
Desde la raíz, para entender la sociedad argentina
En "La Argentina, Historia del país y de su gente" (Sudamericana), María Sáenz Quesada desarrolla los rastros precolombinos y relata el dramático encuentro con los españoles, hasta llegar a las actuales tradiciones
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Para entender al país actual, en sus múltiples orígenes étnicos y en su complejidad cultural, es necesario remontarse a la sociedad precolombina y considerar el proceso de mestizaje que siguió al dramático encuentro de indígenas y españoles, visible todavía hoy en los rostros y en las tradiciones de muchos argentinos.
Esa primera raíz, tantas veces negada, ha dejado su rastro en épocas anteriores a la dominación española y a la formación del Estado argentino. Las huellas de las culturas prehispánicas se encuentran en las cuevas pintadas en los cañadones de los ríos de la Patagonia y en las serranías cordobesa y cuyana; en los petroglifos de los valles andinos y en los restos de poblaciones tan imponentes como La Paya (Salta); en vasijas de arcilla tosca, anzuelos y hachas de piedra hallados a orillas de los ríos del Litoral; en montículos hechos con valvas de moluscos en las playas frías del Sur.
Casi a diario aparecen nuevos testimonios, como es el caso de las momias infantiles halladas en 1999 a 6700 metros de altura en el cerro Llullaillaco (Salta), en perfecto estado de conservación. O el descubrimiento de una pirámide cónica escalonada, hecha de adobe y piedra, en un sitio ceremonial de 1300 años de antigüedad de la cultura de la Aguada (Catamarca). Pero a pesar de las evidencias, al argentino actual le cuesta reconocer ese pasado remoto.
Comunidad de origen
Si bien el estudio de las culturas aborígenes corresponde a los especialistas, valgan aquí algunos datos para hacer más inteligible el proceso de mestizaje del que nació el país colonial y por qué hasta fines del siglo XIX parte del hoy territorio argentino estaba en poder de los indígenas.
Las tribus del continente americano provenían de un origen común. Pertenecían a una raza de tipo mongoloide que habría partido del Asia siberiana unos 38.000 años antes de Cristo, en bandas compuestas por unas cuantas familias, en pos de alimentos, protección y abrigo, en suma, de una vida mejor. Su peregrinación por la geografía de América respondía a sus necesidades de subsistencia. Y en el largo tiempo anterior a la historia, los principales grupos étnicos fueron definiendo sus rasgos culturales.
Los instrumentos utilizados por los pueblos más antiguos eran de piedra tosca; en una segunda oleada aparecieron la piedra tallada y las puntas de flecha que indican una mayor complejidad cultural. Estas bandas, después del pasaje inicial por Bering, se desparramaron por todo el continente y desarrollaron culturas independientes entre sí, como lo demuestran los más de 2000 idiomas hablados en la América prehispánica a la llegada de los españoles.
Las tribus que a principios del siglo XVI habitaban en el ámbito geográfico de la actual Argentina representaban a las diferentes culturas de los indígenas americanos: agricultores intensivos de los valles andinos y centrales; agricultores precarios de las márgenes del Paraguay y del Paraná; pescadores y recolectores de los canales sureños; nómadas de la pampa y de la Patagonia.
Todos poseían conocimientos prácticos acerca de las posibilidades de la fauna y de la flora para alimentarse y curar las enfermedades. Conocían las épocas propicias para la cacería del guanaco o del venado y el tiempo en que maduraba el fruto del algarrobo. Los agricultores aprendieron a sembrar el país y a preparar raíces de alto valor nutritivo.
Su sentido de la vida y de la muerte era el resultado de una mezcla de temor y de confianza en la naturaleza que ellos habían divinizado con distintos nombres. Para los pueblos andinos agricultores, la Pacha Mama era la dueña de la tierra y se la invocaba para pedir la fertilidad; para los guaraníes, Caá Porá era el dueño de los animales del bosque. Infinidad de duendes animaban las montañas y las selvas. Las ofrendas a las divinidades consistían en elementos naturales. Con carácter de excepción, los pueblos andinos sacrificaron niños y doncellas para apaciguar a los dioses.
¿Cuántos eran?
(...) Los intentos de estimar la población precolombina son materia polémica. Algunos investigadores calculan una población de ochenta millones de habitantes para todo el continente, mientras que otros afirman que sólo fueron ocho millones, la décima parte de esta cifra. Angel Rosenblat, al tratar este controvertido tema, acepta cifras muy moderadas para la actual Argentina.
Supone que la población diaguita del Noroeste era de 55.000 almas; que en la pampa había de 30.000 a 40.000 indígenas y otros tantos en la Patagonia; cantidades similares se manejan para los tonocotés de Esteco, ciudad fundada por los españoles en el Chaco y luego abandonada. A. Rex González por su parte admite 30.000 indígenas en las sierras centrales de Córdoba y San Luis que desaparecieron rápidamente absorbidos por los europeos o diezmados por las epidemias. Y la población de huarpes se estima en unos 4500, en los llamados valles centrales, Caria, Guanacache, Güentota y Uco, entre Mendoza y San Juan.
