
De Calígula a Trump: cuando las repúblicas se cansan
El 19 de enero Donald Trump le escribió al presidente de Finlandia, Alexander Stubb, diciéndole que como no había recibido el Premio Nobel de la Paz “a pesar de haber detenido más de ocho guerras,” ya no se sentía “obligado a pensar únicamente en la paz”. El mensaje fue su respuesta al intento de Stubb de desescalar tensiones y coordinar posiciones sobre Groenlandia, Ucrania y Gaza. Aun dejando de lado que los conflictos que Trump dice haber detenido duraron días apenas y que en uno de ellos no hubo enfrentamientos armados, lo que importa es la lógica tras su afirmación.
Trump ha hablado hasta el cansancio sobre la importancia que Groenlandia tiene para Estados Unidos. También ha dicho que aspira a obtener ese territorio de cualquier manera. En ese contexto, vincular una decepción personal -como no haber recibido el Nobel- con una menor disposición hacia la paz no es un exceso retórico. Es la transformación del orgullo herido en licencia para transgredir.
Esta postura no es nueva. En el año 40 D.C., Calígula anunció su intención de nombrar cónsul a su caballo, Incitatus. El animal vivía en un establo de mármol y comía alimentos espolvoreados con oro. Vestía púrpura, el color reservado a la nobleza. Según algunas fuentes, tenía asignados dieciocho sirvientes. Calígula hizo el anuncio con naturalidad. El Senado de entonces no objetó.
El nombramiento de Incitatus no llegó a concretarse pues Calígula fue asesinado. Sin embargo, los hechos permanecen. El emperador anunció un capricho privado, quiso imponerlo sobre una función pública, y nadie lo detuvo ni le pidió explicaciones. Leída desde el presente, la comparación no sólo se sostiene, sino que Calígula sale empequeñecido: cuando Trump vincula una queja personal con la acción pública, ya no se trata de un caballo en el Senado, sino de millones de personas afectadas: fronteras, alianzas y vidas traspasan los límites de un establo.
El problema no es sólo la confusión de la esfera pública y la privada, sino el ego volcado directamente en la acción. Sin mediación. Sin pausa. Sin restricciones.
Incluso las formas más personalistas del poder requirieron contención. Luis XIV, a menudo invocado como emblema del absolutismo, disciplinó el poder de tal manera que lo transformó en ritual, demora y repetición. Convirtió las rutinas de su cuerpo en ceremonia: despertarse, vestirse, comer, todo estaba minuciosamente coreografiado. Por la mañana, los nobles se reunían para verlo despertar. Un hombre sostenía la vela. Otro, la camisa. Alguien más esperaba con las medias.
Ninguno hablaba demasiado. Lo importante era el orden: quién estaba lo suficientemente cerca del rey como para alcanzarle una manga, quién podía verlo sentarse, quién podía verlo defecar. Cuando hacía sus necesidades, lo hacía detrás de un biombo, pero todos sabían lo que estaba ocurriendo. Más tarde, los favores se rastreaban hasta ese momento: quién había estado presente, quién ausente, quién había podido situarse más cerca del cuerpo real. El Estado pasaba a través del rey como el alimento, y lo que expulsaba -y lo que retenía- organizaba la vida de los demás.
Luis XIV no es un ejemplo de absurdo sino de contención. Incluso lo ridículo era previsible y, por tanto, estabilizador. El rey no fundía lo privado con lo público por impulso: burocratizaba la intimidad. Nada en ello era caótico. Nada improvisado. Ese era el punto. El poder se vestía despacio y hacía esperar a los demás.
Luis XIV sería miserable en Twitter. Y Trump se asfixiaría en Versalles.
Por supuesto, no se trata de rehabilitar el absolutismo sino de mostrar que un ego desmedido, por sí solo, no es el mayor peligro. El mayor peligro se manifiesta cuando el ego no tiene un sistema que lo contenga. En ese caso, se vuelca directamente a la acción.
