentina? Algo que es un síntoma grave: así como hay más bolsones de pobreza y desocupación, también hay menos bolsones de elevada cultura de trabajo -además de menos trabajo para mucha gente- y más áreas o sectores en los cuales transmitir una cultura de trabajo parece algo lejano o innecesario.
Los que se van
Cuando tantos argentinos, especialmente jóvenes, piensan hoy en radicarse en el exterior para poder progresar; o cuando durante tantas décadas se supo que la Argentina fue un productor de fuga de cerebros, lo que está en el fondo de ese grave mal argentino es la insuficiente cultura de trabajo, que esos emigrantes se ven obligados a buscar afuera.
En todos esos casos, suele decirse que los argentinos son capaces de brillar individualmente afuera y no lo pueden conseguir en el país. Pero pocas veces se suele poner el foco en la raíz profunda de ese fenómeno indiscutible.
Se alude, vagamente, a una supuesta incapacidad de poder trabajar colectivamente. Pero ese argumento parece poco consistente si esos mismos argentinos "incapaces de trabajar en grupos" se transforman misteriosamente en excelentes integrantes de grupos de trabajo en el exterior.
En realidad, el argentino medio, despierto, maleable y capaz de absorber conocimientos con velocidad, sabe adaptarse a una cultura de trabajo. Pero necesita, ante todo, una cultura en la cual insertarse.
Eso no significa que en el país no haya lugares con una buena cultura de trabajo. El dato grave es que eso no abunda y que, en muchos casos, parece en retroceso.
Un técnico o un profesional que ingresa a trabajar en el grupo Techint o en Perez Companc, Arcor o el Banco de Galicia seguramente advertirá que allí no todo es color de rosa; pero también aprenderá de inmediato que cada una de esas empresas importantes tiene como base de su permanencia una sólida cultura de trabajo. Cada una es distinta de la otra, pero comparten entre sí los valores esenciales antes mencionados.
Lo mismo vale para empresas extranjeras radicadas en el país, que no son otra cosa que la expresión de exitosas culturas de trabajo de países avanzados. Y que son avanzados, precisamente, porque fueron capaces de crear muchas culturas de trabajo. Llámense Ford, Shell, Dupont, Mercedes-Benz, Citibank, Michelin, McDonald´s o Fiat, en todos los casos transmiten de generación en generación una forma de trabajo en la cual se modela el avance individual y colectivo de cualquier país en el cual se encuentren radicadas.
Como es obvio, no todo el mundo trabaja en grandes compañías de esa naturaleza. También hay muchas pequeñas empresas, incluso familiares, que pueden construir su cuota de cultura de trabajo.
Y también el Estado, como empleador, puede ser ejemplo de una cultura eficaz a lo largo del tiempo. Es el caso de la tradición del buen funcionario en Francia, en Inglaterra, en Estados Unidos, en países del norte europeo o de la lejana Oceanía. No por casualidad, el núcleo básico de lo que se llama Primer Mundo.
Un país en retroceso
El drama del caso argentino es el de un país que involuciona en lugar de mejorar.
Por un raro misterio, que hay que ubicar en la coincidencia de las mentes preclaras del siglo XIX, la Argentina construyó su ventaja frente al resto de América latina -de la que conserva una herencia hasta hoy- gracias a la adopción de culturas de trabajo importadas por vía de la radicación de empresas extranjeras y del aporte de inmigrantes que trasladaron sus propias culturas laborales.
Tan fuerte fue ese ingreso masivo que transmitió incluso al pequeño Estado argentino de la época las virtudes del esfuerzo, la honestidad, el orden y la búsqueda de progreso.
Por múltiples razones ampliamente conocidas, ese proceso se quebró definitivamente desde 1930, en gran medida por los efectos de largo alcance de la ruptura institucional del primer golpe militar del siglo. Desde entonces, el Estado comenzó a perder gradualmente su papel de creador de cultura de trabajo.
Setenta años después, los efectos de ese proceso involutivo son devastadores, particularmente en muchas provincias con pocas empresas que transmitan una cultura de trabajo y mucho empleo público que no la enseña.
