De Babel al celular. Traducir en la era de Google

Mientras los traductores online son un gran recurso para viajes o consultas rápidas, la traducción literaria permanece como un arte que exige tiempo y matices humanos
Verónica Boix
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16 de junio de 2019  

Crédito: Javier Joaquín

Desde los primeros traductores automáticos lanzados en la década de 1950, las empresas de tecnología buscan dominar los lenguajes a partir de la inteligencia artificial. Si bien los primeros intentos daban risa, hoy los traductores online son una herramienta de todos los días, ya sea para entender un texto, buscar información o comunicarse en el extranjero. ¿Realmente pueden las máquinas soñar con superar la barrera de la diversidad de lenguas? ¿Y qué ocurre, entonces, cuando traducir es una tarea que se acerca a la literatura o el arte?

En principio, algo ya cambió: el idioma dejó de ser un límite a la hora de ir más allá de las propias fronteras. Así lo comprobó la abogada Elena Bertot, que viajó a Japón con su familia y, según cuenta, tuvo la ayuda permanente del traductor de Google. "Le sacaba fotos a las etiquetas en japonés, pintaba la frase y la traducía. Era genial para saber si lo que compraba era crema de manos o champú. En Japón solo aquellos que hablan muy bien inglés se atreven a responderte porque se avergüenzan mucho si hacen el ridículo. Así que el traductor fue esencial". Si bien Google tiene el traductor más popular -según su director ejecutivo Sundar Pichai, traduce 143 mil millones de palabras por día-, hay otras opciones que al parecer pueden obtener resultados más precisos, como Linguee, iTranslate o Deepl.

Al alcance de la mano

Se sabe que el lenguaje crece, se transforma, está vivo; en eso radica el mayor desafío que enfrenta la tecnología. Sin embargo, la cuestión se revolucionó en 2016, cuando Google lanzó su sistema de inteligencia artificial: una tecnología que se inspira en el funcionamiento del cerebro humano e intenta captar el significado de frases y palabras en su contexto. A través del llamado deep learning -aprendizaje profundo- el sistema aprende, por ejemplo, que las palabras limón y manzana son más similares entre sí que limón y silla.

"La traducción automática neuronal (NMT, Neural Machine Translation) viene generando buenos resultados desde hace ya varios años. A grandes rasgos, el sistema traduce oraciones completas en lugar de trabajar palabra por palabra, y utiliza el contexto general en el que se encuentran para ofrecer la traducción más relevante. Luego la ajusta y reacomoda, utilizando la gramática adecuada, para ser lo más parecida posible al lenguaje humano", dice Jeff Pittman, gerente de ingeniería de software de Google Translate.

Como fuere, lo que sonaba a ciencia ficción hoy está al alcance de cualquiera. "Dado que el 50% del contenido de Internet está en inglés y que aproximadamente solo el 20% de la población mundial comprende ese idioma, las traducciones son vitales para permitir el acceso al conocimiento y a la información. Para la mayoría de las personas, las situaciones en las que podría usar Google Translate son de interacción o búsqueda rápidas y cotidianas, como traducir señales, intentar comunicarse con otra persona en un comercio o restaurante, buscar información en la Web", continúa Pittman.

No son perfectos

No solo las prácticas cotidianas se simplifican, sino que también lo hace la vida profesional. "Antes clonábamos los sitios web tantas veces como idiomas pidiera el cliente -cuenta Lorena Saffarano, diseñadora gráfica y artista plástica de Mar del Plata-. Me sorprendí cuando descubrí que el robot ya no era tan torpe traduciendo. Hoy en día existen plugins que ofrecen traducciones automáticas a cientos de idiomas disponibles. Lo maravilloso es que la traducción automática tiene un acierto de un 90% aproximadamente, cosa impensable hace algunos años".

Pero la traducción automática todavía está lejos de la perfección. A pesar de sus obvias ventajas, sigue ofreciendo traducciones lineales y, en ocasiones, genera resultados ridículos o carentes de sentido. Y donde esos errores parecen alcanzar una dimensión insalvable es en el campo de la traducción literaria. En Música nómade: siete verbos para una traducción, la poeta y traductora María Negroni escribe: "Traducir, por tanto, no puede equipararse a difundir, informar o aclarar nada; su fin es hacer existir algo que antes no existía". Aquí anidaría una incompatibilidad sustancial con lo automático.

También puede ser tan solo una cuestión de expectativas. Teresa Arijón, poeta y traductora, ganadora del Premio Konex 2014, lo deja claro a través de una anécdota. "Durante un viaje a Tokio utilicé el traductor de voz, cuando mi japonés rudimentario no alcanzaba y el inglés no era opción. Fue útil, divertido, sirvió para resolver problemas elementales de comunicación. Pero nunca utilicé un traductor automático en mi profesión. Creo que traducir es, también y sobre todo, escribir", asegura.

