Curiosidades de la inspiración
Una frase atribuida a Demócrito afirma que "todo cuanto existe es fruto del azar y la necesidad". Por necesidad miles y miles de mentes están trabajando día y noche para encontrar una forma de controlar al nuevo coronavirus. Esta alianza permitió avanzar a velocidad inusitada. Se estudió la estructura genética del virus y sus modos de propagación, se probaron decenas de fármacos, se ensayaron numerosas estrategias y terapias. Esto permite trazar políticas públicas y enfrentar los cuadros graves cada vez mejor.
Pero la ciencia no solo avanza por puro raciocinio. A veces, las ideas que cambian el rumbo de la historia surgen por casualidad. O por accidente. Esas circunstancias inesperadas (como descubrir un sistema para cortar y pegar genes mientras se estudia cómo las bacterias se defienden de los virus, algo que les ocurrió no hace mucho a Jennifer Doudna y Emanuelle Charpentier) son el condimento más sabroso de la trama de los descubrimientos y lo que hace tan divertida la obra del canadiense Larry Verstraete, Accidental discoveries (FriesenPress, 2016). En ella, reúne varias decenas de esos momentos en los que el azar prende la chispa de la inspiración o, en sus propias palabras, "desencadena la tormenta cerebral que conduce a un descubrimiento científico".
Muchos de ellos son conocidos. Como esa anécdota adjudicada a Pitágoras, al que durante un paseo por Crotona, al ver un herrero trabajando en un yunque y advertir las diferencia de tonos de sonido que se producían cuando cambiaba de herramienta, le habrían sugerido la idea de estudiar la relación entre la longitud de unas cuerdas y el sonido que producían. Así, sigue la historia, notó que cuanto más largas las cuerdas, más grave el sonido. También observó que cuando una era exactamente del doble de largo que la otra, ambas producían una combinación de tonos particularmente agradable, y encontró que había un patrón matemático predecible para producir sonidos armónicos que aún se utiliza.
Otra coincidencia fortuita dio origen a la analgesia. Se produjo en 1844, en una sala de Connecticut, Estados Unidos, cuando desde el escenario convocaron a voluntarios para participar de un experimento. Se trataba de aspirar un poco de óxido nitroso (conocido como "gas de la risa" y cuyas propiedades habían sido descubiertas por Humphry Davy en 1799) para demostrar sus efectos. Samuel Cooley y su amigo Horace Wells dieron un paso al frente. Cuando el primero lo inhaló, estalló en carcajadas, pero luego se puso violento y se peleó con otros asistentes. Cuando llegó a su asiento, alguien notó que se había lastimado y estaba sangrando profusamente, pero no había sentido ningún dolor. Wells, que era dentista, inmediatamente pensó que el gas podía evitar el sufrimiento durante la cirugía. Sin perder tiempo, lo probó en sí mismo. Así pudo comprobarlo: se hizo extraer una muela, pero antes inhaló óxido nitroso y perdió la conciencia.
Según Vertraete, el médico y microbiólogo alemán Robert Koch marcó un hito en la ciencia gracias a una papa podrida. Fue en 1880, cuando al limpiar su laboratorio, la vio, cubierta de moho, debajo de la mesa. Estaba a punto de tirarla, pero se detuvo a observarla más de cerca. Notó que tenía parches de diferente color en la superficie. Tomó un poco del gris, lo puso en una película de vidrio y le agregó una gota de agua. Después hizo lo mismo con un trozo del rojo. Al ubicarlos debajo del microscopio, constató que cada uno contenía un tipo diferente de organismos. Y luego, que al colocarlos en un alimento, observó que crecían y se multiplicaban creando colonias idénticas a las originales. Con estas y otras observaciones, sentó las bases de la bacteriología.
Por supuesto, aunque errores o casualidades pueden ser valiosos, el azar no es el factor predominante en los descubrimientos. Ya lo dijo Picasso: "La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando".









