
El sueño que no envejece
En estos dos años el Teatro Colón ha transitado un proceso de transformación real

Hay sueños que no se acaban. Se transforman, se profundizan, se resignifican. El sueño de quienes fundaron el Teatro Colón —ese impulso de situar a Buenos Aires entre las grandes capitales culturales del mundo, de ser cuna de talentos y escenario del arte más exigente— no fue una aspiración de época. Fue una brújula. Y hoy sigue orientando cada decisión.
En estos dos años el Colón ha transitado un proceso de transformación real: una revisión profunda del modelo de gestión, una modernización institucional y —lo más difícil y lo más necesario— una diversificación genuina de su matriz económica. Esa transformación es el resultado del trabajo colectivo de toda la comunidad Colón: artistas, técnicos, elencos estables, talleres y equipos de administración y gestión. También es posible gracias a una decisión política clara: el apoyo sostenido del Jefe de Gobierno, Jorge Macri, y de la ministra de Cultura, Gabriela Ricardes, que han entendido al Teatro Colón como una plataforma estratégica de futuro para la Ciudad.
Los hechos no solo hablan en los grandes proyectos internacionales, sino también en la cotidianeidad del Teatro: en cada función, en cada ensayo, en cada acción educativa, en cada nueva puerta abierta hacia la comunidad. El Colón se abre, se vive y se vibra. Es hoy un teatro con más funciones, más actividad, más presencia pública y más cercanía con la ciudadanía, con la excelencia artística siempre como norte.
El Colón producirá Jenůfa, la ópera de Leoš Janáček, para inaugurar la Temporada 2027. Es una coproducción de peso: los socios son el Teatro Nacional de Brno, la Ópera Nacional de Tokio, el Festival Internacional de Abu Dhabi y el primer socio arrendador será el Teatro Nacional de Shanghái. Una producción realizada íntegramente en Buenos Aires que recorrerá algunos de los escenarios más relevantes del mundo, con una agenda que se extiende hasta 2030.
Nuestro Teatro también exporta. Este año, Cavalleria rusticana y Pagliacci se presentarán en Lima. La Traviata viajará a San Juan para celebrar los diez años del Teatro del Bicentenario y, al año siguiente, cruzará la cordillera hacia Chile. La coproducción de Otello con el Teatro de Tenerife —que pasará por San Pablo y Génova antes de llegar al Auditorio Nacional de Tenerife— confirma que las credenciales creativas del Colón tienen peso propio en los circuitos internacionales. El Ballet Estable extiende ese alcance. Participará en los festejos por los 150 años del Teatro Florencio Sánchez de Paysandú, presentará El Lago de los Cisnes en San Juan y, en septiembre de 2027, llevará Don Quijote a Bogotá y al Lincoln Center de Nueva York. Alcanzar ese escenario —uno de los techos simbólicos del mundo artístico— significa mucho más que una gira: es el reconocimiento internacional de la calidad de nuestros elencos y la confirmación de que el talento formado y sostenido en el Colón puede dialogar, de igual a igual, con las grandes capitales culturales del mundo.
La Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, que celebra este año su 80° aniversario, completará el cuadro con una gira por Córdoba, Rosario y Montevideo. El alcance internacional, sin embargo, es apenas una cara de la moneda. La otra sucede puertas adentro, en el vínculo cotidiano con la Ciudad. Un teatro es, ante todo, una herramienta de construcción de ciudadanía: un espacio donde una sociedad se forma, se encuentra y se reconoce. Por eso fortalecer la institucionalidad del Colón —ordenar su gestión, profesionalizar sus procesos, dar previsibilidad a su planificación— es la condición para que ese vínculo con la comunidad se vuelva cada vez más amplio y más profundo. Es, además, una manera de pensar en quienes vendrán.
Lo realizado en estos años deja capacidades instaladas: equipos formados, procesos modernizados, una matriz de ingresos más diversa y acuerdos que se proyectan hasta 2030. Son cimientos, no episodios. El Colón trabaja hoy con las luces largas, atento a un futuro que excede a quienes tenemos hoy la responsabilidad de conducirlo. Nada de esto es accidental. Es la consecuencia de un Teatro que ha decidido entenderse como un organismo vivo, que produce, circula e interviene en el debate cultural global.
La diversificación de ingresos no erosiona la identidad pública del Colón: la blinda. Le da margen para operar con autonomía estratégica, planificar con años de anticipación, proyectar artistas formados aquí hacia escenarios de allá y multiplicar el impacto de cada recurso mediante acuerdos que otros teatros del mundo solicitan.
El sueño de los fundadores iba más allá de que Buenos Aires tuviera un gran teatro: aspiraba a que ese teatro formara parte del diálogo más alto del mundo. Y a que demostrara, función a función, que la cultura no es un gasto, sino la apuesta más fecunda que una sociedad puede hacer sobre sí misma. Ese camino ya tiene dirección, tiene velocidad y tiene destino. El sueño no envejece.



