
Del país jardín de infantes al país rehén
Por Claudio A. Jacquelin De la Redacción de LA NACION
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Hace 10 años o una década, que es lo mismo pero suena más añoso, se editaba como libro un retrato profundo de la realidad argentina, en formato de denuncia contundente del país silenciado y silencioso, y de alegato en favor de la libertad de pensar, de decir, de ver, bah... de vivir. Como una parábola perfecta de la Argentina, la edición de ese despertador con forma de palabras que se llamó Desventuras en el jardín de infantes , de la genialmente mordaz María Elena Walsh, llegaba después de 14 años, tras su publicación original como artículo periodístico el 16 de agosto de 1979. No es que los aniversarios redondos y los recuerdos me pongan sensible, pero cuando alguien me recordó recientemente ese texto, no pude menos que preguntarle: ¿Te acordás que estábamos bien cuando estábamos mal? Mi interlocutor, que a veces no es más que el espejo o la almohada, porque como diría Machado "quien habla solo espera hablar a Dios un día", no pudo menos que mirarme con una de esas caras que con benevolencia se traducen en ¿no tendrás fiebre?, mientras el índice gira como un sinfín sobre la sien a 200 km/h.
Rápidamente me propuse responderle, aunque como siempre preguntándome, por miedo a autocensurarme: ¿No era mejor, al menos, que no nos dejaran hacer o decir, en lugar de, como pasa ahora, que nos quieran obligar a hacer o decir lo que no queremos, mientras simulan que podemos hacer lo que queremos? ¿Pero qué se puede rescatar de épocas de censores y censura, de muertes reales y virtuales? Nada de nada, apenas que era más directo (también más brutal) e inconfundible. ¿Y ahora? El arte de la simulación parece haber llegado al pináculo (palabra apropiada para hablar de arte y espectáculo, ¿no?) y el culto de la virtud de ser, pero sin parecer goza de un verdadero éxito. ¿De qué hablamos?¿Qué casos concretos hay? Haremos una enumeración, no taxativa, como nos enseñaron a aclarar en el colegio para justificar olvidos y evitar reproches: ¿no es una creencia popular que el Poder Ejecutivo o el Legislativo hacen algunas cosas y dejan de hacer otras porque la Corte los amenaza con hacer algunas o dejar de hacer otras, y viceversa? ¿No es una percepción arraigada como una realidad que muchos no denuncian delitos de los que fueron víctimas porque son amenazados con padecer sufrimientos peores? ¿No es asumido como una verdad por la mayoría que un presidente posible no llegó a ser siquiera candidato porque le dijeron que si se presentaba le podrían pasar cosas que lo harían arrepentirse para siempre? ¿No es cierto que muchos de nosotros hemos restringido nuestra libertad por miedos reales o potenciales? ¿No es cierto que pagamos peajes que no están bajo control de ningún ente regulador de caminos, o abonamos estacionamientos oficiosos por temor a represalias?
Todo esto podrá ser discutible, pero en medio de tantas incertidumbres nos salva una vez más la "honestidad brutal" (como diría Andrés Calamaro) del más excelso representante del pensamiento político contemporáneo, dominante desde hace una década: el senador por Catamarca, don José Luis Barrionuevo. Por si alguien no lo recuerda, vale decir que el legislador que aspira a gobernar la provincia del Nordeste amenazó con contar algunas cosas si lo echaban de la Cámara alta. ¿Conoce alguien alguna forma más perfecta de revelarnos que hemos pasado del país jardín de infantes al país rehén?
cjacquelin@lanacion.com.ar