Eso no quiere decir que la tecnología quede completamente desterrada de la traducción literaria. El poeta, docente universitario y traductor Fernando Bogado reconoce utilizarla como una herramienta más. Aunque aclara: "El mejor trabajo se realiza siempre utilizando esa suerte de ?fluir natural' que aparece cuando se traduce lo que se está leyendo, sumado a la cuestión más ?filológica' de detenerse en determinadas palabras para ver cuál es la mejor traducción posible. Ahí, más que los traductores automáticos, son mejores los diccionarios online, como los de Oxford, Priberam, Larousse o incluso la RAE. Son muy útiles para entender de qué manera traducir una palabra que en ese aparente ?fluir natural' de la lectura traba el sentido. Es increíble: hay algo en nosotros que siente que entendió la frase, pero no la puede traducir. Una forma más de la experiencia estética", describe.

No es extraño que el territorio de la literatura excluya todo intento de automatización. Silvio Mattoni, poeta y traductor, entre otros, de Georges Bataille y Marguerite Duras, lo explica de forma simple. "Nunca usé un traductor automático para una verdadera traducción; solo recurro a uno de esos programas por algún trámite, como la traducción burocrática de resúmenes para revistas académicas. El resultado siempre es cómico, y hasta en esas frases básicas la máquina no puede acertar casi nunca. El acto de hablar o escribir requiere decisiones e intenciones que no se pueden programar. De hecho, los mayores errores del traductor automático se deben a la sobreinterpretación, al hecho de que registra los usos más frecuentes de giros, o expresiones, y siempre el que habla o escribe quiere decir otra cosa. ¿Para qué repetiría por millonésima vez la misma frase?".

Una música interior

Así, modismos, juegos de palabras y multiplicidad de sentidos escapan a los algoritmos. Solo se descubren frente al ejercicio de la creatividad: la traducción literaria resulta más un arte que un oficio. No es únicamente una cuestión de trasladar palabras de acá para allá, sino de encontrar la música interior que conjuga ritmo y sentido en un texto. No es casualidad que muchos de los traductores literarios sean, también, poetas.

La experiencia de Lucía Dorín, magíster en Ciencias del Lenguaje de la Universidad de Ruán, docente universitaria y escritora, tampoco es muy auspiciosa respecto del aporte de las máquinas. "En literatura, me parece riesgoso usar un traductor automático. No veo que tenga la posibilidad de dar cuenta de la multiplicidad. Como docente, cuando los estudiantes resuelven sus consignas con esa herramienta, se nota", comenta.

Sin embargo, podría decirse que la traducción literaria no desprecia la tecnología; lo que pretende es revelar los matices de una tarea muchas veces opacada bajo la premisa falsa de que cada palabra tiene su igual en otro idioma. "Los traductores automáticos generan la ficción de que en algún momento se va a poder lograr pasar un texto cualquiera de una lengua a otra de manera inmediata", arriesga Bogado. Y va más allá: "Es una suerte de sueño prebabélico preocupante; la idea de que, de alguna manera, todos vamos a poder hablar la misma lengua, más allá de nuestras lenguas particulares. Una lengua abstracta, de puros significados, que pueden entenderse más allá de tal o cual idioma o dialecto. Pero, al mismo tiempo, lenguas disidentes, diferentes, mínimas, emergen y se transforman, se mueven. Algo que se ve en varios hechos, como la recuperación de las lenguas de los pueblos originarios dentro de los ámbitos universitarios, o la aparición de nuevas lenguas de cruce, desde el spanglish hasta el portuñol. La traducción, y la teoría de la traducción, debería concentrarse en estos fenómenos, que se dan con el tiempo, que no son inmediatos, y que tienen su lugar dentro de un horizonte en donde ?traducir' es la operación cultural y artística clave. Por eso, es necesario abandonar toda pretensión de automatismo o inmediatismo, que incluso afecta el trabajo de los traductores: todo trabajo intelectual es siempre, necesariamente, lento".

Desde esa frontera incierta la traducción literaria sigue dando batalla. ¿Qué retos enfrenta hoy? "Los de siempre -dice Arijón-. Siempre contradictorios desde el punto de vista filosófico o teórico. Ser un ideal, una utopía, un imposible. Y al mismo tiempo tender puentes, y tener que construirlos desde la nada misma. Un beneficio a señalar: Internet, bien utilizado, abre posibilidades inéditas, cada vez más amplias. Vaya mi agradecimiento".

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