En general, las crónicas de la expedición de Solís (1516), Caboto (1526) y Mendoza (1536) dan "cifras hiperbólicas" de decenas de miles de indígenas cuando se refieren a los pobladores de las márgenes del Paraná y el Paraguay.
Cifras aparte, para seguir la formación del país desde el comienzo conviene retener ciertos conceptos: sólo fue posible iniciar la colonización española en aquellos sitios donde había asentamientos indígenas. Era imposible colonizar sin la fuerza laboral de los nativos y sin la acumulación de alimentos que ellos les aseguraban. Las mujeres nativas eran trabajadoras indispensables. El intento de establecer poblaciones naufragaba cuando a la hostilidad del medio se sumaba la de los indígenas. De ahí la dificultad que implicó establecerse en la desembocadura del Plata, y el fracaso de los emprendimientos en el litoral patagónico, en el Estrecho de Magallanes, en el Gran Chaco y en la pampa central.
La presencia de indios agricultores permitió, en cambio, que se afianzara Santiago del Estero, la "madre de ciudades" del noroeste argentino, fundada en la provincia de los indígenas juríes. Asunción del Paraguay, "madre de las ciudades" del Litoral, se estableció en el territorio de los carios, quienes llamaban "cuñados" a los conquistadores porque convivían con sus mujeres.
Del dominio inca puede decirse que preparó la conquista del actual territorio argentino por los españoles. En efecto, las poblaciones sedentarias del área andina se habituaron durante casi sesenta años a obedecer a una autoridad extraterritorial, a sostener a sus funcionarios y sacerdotes y a entregar al Inca el producto de la minería. Pero, a diferencia de los incas, los españoles no respetarían ni las condiciones geográficas ni el modo de vida andino. Exigieron más, mucho más y esto contribuyó, junto a las guerras y a las pestes, a despoblar la región.
El número de indígenas puros declinó en forma abrupta, pero simultáneamente comenzaba un proceso de mestización de la sangre y de la cultura similar al que tuvo lugar en otras regiones de América española. A través de dicho proceso la cultura indígena se consolidó como la primera raíz en la formación de la Argentina, raíz que ha sido negada en el afán de hacer del argentino sólo un europeo trasplantado en América.
Ella sobrevive en costumbres ancestrales, como la humilde apacheta, montículo de piedras que va dejando el caminante a lo largo del sendero a modo de ofrenda a la Pacha Mama, donde dice una oración o arroja el "acullico", bolo de hojas de coca que ha masticado durante horas; en el poncho y las ojotas de la indumentaria campesina adoptada por las poblaciones urbanas; en los platos a base de maíz y charqui de la cocina tradicional; el dulce arrope, la aloja elaborada con el fruto del algarrobo y el patay (pan); en los diseños y los tejidos de los artesanos criollos y mestizos.
Quedan restos de las antiguas creencias, dice Augusto Raúl Cortazar, en una inmensa red de supersticiones, prácticas mágicas y ceremonias rituales, quizá muy diluidas, casi irreconocibles y mezcladas con elementos del culto católico. Entre las más arraigadas figura la celebración del Tinkunako en La Rioja, encuentro del Niño Alcalde y San Nicolás, el 31 de diciembre; las fiestas patronales de Iruya (Salta) donde se toca el erke, especie de corneta de cuero, adosada a un caño, cuyo bramido sirve para crear un fondo musical; en la procesión de la Virgen de Copacabana de Punta Corral; en las rogativas de los indígenas neuquinos donde se escucha el sonido del cultrum. En los bailes y en las coplas, que a pesar de que vienen de España, se incorporaron a una tradición anterior a la Conquista de danzas y cantos en coro.
El rastro de las antiguas lenguas locales se encuentra en la toponimia de todo el país, nombres de provincias (Jujuy, Salta, Catamarca, Neuquén, La Pampa y Chubut); de ríos (Paraná, Uruguay, Pilcomayo, Limay) y de localidades desde La Quiaca a Ushuaia. Pero su estudio, advierte Juan Alfonso Carrizo, exige un examen riguroso por las mutaciones ocurridas en épocas prehispánicas.
La lucha se resolvió en favor del español, pero el mundo indígena no se extinguió del todo. De los idiomas sobrevive el quechua que se habla en Santiago del Estero y fue "lengua general" adoptada por los españoles para comunicarse con los pueblos vencidos. En la provincia de Corrientes está vivo el guaraní, el cual, por otra parte, se habla tanto como el español en el Paraguay. Las comunidades araucanas del Sur utilizan el mapuche. Palabras quechuas y guaraníes son de uso corriente en el lenguaje cotidiano de los argentinos.
Este abigarrado conjunto de palabras, costumbres, artesanías, creencias, tradiciones, además de la presencia de comunidades indígenas actuales en el nordeste y sur del país, forman parte del patrimonio cultural argentino. Constituyen la base y el punto de partida del proceso de construcción de la sociedad que más tarde formaría la República Argentina.





