
Día Mundial del Ajedrez
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El apasionante juego de ajedrez, con solo 16 piezas, un tablero de 64 casillas y 2 jugadores, sentados frente a frente, expresa desde hace más de 15 siglos una conjunción de estrategia, genio, concentración e inteligencia. Todo concluye cuando alguno de los dos jugadores dice ¡jaque al rey! En el juego el peón puede transformarse en reina, un caballo avanzar de costado y los reyes, durante casi toda la partida, no dejan de huir, protegidos o aislados entre torres y alfiles. La meditación entre cada movimiento admite mesura y poca urgencia. Obliga a reflexiona.
Por esto, cada 20 de julio el mundo celelebra el Día Internacional del Ajedrez, rememorando a la Federación Internacional de Ajedrez, nacida en París en 1924. Desde 2019 las Naciones Unidas vienen advirtiendo que el ajedrez trasciende idiomas, edades, fronteras y condiciones sociales, sin omitir su aporte a la inclusión social, la sana competencia y el buen uso de la memoria.
Si bien su origen cierto es la India, donde se practicó bajo el nombre de “chaturanga”, llegó a Persia y se lo rebautizó “shatran”. La infinita Ruta de la Seda, la gran avenida comercial y cultural entre Europa y Asia, lo acercó a Europa, donde terminó conquistando y seduciendo en todos los ámbitos sociales y culturales. En este andar de siglos, los antiguos elefantes se convirtieron en alfiles, los carros en torres y la figura del visir en reina, pieza esta inquieta, poderosa y sin límites.
Durante la época colonial en la Argentina se lo recibió preferentemente en los grandes salones, en las tradicionales tertulias. Pero los grandes cafés del sigo XIX -el Tortoni, el café de los Catalanes o la confitería Richmond- se transformaron en universidades informales, donde después de discutir sobre política o la guerra de turno, y tal vez de comentarios sobre de algún evento social, todo concluía en una partida de ajedrez.

Instalado fuertemente en la Argentina, corresponde evocar a Buenos Aires en 1939, a las puertas de la Segunda Guerra Mundial, organiza las olimpíadas más importantes del mundo. Muchos europeos abandonaros sus países y llegaron a la Argentina a jugar ajedrez y a esperar que la crueldades de las guerras cesaran. A Miguel Najdorf, nacido en Polonia, debemos recordarlo especialmente, porque se quedó en Buenos Aires, sufriendo la pérdida de casi toda su familia en el Holocausto. Se negó a regresar y fortaleció con su experiencia el arte del ajedrez en nuestro país. Hay en este recuerdo un pequeño homenaje a un grande.

Posteriormente fue el Teatro San Martín, particularmente la Sala Casacuberta, en 1971, donde se desarrolló el Campeonato Mundial, que por 27 días se extendió, con una concurrencia aproximada diaria de 3.500 personas que, en silencio, seguían cada movida de los jugadores. La final la jugaron el ruso Petrosian y el estadounidense Bobyy Fischer, que por horas debatieron, hasta que el triunfo llegó con el jaque mate de Fischer. Los ajedrecistas suelen decir que cada partida cuenta una historia distinta, mientras que los psicólogos, afirman que también revela la manera de pensar de cada jugador.

Es incuestionable que este deporte, que no tiene edad —desde muy pequeños hasta personas de la tercera edad compiten ejercitando la memoria, planificando las próximas jugadas, tolerando la frustración— pone a prueba la paciencia. El buen resultado de una jugada puede definir un partido, mientras que un error puede perseguir al jugador todo un partido, forzándolo a huir de las próximas jugadas.
Párrafo aparte merece el aspecto educativo que conlleva, que obliga a pensar consecuencias, convivir con un potencial error. Nuestro entrañable Jorge Luis Borges entendió como pocos el misterio del ajedrez, y así lo dejó testimoniado: “Dios mueve al jugador, y este la pieza”. En apenas dos versos, Borges transforma el juego en una reflexión sobre el destino, la libertad y el infinito. El tablero deja de ser un cuadrado de madera para convertirse en una metáfora del universo, el origen de la vida.
Será por eso que el ajedrez sigue resistiendo el paso de los siglos cada vez con más seguidores. Hoy, las nuevas tecnologías, las computadoras derrotando a los campeones o la IA calculando miles de posibilidades por segundo, no pueden con la imagen de dos hombres que juegan ajedrez después de haberse estrechado la mano. El hechizo está intacto, impoluto, desafiante, frente a esos dos solitarios jugadores que buscan la magia final de ganar, incierta e insospechable, hasta la última jugada.
Cada partida concluye, pero, en todo caso, un tablero es un laberinto sin fin que nunca termina de revelar la totalidad de los secretos. Por cierto, habla también de nosotros: cómo pensamos, cómo elegimos, cómo nos equivocamos, cómo reparamos errores. La vida misma, con sus sorpresas, sus misterios, frustraciones y algunas veces la alegría de expresar a viva voz: ¡jaque al rey!



