De paseo por la Opera

Luis OvsejevichPara LA NACION
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4 de diciembre de 2010  

Asistí en agosto a los Festivales de Bayreuth (Alemania), Salzburgo (Austria) y Verona (Italia). Bayreuth está dedicado exclusivamente a las óperas de Richard Wagner y se brinda en el teatro Bayreuther Festspielhaus, que él creó justamente para representarlas. Para ese festival ya había y sigue habiendo un hermoso teatro llamado Opera del Margrave, de 1747, con capacidad para unas 500 personas. El que hizo construir Wagner es para casi 2000 personas y se inauguró en 1876: allí se decidió que la orquesta y el director estuvieran por debajo del escenario y que no los viera el público. Los asientos son de madera para que el espectador se mantenga rígido, pero se les pone un almohadoncito.

De julio a agosto se hacen 30 funciones; es decir que acuden alrededor de 60.000 espectadores (se estima que 500.000 son los tickets requeridos). Los concurrentes asisten a un promedio de dos funciones, por lo tanto, serían alrededor de 30.000 personas las que participan de este festival. Cuatro de cada diez hombres visten smoking, pero parecen más porque son muy visibles. Las mujeres, en general, van con vestidos largos.

Las óperas de Wagner duran aproximadamente cuatro horas y cada intervalo es de un poco más de una hora. Es decir, la función empieza a las 16 y termina a las 22.40. En cada intervalo, previa reserva y encargo, el público cena: un primer plato en el primero y un segundo plato y postre en el siguiente. Desde un balcón, trompetas y trombones van convocando a la sala mientras el público los observa.

Toda la representación es una ceremonia, y el público parece ir en peregrinación. Los jardines que rodean al teatro crean una hermosa atmósfera. Hay champagne en abundancia.

Predomina de manera evidente el público alemán. Conseguir entradas es muy difícil y la gente aguarda en lista de espera durante muchísimos años. En mi caso, a través de Jutta Ohlsson y Dotty von Erb pude conseguir la entrada y en una muy buena ubicación. Encontré en el teatro a otro argentino: Alfredo Corti, ex embajador en Finlandia.

Asistí a la función de los Maestros Cantores de Nürenberg, en una puesta de Katharina Wagner, bisnieta del gran Richard. Una función transgresora, que incluye desnudos y escenas de tipo casi pornográfico, con caras de muñecos gigantes. La reacción del público fue muy variada. Excelentes la orquesta, el coro de 180 personas y los cantantes.

En cuanto al alojamiento, no hay suficiente capacidad en Bayreuth, porque sólo tiene movimiento un mes por año y no justifica abrir nuevos hoteles. Por ello, la gente se aloja en pueblos vecinos.

Luego estuve en el Festival de Salzburgo, que no es sólo de ópera, sino también de conciertos y teatro. Fue creado en 1920 y en su historia marcaron su impronta Herbert von Karajan, que en 1956 fue designado su director artístico (inauguró en 1960 la sala principal del festival) e irradió su influencia en él hasta su muerte, en 1989. Luego, Gérard Mortier lo dirigió desde 1990 a 2001 (actualmente es el director del Teatro Real de Madrid). Este año, en cinco semanas se dieron 193 funciones (de ellas, 41 de ópera) en seis salas diferentes. Tres son las más importantes: Grosses Festspielhaus (2200 personas), Felsenreitschule (1400 personas) y Haus für Mozart (1000 personas).

Sin duda, el centro es la ópera. Se ofrecieron siete títulos, todos alrededor de los mitos. Asistí a cuatro de ellos: Orfeo y Euridice, de Gluck (sin su célebre danza y muy luminosa, dirigida por Riccardo Muti), Lulu , de Alban Berg (la primera parte del tercer acto se representa con los cantantes en la platea y su atractivo era la escenografía del pintor Daniel Richter), Don Giovanni, de Mozart (que se desarrolla en un bosque, incluye auto y parada de ómnibus rural; el comendador incluso aparece como una ramita; escenas con revólver) y Elektra, de Richard Strauss (que se representa en un cubo). Las puestas tratan de ser actuales y no concebidas como el compositor se las imaginó. En todas ellas brillan la Orquesta Filarmónica de Viena, los directores y los cantantes. Se destacó, entre ellos, Erwin Schrott (uruguayo, esposo de la cantante Anna Netrebko) en el personaje de Leporello, en Don Giovanni: recibió un inmenso aplauso.

