
Del maoísmo al misticismo
Por Harald Maass Para LA NACION
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PEKIN.- EN esta mañana invernal, un grupo de jubilados baila y respira rítmicamente en el parque Lago de Jade. Tienen cáncer, pero sonríen. Pertenecen al movimiento Guolin, liderado por Yu Dayuan ("Maestro Yu"), un sexagenario que, desahuciado en 1978, descubrió cómo expeler los "elementos malos" al respirar y superó su cáncer de intestino. ¿Fue un milagro? "No, ahora los milagros están prohibidos", responde.
A unos centenares de metros de allí, solían reunirse los adeptos al Falun Gong, otro movimiento que llegó a sobrepasar los 10 millones de adherentes. El año pasado, el gobierno lo declaró ilegal a raíz de una manifestación multitudinaria que hicieron en Pekín. Hubo miles de arrestos y sus líderes fueron condenados a largos años de cárcel. Ningún disidente o demócrata ha sufrido últimamente semejantes penas.
Tras veinte años de apertura, los herederos de Mao Zedong advierten que están perdiendo el control. Esta vez no son los estudiantes idealistas ni los demócratas los que ponen a prueba su monopolio del poder: es el pueblo chino, ávido de liderazgo espiritual.
Desde la Revolución Cultural de 1966-1976, cuando sólo podían elevarse súplicas al gran Mao, los chinos han retornado paulatinamente a la religión y la superstición. Los adeptos a los cultos oficialmente reconocidos suman más de 200 millones. Los maestros taoístas y de meditación, los charlatanes y los adivinos son tan populares como lo fueron en la China imperial.
La gente vuelve en masa a los templos, particularmente en el sur, donde el ateísmo por decreto nunca echó raíces. Los domingos hay misa en las iglesias de la Asociación Patriótica Católica. Frente a la crisis económica, Pekín ha reconocido la utilidad de la religión como desahogo a la frustración popular por la lentitud de las reformas. Entre las religiones tradicionales, el budismo, el taoísmo y el confucianismo llevan milenios exhortando a sus fieles a la humildad, la obediencia y el trabajo diligente.
"Obispos patrióticos"
La situación es cada vez más conflictiva. En lo que va del año, el Karmapa Buda XVII (tercer jefe espiritual tibetano y último lama influyente) se exilió en India. Hubo una disputa con el Vaticano, al nombrar Pekín a cinco "obispos patrióticos" objetados por Roma; el Papa llamó al obispo Han Dingxiang, recién liberado tras veinte años de cárcel, pero, poco antes de su partida, la policía lo detuvo junto con tres sacerdotes de la Iglesia clandestina. Los uighur musulmanes, que desde hace años combaten por un Turquestán Oriental independiente en Xinjiang, sufrieron varias bajas en un tiroteo; otros cinco fueron condenados a muerte por "separatismo y rebelión". Con tantas ejecuciones, torturas y confinamientos, Pekín sólo consiguió provocar un efecto bumerán.
A fines de los años 70, Den Xiaoping autorizó una prudente liberalización religiosa. Se reconstruyeron miles de templos, iglesias y mezquitas destruidos durante la Revolución Cultural. Se liberó a los líderes religiosos condenados a trabajos forzados. En 1982 se incorporó a la Constitución la libertad de cultos (artículo 36: "El Estado protege la actividad religiosa normal"), pero... toda organización religiosa está sujeta al control del Partido Comunista y todo lugar de culto debe inscribirse en un registro oficial.
La burocratización de la fe suscita una resistencia creciente. China no mantiene relaciones diplomáticas con la Santa Sede; por ende, está prohibido contactarse con el Vaticano, y los obispos nombrados por el Papa son seguidos por agentes de inteligencia. De ahí que millones de chinos cristianos hayan pasado a la clandestinidad. Sólo en Pekín, habría más de mil iglesias clandestinas. Los fieles rehúyen aquellas reconocidas oficialmente porque, según dicen, están muy controladas y llenas de informantes policiales.
El gobierno es consciente de que en Europa Oriental la oposición usó la Iglesia como trampolín para derrocar a los regímenes comunistas y no está dispuesto a permitir que en China suceda lo mismo. Por eso no tolera la libertad de reunión, en un país donde resulta difícil diferenciar los grupos de culto o meditación de los deportivos. En toda China, habría más de 2000 escuelas de meditación y curación, algunas con millones de adeptos. Muchas son variantes inofensivas del Qi Jong tradicional, con sus ejercicios físicos y respiratorios. Otras, como la sociedad secreta Zhushenjiao, predican el fin del mundo o persiguen fines políticos. Pekín anunció recientemente una "purga" (sic) general y calificó de "culto maligno" al movimiento Zhong Gong, que se atribuye 20 millones de miembros; en la práctica, eso equivale a una prohibición.
Nuevos mártires
Lejos de arredrar a los perseguidos, esta cacería de brujas genera mártires. Desde que el capitalismo y la corrupción destruyeron los ideales socialistas, cada vez más chinos buscan en la espiritualidad un nuevo manantial de fe en la vida, un medio de evadirse de un futuro incierto y de la amenaza de desocupación. Sobre todo los ancianos, el sector más castigado por los cambios recientes.
Hace poco, en la Plaza de Tiananmen, manifestantes del Falun Gong estuvieron a punto de sustituir un retrato de Mao por el de Li Hongzhi, fundador del movimiento. Habría sido un acto simbólico: en la historia china, varias veces milenaria, la portentosa aparición de profetas y cultos siempre anunció el fin inminente de una dinastía. (c) La Nación (Traducción de Zoraida J. Valcárcel)




