Cuidar el planeta, el imperativo moral de nuestro tiempo

Gonzalo del Castillo
Gonzalo del Castillo PARA LA NACION
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31 de diciembre de 2015  

En proporciones descomunales, el agua y el fuego destruyen y purifican. Fue designio de los dioses que así fuera y potestad sólo de ellos consumar la destrucción y la expiación a agua o fuego. Es así como, según el Génesis, Jehová volcó su ley abrasadora sobre Sodoma y Gomorra. Antes, había enviado un diluvio implacable para lavar la Tierra de los pecados de los hombres y dar lugar a una nueva era.

Sea como fuere, no es potestad de los hombres hacer lo que los dioses. Corresponde a las actuales autoridades nacionales y provinciales asumir la responsabilidad ante el diluvio que anega a varias provincias argentinas. Es una pesada herencia que ha dejado una administración saliente que nunca entendió lo que estaba por delante y por detrás de todos los baluartes que decía defender: sin ambiente no hay desarrollo ni trabajo, no hay derechos humanos ni igualdad. Pesa sobre el gobierno kirchnerista la culpa, porque los desastres, las pérdidas invaluables y los sufrimientos ocasionados son la consecuencia de su reacción inepta y de su inacción política.

Pero es ahora tarea de la nueva gestión demostrar que la agenda ambiental no es un eslogan ni una estrategia de marketing, sino la piedra angular del replanteo de un país ético y sustentable. Los desafíos que deberá afrontar serán la oportunidad de demostrar la veracidad de esta vocación.

Nuestro país padece la falta de una política de Estado ambiental integral, que incluya un detallado ordenamiento territorial, que se haga eco de las cansadas advertencias de la comunidad científica, que lleve a cabo un serio control ambiental articulando los órganos nacionales con los provinciales y locales. Que comprenda y que respete las leyes básicas de la naturaleza: no se debe desmontar allí donde los bosques regulan las cuencas hidrográficas; no se debe construir allí donde los ríos reclaman sus espacios vitales. Hay que estar alerta y preparado allí donde los árboles pueden verse asediados por el fuego.

En cuanto a las lluvias, éstas son ciertamente extraordinarias. Pero sus causas no son del todo fortuitas. Más allá de los procesos cíclicos -con El Niño cumpliendo su amenaza consabida-, habrá que remitirse a las advertencias antes mencionadas. El cambio climático, producto del aumento de emisiones de gases de efecto invernadero de origen antrópico, no sólo genera y generará tormentas cada vez más extremas, sino que mostrará además su contracara de sequías, también más prolongadas y severas. El cambio climático y sus efectos son responsabilidad de todos los habitantes del planeta. De nuestra parte, debemos ocuparnos con rigor de nuestro actual drama ambiental: la falta de las obras de adaptación adecuadas -incluidos los sistemas de alerta temprana-, los desmontes desmedidos en procura de más áreas productivas -desoyendo lo que manda la ley de bosques- o la antes mencionada y patente carencia de un ordenamiento y una planificación territorial con base científica.

Respecto del fuego, es oportuno recordar que el pasado verano sufrimos el peor incendio forestal del que se tenga registro, con más de 34.000 hectáreas de bosques nativos y su prodigioso ecosistema despiadadamente arrasados. Se supo que fueron intencionales y que la respuesta del Plan Nacional de Manejo del Fuego sencillamente demostró no existía ningún plan. Esta administración deberá ahora prepararse para veranos cada vez más cálidos, para peores sequías y desertificación, lo que convertirá los bosques en un rico combustible de vegetación seca para alimento del fuego. Estamos todos advertidos.

Deberá analizarse, sin lugar a dudas, el uso potencial de la naturaleza para satisfacer nuestras necesidades y ambiciones humanas. Pero será imperativo definir y no trasponer los límites más allá de los cuales convertimos a la naturaleza en mero recurso y a la humanidad en plaga.

La actual administración no podrá soslayar esta tarea, y el alcance de su gestión deberá ser evaluado no sólo en términos económicos, sino principalmente en términos éticos, mensurando la conducta del hombre y de la sociedad para con el ambiente.

Dar cumplimiento a la legislación existente y generar los mecanismos necesarios para actuar con eficiencia será un primer paso promisorio.

Corregir errores, salvaguardar nuestros tesoros naturales, velar por la vida y la salud de nuestros ríos, de nuestros bosques, de nuestra fauna es parte del imperativo moral de nuestro tiempo. Y la ética, sí, es potestad de los hombres.

Politólogo especialista en temáticas ambientales. Coordinador del Movimiento Agua y Juventud

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