¡Dale que va!
Por Norberto H. García Rozada
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¡DALE que va! Expresión de antigua data, aunque todavía presente en el lenguaje coloquial de los porteños. Mezcla de indignación, impotencia y resignación por partes iguales.
De alguna manera lejana parienta del no te metás; pero dignificada, porque en modo alguno es signo de indiferente cobardía cívica. Al contrario, casi siempre expresa las airadas protestas de quienes están molestos por algo y, sin embargo, tienen que aguantarlo contra su voluntad, puesto que no está a su alcance la posibilidad de solucionarlo.
Es curioso. Hay términos y modismos desactualizados y olvidados; en suma, que hoy por hoy son incomprensibles, salvo para unos pocos y memoriosos compiladores del pasado.
En cambio, aquella rotunda expresión -¡Dale que va!- sigue vigente. Entre otras razones, su longeva subsistencia es atribuible, sin dudas, a esas tantas y tan penosas demostraciones de indiferencia por el prójimo que, día tras día machacan, a modo de poderosos pistones, la paciencia y la calidad de vida de quienes por esta ciudad transitan.
Calles cortadas
Más que moda ya se ha convertido en costumbre habitual. Y no, por cierto, de las más tolerables, por muy buen carácter que se tenga. Las calzadas han pasado a ser palcos preferenciales para que en ellas se expresen conformismos y disconformismos de las más variadas layas. Y como no es cuestión de andarse con chiquitas, los manifestantes de turno las cortan -de pie o sentados, lo mismo da- sin aviso previo y durante el lapso que se les viene en gana.
¿Están en conflicto los conductores de varias líneas de colectivos? Estacionan sus mastodónticos vehículos en la avenida 9 de Julio y arman un descomunal y prolongado atascamiento del tránsito.
¿Los estudiantes protestan por disposiciones que, a su juicio, coartan sus posibilidades de estudiar? Bloquean el tránsito frente a sus respectivos colegios, que no son pocos, y como al pasar tan sólo susurran algunas disculpas por las molestias que provocan.
¿Los taxistas reclaman por mayor seguridad? Colman la Avenida de Mayo con parsimonia incluso mayor que las que les es habitual mientras circulan en busca de pasajeros.
Sintéticos relatos, pues, que apenas son las muestras más recientes de tan insidiosas y frecuentes prácticas. Los Pérez ni siquiera entran a considerar los móviles del establecimiento de tan curiosos taponamientos. Inocentes de toda inocencia, lo único que pretenden es que las reclamaciones ajenas no les desencadenen las molestias propias.
Hace mucho tiempo que los Pérez están enterados de que Buenos Aires ha dejado de ser una ciudad de tránsito fácil. Si hasta se podría decir que han aprendido a convivir con esa contrariedad. Pero les indigna que grupos minoritarios, por razonables que fueren los móviles que los impulsan, se tomen la atribución de acrecentar sus padecimientos. Tanto más porque, sea dicho esto al margen, durante estos peculiares episodios las autoridades suelen mirar para otro lado.
Desprotegidos e inermes, a los Pérez sólo les queda una salida: ¡Dale que va!
Desalojados del Once, los vendedores ambulantes clandestinos se han adueñado de las zonas más céntricas de la ciudad, cuyas veredas han sido transformadas en algo así como el emporio de las baratijas. ¿Y las molestias que les provocan diariamente a los atribulados peatones? Bien, gracias.
Se trata, según parece, de una modalidad comercial harto lucrativa: Pérez no ha conocido ninguna otra actividad del ramo que disponga, como ocurre con ésa, de disimulados y ubicuos heraldos que, provistos de modernos intercomunicadores, alertan a los nómadas puesteros acerca de la aproximación de los inspectores. No en una sino en varias oportunidades fue asombrado espectador de esas peculiares advertencias.
Los puesteros, sus alertas vigías, sus proveedores de mercancías y los misteriosos -o no tan misteriosos- patrocinadores del inicuo sistema siguen por ahí, día tras día, como si tal cosa. ¡Dale que va!
Más de lo mismo
Los paseadores de perros ensucian las veredas y las plazas; los vecinos sacan a la calle los desperdicios cuándo y cómo se les da la gana; hay quienes insisten en fabricar y quienes insisten en colgar los feísimos -y peligrosos- pasacalles; los ciclistas se mofan de las reglamentaciones del tránsito; pesadísimos camiones que transportan bamboleantes contenedores circulan por las avenidas céntricas; las aceras exhiben sus infinitas lacras de pozos mal tapados y baldosas faltantes; los pavimentos en pésimo estado son las pesadillas de los conductores y, al mismo tiempo, se constituyen en inapreciables colaboradores de los talleres mecánicos; por enrejados que estén, las estatuas y los monumentos continúan sometidos al ensañamiento de los ignorantes; menudean la inseguridad, el delito... y otras irregularidades no menos importantes. En fin. ¡Dale que va!