El público es, básicamente, de lengua alemana, pero concurre gente de gran cantidad de países (en 2009 hubo espectadores de 86). Aparte de los que usan smoking (el 10% de los asistentes), todos visten de manera formal. Es muy raro ver alguien de sport.

La ciudad de Salzburgo, a la cual he ido varias veces, es de las más hermosas del mundo y todo gira alrededor de la música y de su ciudadano más célebre: Mozart. Más aún en época del festival, todo está impregnado del genial músico. Importantes figuras de la lírica participaron del encuentro; entre otros, Netrebko, posiblemente la soprano más cotizada de la actualidad, equivalente a lo que fue en su época María Callas.

Sobre la base de las funciones que se dan y la capacidad de las salas, calculan que asisten unas 200.000 personas. Es factible conseguir entradas, salvo en las funciones en las que participan las grandes estrellas (entre otros, este año, Daniel Barenboim y Martha Argerich). Las óperas tienen subtitulados en inglés y alemán.

Por último, estuve en Verona, donde este año asistí a tres óperas: Aida, Carmen e Il Trovatore. También se dieron Madama Butterfly y Turandot. Las cinco con régie y escenografía de Franco Zeffirelli. Predominaron en las puestas los colores rojos y azules. Caballos, burros, monumentales esculturas y pinturas formaron parte de escenografías impactantes.

Este festival se creó en 1913 y se da en la Arena de Verona (equivalente al Coliseo de Roma). Es un anfiteatro al aire libre, con capacidad para casi 20.000 personas, con muy buena acústica. Entre junio a agosto se dan 48 funciones, a un promedio de 13.000 personas por función. Es decir, 600.000 personas. En general, siempre se consiguen entradas.

Maria Callas comenzó el éxito de su carrera artística en Verona, donde desde 1949, año en que debutó en el Teatro Colón, cantó varias temporadas seguidas. Ello se debió a la intervención de su primer esposo, Giovanni Battista Meneghini. (Su segundo marido fue Aristóteles Onassis, que, a su vez, luego se casó con Jacqueline Kennedy.)

El público aquí concurre de sport. Muy raro ver a alguien con smoking y muy pocos de traje. Vienen de todas partes, pero hay un predominio de alemanes, holandeses y austríacos. También, muchos ingleses.

En la función de Il Trovatore, el tenor argentino Marcelo Alvarez interpretó el personaje de Manrico (el principal). De las tres óperas que vi, fue el artista más aplaudido; incluso, luego de cantar el aria “Di quella pirra”, se le requirió que hiciese un bis.

Al término de la función, lo fui a saludar (dado que fue Konex de Platino en 2009) y me manifestó sus deseos de cantar en Buenos Aires.

Luego del recorrido por estos tres festivales, me pregunto por qué no se hace uno similar en Buenos Aires en el período enero-marzo. Durante mi gestión en la dirección general del Teatro Colón (1998-99), quise hacerlo en cuatro sedes. Pero quienes estaban sobre mí no entendieron la idea y no tuve la posibilidad de concretarla. Hoy insisto en la idea y propongo que, para 2016, año del bicentenario de la independencia, se concrete con una sede propia, en un lugar de fácil acceso para el público. Deberían trabajar en común el gobierno nacional y el de la ciudad de Buenos Aires. Se trata de políticas de Estado, que deberían exceder lo circunstancial. Incluso podría sumarse Rosario, con su futuro Puerto de la Música. La iniciativa favorecería, indudablemente, el turismo; sería una fuente de ingresos y formaría nuevos públicos. En el ínterin, se podría analizar la integración de la plaza Lavalle con el Teatro Colón, como jardín y parte del mismo, como sucede en Bayreuth.

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