Del imperialismo yanqui al imperialismo chino

Rolando Hanglin
Rolando Hanglin PARA LA NACION
En esta historia no hay buenos ni malos. Todos han tomado aquello que estaba a su alcance
(0)
23 de julio de 2013  • 00:52

De pronto, el mundo enloqueció y se colocó patas arriba.

Hoy, las naciones emergentes forman el BRIC (Brasil, Rusia, India, China) que es el nuevo bloque de los poderosos del futuro. Se supone que, hacia el 2050 o algo así, China disputará a los Estados Unidos la supremacía mundial, con grandes probabilidades de vencer.

Mientras tanto, se ha convertido en un cliente impetuoso de las economías latinoamericanas, empezando por la Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y Venezuela.

En nuestro país, este fenómeno se tradujo en la revolución agraria del año 2000: la argentina sojera.

No se trata de aguardar caricias, gestos solidarios y virtudes cristianas

No es fácil negociar con los chinos, y sólo un idiota puede esperar que le regalen algo. Además: ¿Por qué lo iban a hacer? Ellos tienen 1500 millones de habitantes, trabajadores esclavos y pobres de solemnidad. ¿Por qué motivo iban a regalar un solo dólar a los indolentes hispanoamericanos?

No estamos en tiempos de paz y buenos negocios (trabajo fecundo, en definitiva) sino que continúan las revoluciones, las guerras, los bombardeos, los genocidios, como puede verificarse en Irán, Irak, Afganistán, y también Boston, Nueva York, Londres, Madrid o Buenos Aires. De modo que no se trata de aguardar caricias, gestos solidarios y virtudes cristianas.

Por eso resulta extraño comprobar que, a cambio del imperialismo yanqui (denostado durante 100 años) los hispanos aceptarían con gusto un imperialismo chino.

Dicen los pensadores metafísicos que, en la vida, uno obtiene aquello que desea. De manera que, tarde o temprano, tendremos nuestro ansiado imperialismo chino con sus obreros esclavos, sus cadalsos con disidentes ahorcados y sus paredones de fusilamiento, que dejarán pálido a Fidel Castro y otros demócratas. En ese mundo del porvenir, las familias tendrán un solo hijito, si es posible varón. Estilo chino.

Según el Pew Research Center de Washington, los latinoamericanos opinan del siguiente modo. En cuanto a la influencia yanqui en Venezuela, el 29% la ve como conveniente, mientras que un 46 % la juzga económicamente favorable. En cambio, un 57% de los encuestados ve positiva la influencia de Pekín y el 71% apoya la gravitación económica.

También en Bolivia (31%) la Argentina (27%) y Chile (36%) se ve bien la influencia china, mientras que los negocios con USA resultan mejor vistos en Brasil (46%) El Salvador (51%) y México (33%). Claramente, las dos potencias son importantes para la América Hispana. La ventaja de los Estados Unidos radica en su "soft power" (poder blando) basado en el contagio de su tecnología y, sobre todo, la cultura popular (rock, jazz, diseño, indumentaria, cine, etcétera ) incorporada por todo el continente.

A cambio del imperialismo yanqui (denostado durante 100 años) los hispanos aceptarían con gusto un imperialismo chino

Pero, más allá de todos los detalles, los hispanos nacidos después de la Segunda Guerra Mundial (1945 y más) hemos recibido un frondoso discurso de artistas, cantantes, cineastas, políticos, periodistas y poetas contra el imperialismo yanqui. Por lo tanto, nada nos parece que pueda ser peor.

Sólo nos falta (poco) para conocer al imperialismo chino. Repasemos algunos conceptos sobre los pueblos y los imperios. Todo ser que nace quiere vivir, crecer, comer, ocupar.

Las naciones, por ejemplo, son seres que devoran a otros, les quitan su territorio y someten a sus vecinos, por los medios que hallen a su alcance: piratería, guerra convencional, dominio comercial, conquista cultural, desde el más inofensivo CD hasta la bomba atómica. Así es la vida, y siempre fue del mismo modo a lo largo de 500 mil años de prehistoria e historia. El lector puede creer que la cosa no es así, sino de otra manera. Perfecto. Nosotros tenemos entendido que los asirios masacraron a los babilonios, que los egipcios esclavizaron a los hebreos, que los romanos vencieron a los galos y los celtíberos, que los españoles doblegaron a los incas y aztecas pero tropezaron con los araucanos de Chile, quienes a su vez aniquilaron a los tehuelches de la Argentina y no dejaron ni huellas del idioma patagón, que la República Argentina libró una guerra a muerte contra aquellos mismos araucanos y los venció con el general Roca en 1880, después de perder batallas desde 1820 hasta 1879...en fin, hemos leído que las grandes potencias europeas (Francia e Inglaterra) bloquearon el Río de la Plata en varias ocasiones durante el gobierno de Rosas (entre 1830 y 1850) con idea de invadir comercialmente el Litoral; por otra parte los brasileños tomaron posesión de Carmen de Patagones, con intención de ocupar la Patagonia entera, que también era codiciada por Chile y –tal vez- Inglaterra, pero que sin duda vio la proclamación de un rey francés, Orélie Antoine, cuyos descendientes aún reclaman en Francia.

En esta historia no hay buenos ni malos. Todos han tomado aquello que estaba a su alcance

Al cabo de siglos de rapiña, se aprecia que los ingleses se quedaron con las Islas Malvinas. Nosotros nos quedamos con el Chaco de los tobas (qom) y matacos (wichis) así como los americanos se apropiaron de Texas, California, la Florida y otros territorios españoles. Pero no crea el lector que España es la víctima de este cuento, pues la Madre Patria (nuestra venerable tirana) se quedó con enclaves estratégicos en África, como Ceuta y Melilla. Sin poder expulsar a los ingleses, que le tomaron –y aún retienen- el Peñón de Gibraltar.

En esta historia no hay buenos ni malos. Todos han tomado aquello que estaba a su alcance.

La historia verifica la emancipación de las colonias hispano-americanas que, una vez convertidas en naciones, arrasaron el remanente de los pueblos originarios, quienes fueron sometidos a una nueva verdad: el indio bueno es el indio muerto, o en todo caso rebautizado con nombres españoles y cristianos.

Esta es la verdad que aguarda a los enemigos del imperialismo yanqui. Cuando lloren bajo la bota de los chinos, recordarán a Mr. Otis, que nos dejó el ascensor, a Mr. Goodyear, que nos legó el neumático, a Mr. Ford que nos entregó el automóvil y a los señores Goldwyin y Mayer, que nos regalaron la maravilla y la fantasía del cine. Tal vez, incluso, a Mr. Gillette, que inventó la afeitadora.

Pero esto ocurrirá dentro de un tiempo y no estaremos aquí para verlo. ¡Mejor!

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.