
Demolición de Mao
WASHINGTON
La investigación de diez años arrojó como fruto un libro que sacude los cimientos del gran mito que aún se intenta mantener en pie: la obra y vida de Mao Tse-tung, cuya imagen preside la plaza de Tiananmen.
Se trata de un mito más potente y rocoso que el que se creó en torno a Stalin, porque sobre la figura de Mao se sostiene el régimen que gobierna China, pese a las revolucionarias reformas en la economía y el estilo de vida que han lanzado al país hacia un futuro impredecible.
El impresionante libro se titula Mao, la historia desconocida . Fue elogiado primero en Gran Bretaña y ahora en los Estados Unidos. Es curioso que las manifestaciones más laudatorias provengan de la izquierda, pero una izquierda que se esmera en ser racional e informada, que por momentos parece harta de haber sostenido ídolos brutales. The Guardian, por ejemplo, afirma: “El detalle y la documentación de la obra resultan asombrosos. La historia que cuenta mesmeriza por su horror; es la biografía más reveladora de los últimos tiempos. Pocos libros están destinados a cambiar la historia, pero éste es uno de ellos”. The New York Times le ha dedicado la tapa de su Book Review y afirma, entre otras frases encomiásticas, que “esta biografía metódica destruye cada pilar que podría reclamar Mao en materia de simpatía y legitimidad”.
Hace unas siete décadas, Edgar Snow publicó Estrella roja sobre China , obra que contribuyó de modo decisivo a instalarlo en un sitial luminoso, mientras ahora esta nueva obra se encarga de enterrarlo con una lápida grotesca. Como era de esperar, la sísmica biografía fue de inmediato prohibida en China, así como cualquier comentario sobre su contenido.
Por cierto que fui a comprarla enseguida y me sumergí en una lectura apasionante. La escribió Jung Chang, una mujer que nació hace cincuenta años en la provincia de Sichuan. Cuando adolescente había sido Guardia Roja y luego recorrió diversos trabajos: campesina, obrera del acero, electricista, estudiante de inglés y profesora de lenguas en la Universidad de Sichuan. En 1978 pudo viajar al Reino Unido y fue la primera ciudadana de China Popular que obtuvo el doctorado en una universidad británica. Se casó con el historiador inglés Jon Halliday, con quien realizó copiosas investigaciones en diversos países, entrevistó centenares de personas y escribió este libro que estremece del principio al final. Nicholas D. Kristof, experto en asuntos chinos, afirma con ironía que si Mao Tse-tung hubiese tenido de veras la omnisciencia que se le atribuía, debió haber buscado a esa mujer cuando joven, asesinarla y limpiar de la tierra a todos sus parientes hasta el noveno grado.
Las páginas no sólo son concisas, sino que aportan ajustadas descripciones que otorgan vida a episodios y personajes. Mao no sólo fue sanguinario, insensible, arbitrario y despótico, sino un gigantesco fraude. Quizás esto último constituya la más escandalosa de todas las revelaciones. Ha sido tan intensa la propaganda sobre sus méritos que hasta el día de hoy algunos lo veneran con urnas religiosas.
Nuevos documentos obtenidos en Rusia demuestran que ni siquiera fue el fundador del Partido Comunista de China.
Varias páginas se ocupan de mencionar las actividades de personalidades enviadas por la flamante URSS y muestran cómo el núcleo inicial de esa formación política estuvo constituido en un 94% por funcionarios rusos, ningún campesino y ningún obrero. Mao no tenía relevancia y ni siquiera contaba con una buena formación marxista en ese momento. Pero comprendió que su futuro dependía de la simpatía rusa y no lo inhibió el pudor para exagerar su entusiasmo por cada medida que tomaba el gobierno liderado por Lenin y luego Stalin.
Su ascenso estuvo asociado a innumerables asesinatos, seguidos más adelante por las purgas que fueron rodeándolo de un terror que impedía el menor disenso. Ni siquiera le importó el asesinato de su segunda esposa, a los 29 años, y madre de sus tres primeros hijos. Las requisas que se efectuaron en el hogar de entonces permitieron exhumar cartas de aquella mujer, donde gritaba su amor y su espanto. En una de ellas dice: “¡Mata, mata, mata! Era lo único que escuchaban mis oídos. ¿Por qué los seres humanos son tan malos? ¿Por qué tan crueles?”.
Uno de los mitos dorados recala en la Larga Marcha. Fue un ímprobo recorrido por el noroeste del país que le permitió a Mao reclutar y entrenar gente para luego conquistar el poder. Abundan anécdotas sobre su coraje e inteligencia para esquivar las persecuciones del generalísimo Chiang Kai-shek. Pero los documentos muestran otra cosa: la Larga Marcha pudo hacerse con éxito porque el generalísimo lo permitió en forma deliberada. Chiang quería enviar su propio ejército hacia las inestables provincias del sur, pero temía que los comunistas se aliasen con los señores de la región; en consecuencia, los canalizó hacia el despreocupante norte. Más pruebas añaden que Mao ni siquiera caminó durante la marcha, sino que se hizo transportar con bastante confort. El mismo lo narró décadas después: “Yo me permitía reposar en literas. ¿Qué hacía? Pues me dedicaba a leer”.
