Dar a luz a una república, un ideal difícil pero no imposible

Carlos Hoevel
Carlos Hoevel PARA LA NACION
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11 de agosto de 2020  • 20:26

Los argentinos tenemos actualmente dos grandes desafíos en la lucha por llegar a convertirnos en una verdadera república. El primero es adquirir el sentido histórico imprescindible para persistir y tener finalmente éxito en esta lucha. Basta con repasar la historia de las grandes repúblicas democráticas modernas para darse cuenta de que todas han recorrido un sinuoso y esforzado camino. Por ejemplo, Francia tuvo que superar una cruenta revolución, cesarismos, restauraciones, gobiernos republicanos débiles o plutocráticos, populismos, utopías comunistas y dictaduras hasta convertirse en la república democrática que es hoy. El recorrido de Estados Unidos, aparentemente menos conflictivo, incluyó gobiernos dominados por minorías aristocráticas, plutocráticas o populistas, clientelismos mafiosamente organizados, una guerra civil y el estigma de injusticias aun hoy existentes como el racismo.

Los progresos y retrocesos a lo largo de toda la historia argentina nos demuestran que parir la república no es algo fácil ni mágico, sino un largo, trabajoso y muy conflictivo proceso histórico. Creo que es muy importante entender esto para no caer en el desánimo, el escepticismo y la sensación de "eterno retorno de lo mismo" que nos invade de tiempo en tiempo como si fuéramos los únicos en el universo que experimentamos obstáculos y dificultades.

Un segundo desafío es terminar de dilucidar y de despejar dudas sobre el significado auténtico del ideal republicano. Muchos de los conflictos que estamos todavía enfrentando no nacen solo de la oposición de quienes adhieren a ideas populistas o autoritarias. También surgen de las imágenes falsas que muchos argentinos sin ideología tienen del ideal republicano. Es necesario, en tal sentido, aclarar lo que la lucha por la república es, y también lo que no es, para poder convocar a muchos más a adherir con clara conciencia y verdadera decisión personal a ella.

"Ninguna causa nos queda -afirmaba Hannah Arendt,- sino la más antigua de todas, la causa de la libertad frente a la tiranía" (Sobre la revolución, 1962). Creo que hay pocas frases que definan mejor que esta el núcleo de la lucha republicana, que es siempre una lucha por la libertad. Pero además de ser una lucha por el reconocimiento de las libertades, es también una lucha por la igualdad de los ciudadanos ante la ley que implica división de poderes, un poder judicial independiente y un Estado con funcionarios públicos imparciales y por tanto libre del dominio de redes patrimonialistas y clientelares. En tal sentido, es también un combate frontal contra la corrupción estructural propia de los regímenes semiautoritarios, que capturan y reparten a discreción y para usufructo de sus funcionarios y amigos, la riqueza producida por todos los argentinos. Por lo tanto es asimismo una lucha contra la pobreza y por la verdadera justicia y solidaridad social, que se da solo cuando existe igualdad de oportunidades y una justicia proporcional al esfuerzo de cada uno.

Pero, ¿qué es lo que la lucha por la república no es y con la que a veces se la confunde? No es una lucha partidaria, o de un grupo social determinado que enfrenta a otro identificado en forma maniquea como "el enemigo", sino el esfuerzo de hombres y mujeres de todas las clases y partidos por superar, a través del diálogo y la aceptación de la pluralidad, las tendencias autoritarias escondidas en primer lugar dentro de sí mismos. No es una ideología de los ricos, ni para los ricos, porque una verdadera república elimina precisamente los privilegios especiales que en los regímenes no republicanos obtienen siempre los ricos. No es la expresión de la derecha porque si bien el ideal republicano reconoce un papel importante al orden y la ley, no reduce toda la vida política a estos. No es la nueva fachada del neoliberalismo, ya que aunque valora la libertad económica, lo hace siempre dentro de un fuerte marco jurídico, político y social. No es el eufemismo del antiperonismo, porque aunque critica su autoritarismo, reconoce también la contribución a la igualdad en los orígenes del peronismo. No es la expresión de un individualismo que desprecia los valores de la familia, asociaciones, sindicatos o movimientos sociales, sino que valora todas esas formas de la sociedad civil dentro de la libertad e igualdad ante la ley. No es una nueva cara del laicismo o del anticlericalismo, porque defiende la libertad de conciencia y de las diferentes comunidades religiosas. Tampoco es, finalmente, una forma de cosmopolitismo o globalismo antinacional, ya que el verdadero republicanismo apunta a la unidad y el bien común de la Nación, expresados especialmente por la Constitución.

Tomar conciencia del sentido histórico y de la verdadera naturaleza de la lucha por la república no podrá atenuar el dolor por nuestros fracasos ni eximirnos de un cierto grado inevitable de conflicto. Pero sí creo que nos permite madurar la idea de que, a pesar de los retrocesos y resistencias, no debemos desanimarnos sino persistir en caminar y educar a las nuevas generaciones en la dirección hacia un ideal muy difícil pero no imposible de alcanzar: el de convertirnos en una república libre y democrática, seguramente muy imperfecta, pero imprescindible para llegar a ser algún día un país desarrollado, justo y auténticamente solidario.

Doctor en Filosofía y Miembro de Número de la Academia Nacional de Educación

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