De los muchos ejemplos a mano, quizá ninguno tan dramático como el de los ferrocarriles. Las empresas británicas y francesas lograron crear una cultura de trabajo que se transmitió a todo el país alrededor de cada centro de acción -la estación- en torno de los cuales creció cada pueblo. El mejor vestigio de esa influencia es que aún hoy, donde el tren ha dejado de circular, pueblos y ciudades del interior defienden la estación local como una casa de cultura.
Infectado por la política y los sindicatos, el ferrocarril en manos del Estado se suicidó lentamente hasta virtualmente desaparecer. Y lo peor, probablemente, no es que los trenes hayan dejado de pasar sino que una forma de entender la cultura de trabajo haya desaparecido mucho antes.
Bibliografía quemada
Nadie lo retrata mejor que el veterano ingeniero Livio Dante Porta, de 78 años, una eminencia mundial en locomotoras, formado en la vieja escuela ferroviaria que venía por tradición familiar, con su padre y sus tíos como empleados de toda la vida del Ferrocarril Central Argentino pre 1949.
"La cultura de trabajo era el alma de las empresas inglesas y francesas. Y eso es lo que se perdió luego, por la politización que trajo el Estado", afirma Porta rotundamente.
¿Cuáles eran los valores esenciales de esa cultura que él aprendió en el viejo Central Argentino?
Porta responde sin dudar: "Primero: entender que el trabajo es un modo de vivir y no un medio de vivir. Segundo: hay que tomar las responsabilidades de una empresa como propias. Tercero: los problemas no los resuelve una empresa sino cada uno, con trabajo individual".
¿Cómo se perdió esa cultura de trabajo? Porta también responde con datos concretos: "Fue un proceso gradual, pero todo empieza con decisiones políticas absurdas. La más grave de todas la tomó poco después de la nacionalización el primer ministro de Transporte de Perón, coronel Juan Francisco Castro, que mandó quemar toda la bibliografía de las empresas con el pretexto de que estaban escritas en inglés. Los que pudimos, tratamos de salvar libros llevándolos a nuestras casas. Allí estaba la transmisión cultural de la empresa que siguió pasando de boca en boca. Pero, a la larga, todo eso desapareció".
En otros casos, el Estado logró preservar alguna forma de cultura de trabajo propio. Fue el caso de YPF, o de Aerolíneas Argentinas, que con sus problemas, lograron subsistir y siguen hasta hoy, ya privatizadas, como evidencias de que también se puede aspirar a un estilo de trabajo productivo en el Estado, aunque la propiedad estatal también las sometió duramente a la contaminación de la política.
Al final del camino
Pero, además, el Estado es largamente deficitario en muchas otras áreas en las cuales extiende su acción. Particularmente, en administraciones oficiales -nacional, provincial o municipal- y, especialmente, en la deficiente cultura de trabajo que muestran demasiados políticos.
Es más: puede decirse que el mayor problema de muchos de ellos es que jamás han conocido una cultura de trabajo que les enseñara cómo funciona el mundo. Siempre atrincherados en el sector público, no sólo desconocen muchas virtudes esenciales del trabajo sino que, para colmo, desconfían de las empresas en las cuales se construye esa cultura, a las que ven desde afuera como algo perturbador y molesto.
También ése es el caso de la mayoría de los sindicalistas, que a pesar de presentarse como defensores del trabajo desconocen virtualmente la esencia de las culturas de trabajo ya que, precisamente, no desempeñan tarea concreta alguna sino que son profesionales del sindicalismo.
Quedan aún dos interrogantes esenciales:
El primero: ¿cuál es la peor evidencia de ese deterioro? Respuesta: que la corrupción es, probablemente, el punto final de la falta de una cultura de trabajo. Nadie es más propenso a aceptar la corrupción que quien no posee los valores esenciales del trabajo.
El segundo: ¿cómo corregir esa tendencia de muchos años? Sólo puede imaginarse una salida: fomentar al máximo la inversión externa e interna en todas las actividades como para alentar la multiplicación de más culturas laborales.
Eso es tan urgente como disminuir el desempleo. Y más importante, porque es la base imprescindible para un desarrollo genuino.





