Diez años: ¿Otro mundo?

Dos guerras, 250.000 muertos, billones de dólares en gasto militar. La respuesta norteamericana al ataque del 11-S dejó a EE.UU. en un estado de debilidad tanto económica como moral que aceleró el advenimiento de un escenario multipolar con el ascenso de nuevas potencias. Ahora, el despertar de la primavera árabe parece insinuar un nuevo tiempo surgido de la movilización genuina de los pueblos árabes y no de las imposiciones de Occidente
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11 de septiembre de 2011  

WASHINGTON

Fue en un martes luminoso y de cielo claro en una ciudad que paladeaba el final del verano. Desprevenida, la gente iba a trabajar, a clase, de compras, de paseo. Era el 11 de septiembre de 2001. Un día cualquiera hasta que, a las 8.46, al estrellarse el primer avión en lo que fue la Torre Norte, comenzó a desarrollarse el macabro guión que la red terrorista Al-Qaeda escribió para el peor atentado en la historia moderna: atacar los rascacielos con aviones civiles secuestrados unos minutos antes.

"Con el primer avión se pensó que era un accidente, con el segundo, que era un ataque. Con el tercero, en el Pentágono, que era una guerra", evocó esta semana el ex presidente George Bush, el líder sin brillo al que el horror encaramó en el centro de la Historia. Fueron cuatro aviones: el cuarto se estrelló en un descampado en Pensilvania y nunca alcanzó su incierto blanco.

Cuatro puñales que desencadenaron dos guerras, en Afganistán,primero, y en Irak, después. Dos conflictos aún abiertos que costaron la vida a, por lo menos, 250.000 personas -la enorme mayoría de ellos, civiles- y gastos por 1,3 billones de dólares.

El horror a escala planetaria. La televisión asistió a un estruendo de aviones convertidos en misiles, con la coraza cargada de pasajeros secuestrados y devenidos en involuntarias balas moribundas. Fue testigo de masas que huían por calles en las que no se veía más que humo y polvo. Reprodujo, sin entenderla en un primer momento, la agonía de los desesperados que se arrojaron al suicidio desde un piso 80 porque ya no soportaban asarse vivos.

Fue la noche. Con su cascada de ceniza y polvo, la herida oscureció, también, un mundo, un tiempo, una forma de entender la relación entre culturas y países. Nacieron la "guerra contra el terror" y "la guerra preventiva" y bajo su limitada óptica pasaron a regularse las políticas -interna y externa- de esta potencia, pieza de hegemonía indiscutible en el paisaje de la post Guerra Fría.

Todo cambió: la guerra, la venganza, el castigo, el miedo y la seguridad pasaron a ser banderas. Los países se dividieron, arbitrariamente, entre "eje del bien y eje del mal" según estuvieran a favor o en contra de Estados Unidos. "Sabíamos que era una locura, pero qué otra cosa podía hacerse", dice hoy a La Nacion una ex diputada demócrata que apoyó la guerra que sobrevino en Afganistán. La razón cedía a la venganza y a la seguridad como absolutos.

Hoy, una década después, el World Trade Center es todavía un agujero que no termina de reconstruirse. Casi como reflejo de un mundo cuya transformación -vista desde la perspectiva de aquella atrocidad y de las decisiones políticas que entonces se adoptaron- cambia y vuelve a cambiar, en desafío al nuevo orden internacional que alumbró en ese apocalipsis.

"Fue una giro enorme", afirmó el analista conservador Ross Douthat en un reciente ensayo sobre los atentados y sus derivaciones. "Pero, en lo estratégico, es muy difícil discutir la evidencia de que, hoy, la posición geopolítica de los Estados Unidos es menos fuerte que hace diez años", dijo.

Diez años después, el consenso creciente es que el feroz precio pagado en guerra, en vidas, en cuestionamiento moral y en deuda para sostener la maquinaria bélica dio paso a una dinámica que agudizó el retroceso de EE.UU. como potencia hegemónica. "Si a todo eso se suma la crisis financiera de hace tres años, lo que queda en claro es que hoy EE.UU. es más consciente de los límites de su propio poder", señaló el reconocido analista Gideon Rachman.

