De chancho somos

Daniel Della Costa
Daniel Della Costa LA NACION
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4 de febrero de 2010  

Cuando un tipo está convencido de lo que hace, eso lo ayuda a salir adelante y a dar vuelta un resultado, aunque esté perdiendo por goleada y la tribuna lo chifle. Pero hay que tener cuidado, porque llevada esa virtud a ciertos extremos puede transformarse en un defecto tan pronunciado que quien lo exhibe bien puede convertirse rápidamente en aquel "piantao, piantao", de la balada de Horacio Ferrer. O, acaso peor aún, en un personaje de cutis tan pétreo como los del Monte Rushmore, en Estados Unidos. Porque sostener, como lo ha hecho recientemente la Presidenta, que la ingesta de carne de cerdo es funcional con la actividad sexual, es francamente aventurado.

Si esa afirmación alguien la hace en una mesa de truco, después de haberse tomado unos vermús, forma parte del entretenimiento y calza bien entre una falta envido cantada cuando sólo se tienen tres negras de diferente palo y un valecuatro gritado con una sota de bastos. Pero con la banda cruzándole el pecho y la prohibición de los asistentes, por respeto, educación y adulación, de hacer otra cosa que sonreír y aplaudir, oscila entre lo alevoso y lo aventurado.

Porque es cierto, la carne vacuna escasea y su precio sube, por obra de una política que llevaba inevitablemente a esta situación y cuyo autor no sólo no es colgado de los pulgares del palo mayor, como en las películas de piratas, sino que sigue haciendo de las suyas, como si fuera el Lionel Messi del equipo.

Ante esta realidad, tantas veces anunciada y tantas veces negada, aconsejarle al tipo que varíe su dieta, apuntando menos al churrasco de cuadril y más al corderito y al minestrón, como se ha hecho tantas veces, o intentando malamente (como hizo Perón), racionar lo que había, se cuenta en los manuales de cualquier gobierno patrio.

Pero la jugada pretendida ahora es tan novedosa como descabellada y hasta peligrosa. En primer lugar, porque la carne de chancho no es más barata, es decir que el tipo debe pagar lo mismo o más, por una carne que no es la de su preferencia ancestral. Y en segundo término, porque puede llevar a excesos impensados.

Ya que si bien es difícil que entre la gente sensata prospere esta campaña pro chancho, que en realidad está dirigida a disimular la escasez y el encarecimiento bovino, hay que temer acerca de las consecuencias en la propia tropa K. Porque no sólo la señora se ha puesto ella misma como ejemplo de los efectos afrodisíacos del porcino, describiendo con lujo de detalles las consecuencias de la ingesta, en El Calafate, de un lechón a punto de galletita, sino que además lo suyo bien puede interpretarse como una orden.

Esto es, que para ser fiel kirchnerista hay que comer cerdo sí o sí. Lo que puede conducir, más allá de las buenas intenciones de la prédica, a descomunales indigestiones de lechón adobado y, acaso también, a la crisis de muchos matrimonios afectados por la nulidad amatoria derivada de estas panzadas de cerdo, capaces de poner al tipo KO en segundos apenas roza con su cabeza la almohada. Así tenga a su lado, no a la patrona de todos los días, sino a la misma reina de la bikini hecha con hilo dental.

"A mí -dijo el reo de la cortada de San Ignacio- el aviso de la Cristina me funcionó al revés. Mi comadre me prohibió el lechón. No vaya a ser, me dijo, que te creas en serio que vas a estar hecho un demonio y terminés boqueando como un bagre pescado en la Costanera."

©LA NACION

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