Trump acelera, improvisa, elude. Sus declaraciones y sus actos operan en sentido contrario a cualquier esquema: no hay coreografía, no hay demora, no hay previsibilidad ni un lenguaje institucional que lo limite. Hace algunas semanas, cuando un reportero del New York Times le preguntó si concebía algún límite a su poder, Trump respondió: “Sí, una cosa. Mi propia moral. Mis ideas. Eso es lo único que puede detenerme.”
No se trata de ser ingenuos e ignorar la geopolítica. Es del todo coherente pensar que una Groenlandia alineada con Estados Unidos es preferible a una bajo influencia rusa o china. Pero la manera en que se ejerce el poder importa. Se puede creer que Estados Unidos tiene intereses estratégicos legítimos en el Ártico y, aun así, rechazar la persecución de esos intereses mediante la amenaza, la humillación o el resentimiento.
La cuestión no es si Estados Unidos tiene intereses geopolíticos legítimos: se trata de si esos intereses se ejercen dentro de un marco de contención. Esta distinción importa enormemente. Si Trump hubiera dicho: “Groenlandia es estratégicamente vital y Estados Unidos debe asegurarse de que no caiga bajo influencia hostil. Esto requerirá diplomacia, inversión y coordinación con aliados”, habría sido distinto. En cambio, su mensaje es más simple. Lo que él dice es: las instituciones no me constriñen.
Imaginemos que Jonas Salk, que desarrolló la vacuna contra la polio y nunca recibió el Premio Nobel de Medicina, hubiera anunciado que dado que no le concedieron el premio ya no se sentía obligado a pensar en términos de salud pública. Eso habría sonado tan ridículo como si Borges hubiera decidido dejar de escribir porque nunca recibió el Nobel. Por suerte, nada de eso sucedió. Es más: Salk renunció a los derechos de patente de la vacuna y explicó su decisión diciendo: “¿Se puede patentar el sol?”. El médico entendía su descubrimiento como un bien público, no como gloria personal.
Estos ejemplos no son ornamentales. La forma da cuerpo al contenido. Los modos no son superfluos. El procedimiento, la proporción, la contención, importan. El poder debe ser más grande que la persona que circunstancialmente lo ejerce.
Con todos sus defectos, Estados Unidos fue para muchos un ejemplo de democracia saludable. En su mejor versión, representaba la separación de poderes, los procedimientos por sobre los personalismos. En julio celebrará 250 años de su independencia pero, ahora, ha dejado de ser ejemplar. Y no porque Trump sea de derecha, sino porque es antirrepublicano en el sentido original del término.
Estamos presenciando el regreso de la lógica imperial sin las formas que lograban contenerla.
El 20 de enero Donald Trump cumplió un año en el poder. Ese mismo día dijo que la decisión británica de devolver la soberanía a las islas Chagos era una“ gran estupidez”. Meses antes se había mostrado de acuerdo cuando Keir Starmer, Primer Ministro de Gran Bretaña, planteó el tema en la Casa Blanca. Lo ya acordado fue de pronto redefinido como error. Sin nuevos hechos ni argumentos. Sólo enojo y prepotencia.
El consentimiento ha pasado a ser provisional. La aprobación, reversible. La fuerza de los compromisos pasó a depender del estado de ánimo futuro.
En efecto, pocos días después de su mensaje a Stubb, Trump se desdijo y afirmó que no tomaría Groenlandia por la fuerza. Para entonces, el daño ya estaba hecho. Varios aliados históricos de Estados Unidos ya habían comenzado a ensanchar relaciones que hasta hace poco eran secundarias: Canadá y el Reino Unido intensificaron contactos con China; Europa aceleró acuerdos estratégicos con India.
No se trata de un giro ideológico repentino. Es una reacción simple: cuando ya no se sabe qué esperar, se buscan otros interlocutores. La imprevisibilidad tiene precio.
Hoy el peligro no es la locura de un emperador sino que ante toda esta desmesura las repúblicas lucen cansadas y distraídas. El entorno mediático y las redes sociales alimentan ese fuego por demás.
Estamos presenciando una forma de poder lo suficientemente banal como para querer justificarse con un capricho. Y lo suficientemente pesada como para poner al mundo en peligro. El límite se ha desplazado. Vivimos ante un nuevo umbral.
Putin y Xi Jinping deben estar celebrando.
Escritora





