
De prepo alcanzó la mayoría de edad
Como varios lectores han hecho llegar a esta columna el mismo comentario, es prueba de que vale la pena extenderse sobre él. Por correo electrónico, escribe Enrique Anderson: "Al leer, el 18/12/09, el editorial titulado «El veto como arma de gobierno», me asombró la frase «...una ley cuyo proyecto presentó de prepo el propio Gobierno...». Sé que de prepo figura en el Diccionario del habla de los argentinos , de la Academia Argentina de Letras, pero también figura en los diccionarios sobre lunfardo, como el de José Gobello. Entiendo que es una palabra vulgar, que no debería usarse todavía en diarios como LA NACION".
Como recuerda bien el lector, la locución de prepo (en donde prepo es la forma abreviada de prepotencia ) figura en el Diccionario del habla de los argentinos , obra de la Academia Argentina de Letras (Espasa, 2003), cuya definición es interesante transcribir: "de prepo . loc. adv. coloq. Con prepotencia, por la fuerza". La Academia da también un ejemplo de autor: "Jorge Asís, Flores , 1985, 40: «Y para buscar siempre un contenido, encontrarle de prepo fondo a cosas que, tal vez, no lo tenían, inventárselo en todo caso»" . Además, la AAL remite a otros ejemplos del uso de esta locución adverbial en autores tan preocupados por el lenguaje como Diego Abad de Santillán o Félix Coluccio.
Menciona también el lector el diccionario sobre lunfardo de José Gobello. También figura la locución en el de Fernando Hugo Casullo, Diccionario de voces lunfardas y vulgares (Freeland, 1972), con un hermoso ejemplo tomado del libro Chapaleando barro , de Celedonio Flores: "Te has metido de prepo en Buenos Aires".
¿Cuándo una palabra pierde su estatus de vulgar o, como en este caso, de coloquial, para pasar a integrarse al mar de las voces aceptadas por el nivel general o culto de la lengua? Esa decisión no corresponde a una sola persona, sino al conjunto de los hablantes, quienes, la mayoría de las veces, ni siquiera son conscientes de que eso está ocurriendo.
El mismo Casullo, en el prólogo de la obra antes citada, reflexiona: "El lenguaje, como la misma y sabia naturaleza, siempre se renueva. Querer encasillarlo es tarea compleja y difícil". Otra cita, esta vez de José Ortega y Gasset, de El hombre y la gente -figura en el Manual de Estilo y Etica Periodística (Espasa, 1997), de este diario-, contribuye a aclarar el tema: "La lengua, que es siempre y últimamente la lengua materna, no se aprende en gramáticas y diccionarios, sino en el decir de la gente".
A poco que se observe de qué trata el editorial (ya desde el título se anuncia con claridad), se comprenderá por qué se justifica plenamente el uso de una locución adverbial coloquial que los argentinos reconocemos como muy nuestra y que, con el tiempo, ha ido ganando en legitimidad "lingüística". Repongamos en la frase citada la expresión del español general: "...una ley cuyo proyecto presentó con prepotencia el propio Gobierno...", y se comprobará inmediatamente que no es lo mismo, porque en realidad, aunque la diferencia es sutil, la fuerza que se obtiene de usar una expresión u otra es muy distinta. Este entendimiento es lo que ha llevado a editorialistas y correctores de LA NACION a utilizar de prepo en la convicción de que ya ha pasado el examen de la historia de la lengua.
Para mayor abundamiento, otro ejemplo del uso de de prepo en este diario. En el artículo de Jorge Fernández Díaz del sábado 23/01, "El hombre de las emergencias", se lee: "Su misión era sencilla: rastrear la ciudad, ir metiendo en la ambulancia a los mendigos y llevarlos a los hospitales municipales. (...) Gente que se resistía incluso a ser beneficiada por el sistema médico. Botto tenía que persuadirlos y, a veces, subirlos de prepo".
Quizás esta columna de hoy parezca excedida en citas, pero hay todavía una última que no se puede (ni se quiere) dejar de incluir. Es del autor que mejor comprendió el habla de los argentinos, Jorge Luis Borges, y dice así: "... La página que tiene vocación de inmortalidad puede atravesar el fuego de las erratas, de las versiones aproximativas, de las distraídas lecturas, de las incomprensiones, sin dejar el alma en la prueba". © LA NACION