Se relata como ejemplo de valentía el cruce del puente Dadu bajo fuego enemigo, una suerte de ataque suicida. Pero los autores desmontan la fábula y exponen evidencias de que los veintidós hombres que habrían llevado a cabo la acción sobrevivieron y fueron premiados más adelante. Hasta agregan una humorística cita de Chou En-lai, quien se habría quejado de haber perdido una yegua durante el cruce del puente.
Una vez tomado el poder, tras un corto período de armonía institucional hipócrita, Mao se dedicó a una feroz caza de “contrarrevolucionarios”, que incluía a sus rivales. Cualquier sospechoso era calificado de “bandido”, “enemigo de clase” o “espía”. Mao se quejó por la lentitud de algunos juicios y ejecuciones. Una de sus órdenes decía: “Quiero arrestos masivos y asesinatos masivos”. Criticó en particular a una provincia por exceso de prudencia y, cuando más adelante le hicieron llegar las cifras de ejecuciones, exclamó: “¡Esto me hace sentir muy complacido!”.
Su vínculo con Stalin fue una pulseada entre dos tiranos que se disputaban el dominio del mundo.
Asombra enterarse de los esfuerzos de Ho Chi-min para conseguir apoyo comunista en Indochina y cómo Stalin finalmente accedió a que Mao lo hiciera, pero sin permitirle constituir el Cominform de Asia, es decir, que se ocupara de algo menor. Luego entró a tallar Kim Il Sung, dictador de Corea del Norte, que anhelaba tomar el resto de la península. Mao lo apoyó ante Stalin, para así ampliar su propio poder y usar esa guerra para terminar con los últimos grupos nacionalistas que quedaban en su territorio. Incluso ofreció a Kim Il Sung enviarle soldados chinos con uniforme coreano desde el primer día, asunto que hasta ahora no se había confirmado.
Se calcula que Mao Tse-tung fue responsable por la muerte de 76 millones de personas y dijo que para lograr sus objetivos no le importaba que muriese la mitad de su país. Superó la crueldad de Pol Pot y quebró el handicap de Hitler y Stalin. Para conseguir semejante triunfo, había que tomar medidas extraordinarias. Y ese monstruo lo hizo, arropado por la impunidad que le proveía el sistema. Sus sueños megalomaníacos lo llevaron a imponer medidas desastrosas que nadie podía cuestionar. Es difícil resistirse a describir la serie de exigencias insensatas que descargó sobre el pueblo chino, porque merecen integrar una antología del realismo mágico. Sólo me referiré a dos muy conocidas.
Una mañana despertó con la idea de liquidar una de las cuatro grandes plagas del país, que eran las ratas, las moscas, los mosquitos y... los gorriones. Ordenó movilizar toda la población para exterminar a esos pájaros que se comían los granos e impedían la multiplicación de las cosechas. En la matanza cayeron otros pájaros también, claro. Era un honor llevar largos collares de alambre con gorriones colgando como trofeos. Los científicos que hicieron llegar advertencias sobre el despropósito fueron fusilados. Mao ganó la guerra, porque limpió el país de gorriones, pero el desequilibrio ecológico fue tan grande que aumentaron las demás pestes a las que los gorriones, precisamente, se ocupaban de frenar. Las cosechas decayeron y aumentó la hambruna. Un mensaje top secret enviado después a Moscú solicitaba que, “en nombre del internacionalismo socialista, se envíen con urgencia doscientos mil gorriones del lejano este soviético lo antes posible”.
Otro fiasco sensacional fue la orden de hacer acero. Su arrogancia lo llevó a afirmar en Moscú delante de otros líderes comunistas, en 1957, que superaría a Gran Bretaña en quince años, lapso que luego redujo a tres. Estaba seguro, además, que superaría a los Estados Unidos en diez años. Para semejante objetivo exigió el abandono de otras industrias, como las vinculadas al carbón y demás que no tuviesen relación con el acero. La producción ingresó en una prisa tan despiadada que generó la muerte de 30.000 trabajadores subalimentados y sometidos a horarios donde casi no quedaban horas para dormir. No conforme, ordenó la construcción de hornos caseros, donde fueron involucrados 90 millones de personas. Khruschev se mofó de la iniciativa llamándolos “hornos samovar”, porque el acero que producían era impresentable. Mientras tanto, la población fue forzada a donar cada objeto que tuviese algo de hierro; de esa forma se destruyeron millones de instrumentos de labranza. Fue otro gigantesco desperdicio de recursos.
De Mao, sin embargo, se rescata que unificó el país, dio absoluta igualdad a las mujeres y puso, de alguna forma, las bases de su actual despegue. Pero la angustiosa pregunta es ésta: ¿no se pudo haber logrado lo mismo con menos crueldad, sacrificio y sangre? Por desgracia, en América latina hay muchos que todavía tienen legañas en los párpados, admiran su persona y –esto sería lo peor– sus métodos e ilusiones.






