
Desnacionalizar, ¿conviene a la Nación?
LOS principales bancos privados argentinos están pasando a manos de bancos internacionales. El Banco Río acaba de ser vendido al Banco Santander. Hace poco, el Banco Francés y el de Crédito Argentino cedieron el control al Banco Bilbao Vizcaya. El Banco Roberts fue comprado por la Hong Kong Shangai Banking Corporation. El banco canadiense Nova Scotia se dispone a tomar el control del Banco de Quilmes. Entre los diez bancos mayores, que concentran el 60 por ciento de los depósitos, quedan cuatro argentinos. Sólo uno de ellos es privado: el Banco de Galicia. Los demás, son estatales.
Esta ola de "desnacionalizaciones" sucede a la primera ola de "privatizaciones" que lanzó el presidente Menem a poco de comenzar su gestión. Primero las empresas del Estado pasaron a manos de empresas privadas donde se mezclaban capitales nacionales y extranjeros. A poco andar, numerosas empresas argentinas cedieron el control a sus competidoras extranjeras. La desnacionalización de los bancos, ahora culmina.
En pocos años, el paisaje empresario argentino ha cambiado por completo. Antes de Menem, lo dominaba un grupo de grandes empresas estatales a las que seguían grandes empresas internacionales y algunas nacionales. Ahora lo dominan las empresas internacionales. En el área industrial y en los servicios públicos, casi nada les queda al Estado nacional y a los Estados provinciales. En el área bancaria sobreviven algunos islotes de propiedad estatal como los bancos de la Nación, la Provincia de Buenos Aires, la Ciudad de Buenos Aires y la provincia de Córdoba. El Banco de Santa Fe está en la mira de capitales chilenos y brasileños que apuntan al Mercosur.
Casi todo lo que era de propiedad estatal es de propiedad privada. Un segmento estratégico de la propiedad privada nacional se convierte en propiedad privada internacional. Estamos asistiendo a un agudo proceso de desestatización y de desnacionalización económica. Ese proceso, ¿conviene a la Nación?
Consumo, empleo y control
El proceso de desestatización y de desnacionalización que estamos viviendo es una consecuencia inevitable de la globalización económica en la que ha ingresado la Argentina. El mundo tiende a convertirse en un solo mercado donde las empresas compiten ferozmente para sobrevivir. Las que no pueden hacerlo, venden. Las que pueden hacerlo, compran.
La ley de Darwin que preside la evolución de las especies se aplica ahora al entorno económico. Por eso al capitalismo también se lo llama darwinismo social. Estamos asistiendo al despliegue universal de la destrucción creativa que pronosticó Schumpeter.
La "destrucción" está a la vista. Pero, ¿por qué "creativa"? Porque esta lucha sin cuartel entre las conducciones empresarias resulta en la oferta de bienes y servicios cada día más abundantes, sofisticados y baratos a los consumidores. Cada vez que entramos en un shopping o en un supermercado, hallamos más artículos a los que el precio y el crédito han tornado accesibles. Este es el fruto social de la competencia feroz entre las empresas por subsistir y crecer.
¿Un fruto dulce o amargo? Dulce para aquellos que, porque forman parte de una empresa exitosa, son los ganadores del sistema. Amargo para aquellos que, porque han quedado al costado del camino, miran impotentes cómo otros reciben beneficios extraordinarios de la nueva sociedad.
Es que, para competir, las empresas necesitan adelgazar. La consecuencia es una alta cifra de desempleo, con las secuelas sociales que los cortes de rutas no dejan de recordarnos. La paradoja es que la ofensiva del capitalismo, convirtiendo a algunos argentinos en super-consumidores, convierte a otros en no-consumidores. ¿Cómo remediarlo?
Al mismo tiempo, el Estado pierde el control de las decisiones económicas. Sin soberanía, ¿habrá Nación?
La vida y la historia
¿De dónde veníamos, por otra parte? De un sistema económico estatista y proteccionista que, asegurando a todos el carácter de consumidores a través del pleno empleo, empobrecía al mismo tiempo sus opciones por su bajísima productividad. Los argentinos iban al almacén. No había supermercados. Había consumo mediocre para todos.
Este sistema, que aseguraba el presente de una sociedad no competitiva, no tenía futuro. Su desenlace inexorable fue, después de décadas, el estancamiento económico, el colapso de los servicios públicos y la hiperinflación. La destrucción creativa del capitalismo globalizado promete una vida mejor gracias a la oferta creciente de bienes y servicios al alcance de una inmensa mayoría de consumidores ocupados en empleos productivos.
Este sistema tiene futuro. Pero, ¿cuál es su presente? El estatismo proteccionista probó ser pan para hoy y hambre para mañana. El capitalismo globalizado, ¿es pan para mañana y hambre para hoy?
Dos gladiadores combaten en la arena. Unos se llama "largo plazo". Otro, "corto plazo". El largo plazo asegura un bienestar creciente y general sólo si, para llegar a él, sabemos atravesar el desfiladero del corto plazo. En términos históricos, la Argentina marcha hacia un brillante sistema capitalista. Pero en términos biográficos, en la vida concreta de cada cual, muchos sienten como propia la famosa advertencia de lord Keynes: "En el largo plazo, estaremos todos muertos".
¿A quién le corresponde salvar esta transición entre la vida y la historia? No al mercado sino al Estado. A él le corresponde compensar a los perdedores de la transición. Pero el problema es que, si por "Estado" entendemos una clase eficiente y honesta de políticos y de funcionarios altamente capacitados para su tarea, los argentinos no tenemos Estado.
Decía Mirabeau: "la función del político es facilitar la subitaneidad del tránsito". El Estado es el gran lubricante. Sin él, la formidable maquinaria del capitalismo se recalienta y hasta puede incendiarse. He aquí el primero de nuestros grandes desafíos: insertar el lubricante social de un nuevo Estado en el formidable motor económico del capitalismo. Hasta ahora sólo ha habido parches como los de Cutral-Có, Tartagal y Jujuy.
Pero hay un segundo desafío en puerta. Los argentinos no sólo queremos desarrollarnos. Queremos desarrollarnos en cuanto argentinos. Aspiramos al desarrollo y a la identidad.
Este exigente objetivo, ¿es realizable en medio de la desnacionalización de nuestras grandes empresas? Al ser más eficientes, muchas corporaciones internacionales serán capaces de brindar más bienes y servicios al alcance de los argentinos que las empresas nacionales vencidas o compradas por ellas. Sus centros de decisión, sin embargo, ya no estarán en Buenos Aires.
¿Puede haber desarrollo contra la nación? La pregunta obliga a replantearse la idea de "nación". Si la seguimos pensando como un recinto económico fortificado, el desarrollo moderno y la nación ancestral son incompatibles. ¿Pero es nuestro dilema Puerto Rico o Irán? ¿No hay otra manera de pensar a la nación? Michael Porter la piensa como el hogar de donde salen empresas a competir en el mundo. Robert Reich la define como la escuela donde se forman los ciudadanos que competirán en la aldea global. Si la nación a la defensiva, con sus altos muros, ya no es viable, ¿no habrá que pensar en su lugar en una co-nación estrechamente ligada a las otras, capaz de utilizar la enorme energía de las empresas nacionales e internacionales que operan en su seno al servicio de una personalidad en todo caso irrenunciable?






