
De campeones, princesas y violencias previsibles
El libro es de 1953, pero me atrevería a decir que fue editado ayer. Se llama Guía de la buena esposa: 11 reglas para mantener a tu marido feliz, y su autora es Pilar Primo de Rivera. Hay quien se ríe de sus consejos ("Ten lista la cena", "Luce hermosa", "Sé dulce e interesante", "Arregla tu casa", "Hazlo sentir en el paraíso" y ya se pueden imaginar lo demás). No es mi caso, tal vez porque hasta hoy noto lo hondo que ha calado todo esto en la cabeza y en el corazón de tantas mujeres. El pantocrátor de sofá y pantuflas al que se veneraba en esas páginas puede que ya no esté, pero lo mismo sigue aquí, sólo que ahora bajo nuevos avatares. Sin duda más aceptables, pero haciendo lo mismo una concesión graciosa a lo que aún se sigue considerando "cosa de mujeres".
Y es ahí quizá donde comienza el largo malentendido de todos estos años: en la división del mundo según el género. Hoy contemplo espantada cómo, en el colegio al que asiste mi hijo, los niños se dividen en harén y equipo para festejar la mayoría de los cumpleaños. Hay, pues, "tés de nenas" para ellas y partidos de fútbol para ellos. O, como resume un comercial de pañales, "princesas y campeones". Hace no tanto tiempo, todos íbamos a los cumpleaños de todos sin importar si nuestros nombres terminaban en a. Pero también eso era pura apariencia. En secreto, nuestras madres seguían destilando el veneno de la segregación. De lo que podían unos y no podíamos las otras, a riesgo de ser tachadas de "varoneras". Porque, claro, en la escuela para mujeres que tan bien supo compendiar Pilar las reglas eran (son) otras: sé muda, sé linda, sé obediente.
Justamente por eso, en estos ensangrentados días de cadáveres de estreno me pregunto por qué no vemos lo previsible de todo esto. En una sociedad que sigue educando a sus niñas para complacer y agradar, para hacer sólo "cosas de nenas", y a sus niños para ser "campeones" a tiempo completo, nada podía resultar de otra manera. Tan claro lo dijo Emma Watson hace casi un año, en su primer discurso como vocera de las Naciones Unidas para la Mujer: "Si queremos terminar con la desigualdad de género, necesitamos que todos se involucren". Esto no es cuestión de varones o mujeres, de campeones o princesas, de tés o de partidos de fútbol; es una marea de sangre que está comenzando a colar por debajo de la puerta.
Por eso y hasta entonces, hasta que todos realmente hagan su parte y la lucha contra el femicidio deje de ser campaña en la Web y se vuelva política de Estado, habrá que mirar muy cuidadosamente qué es lo que les estamos enseñando a nuestros hijos. A nuestras hijas. Qué deforme idea del amor se le inculcó a la chica que naturaliza los celos o el control de su novio sobre sus amigos, su celular y sus horarios. Pero también qué deforme idea de la masculinidad se le transmitió a un chico que se arroga el derecho de decidir sobre el largo de la pollera de su novia. "Si los hombres no tuvieran que ser agresivos para ser aceptados, entonces las mujeres no tendrían que ser sumisas; si el hombre no tuviera que controlar, las mujeres no tendrían por qué ser controladas", decía Watson. Pero hasta que lo entendamos, la única lección que todas las mujeres deberían aprender es "corré tan rápido como puedas". Porque -terminada la mesa de té, concluidos los penales-, cuando el ataque finalmente suceda, no habrá nadie ahí (ni Estado, ni ley, ni policía) para defender a la ex princesa del campeón enfurecido.