Una limitación que el presidente Barack Obama aceptó no sólo en el terreno moral -aunque luego se abstuvo de cerrar Guantánamo- sino, sobre todo, en lo económico. "No podemos ignorar el precio de estas guerras", dijo, al anunciar recortes en materia de Defensa. "EE.UU. no puede seguir comportándose como el policía del mundo que corre tras cada problema", abundó, meses después, cuando se negó a intervenir más activamente en la crisis de Libia. Puede que hubiese convicción moral, pero lo que seguramente no faltaba era pragmatismo: las arcas no podían afrontar la apertura de un nuevo frente.

Pero no fue tanto la muerte de Osama ben Laden, en mayo último, lo que puso tan agudamente la mira sobre el gasto militar sino, un mes después, el debate sobre la deuda y el riesgo de caer en cesación de pagos, según sostiene Chris Hellman, del Movimiento para el Presupuesto en Defensa (SDTF) y asesor parlamentario en temas de seguridad.

Desde 2001 hasta ahora, casi seis billones de dólares de los contribuyentes norteamericanos fueron para el Pentágono. De ellos, 1,3 se usaron para las guerras de Irak y Afganistán. Lo que pocos saben, sin embargo, es que en julio pasado la Cámara de Representantes aprobó un presupuesto de 636.000 millones de dólares para el Pentágono, "uno de los más altos de que se tenga memoria", dijo Hellman.

En estos diez años, el gasto militar se duplicó desde que, en 2002, Bush dejó mudos a los norteamericanos cuando logró 379.000 millones para el Pentágono. Del total, 50.000 fueron para la guerra de Afganistán; parte del resto se destinó a lo que se perfiló en una década de vacas gordas para la industria armamentista. La empresa Lockheed Martin recibió, por caso, el contrato militar más grande de la historia: 200.000 millones para desarrollar un nuevo avión de combate.

Hoy, muerto Ben Laden, el enemigo ya no es tanto Al-Qaeda como el déficit presupuestario y el desempleo. "Por primera vez en su historia, EE.UU. antepone sus problemas domésticos para limitar su participación internacional", dijo a La Nacion Gordon Adams, ex asesor de Bill Clinton para temas de gasto militar. La potencia se ve, por fuerza, acuciada a replantear su presencia en el resto del mundo y evalúa recortes por 400.000 millones de dólares en diez años. Semejante revisión no es sencilla en un país donde se conjugan la obsesión por la seguridad y la presión de la poderosa industria armamentista.

"El mensaje es que todo está en la mesa para debatir el gasto. Pero yo creo que lo que está sentado a la mesa es el presupuesto de Defensa y es lo que se está comiendo todo", protestó, semanas atrás, el demócrata Barney Frank. Pero fue en vano. Con un fuerte apoyo de su partido, se avaló el presupuesto récord. Los recortes serán para los próximos años.

Junto con ellos, la experiencia de la década obligará, seguramente, a una revisión de la forma de presencia militar. Desde la llegada de Obama, se agudizó la tendencia a un modelo que, en lugar de los grandes ejércitos, favorece las operaciones secretas, la presencia de fuerzas especiales que evitan el escrutinio público y los drones , o aviones militares no pilotados. "Cualquier secretario de Defensa que, en el futuro, aconseje a su presidente enviar un gran ejército a Asia, a Medio Oriente o a Africa debería hacerse ver la cabeza", dijo el republicano Robert Gates, quien ejerció ese cargo hasta hace poco, durante los dos primeros años de Obama.

Un reciente informe de The Washington Post reveló que, en esta década, el número de fuerzas especiales se multiplicó por más de diez: de 1800 a 25.000 efectivos. Uno de esos comandos fue el que asesinó a Ben Laden y, con eso, ofreció un argumento para emprender la retirada de la -cada vez más difícil de explicar- presencia en Afganistán. El nombre de quienes lo integraron es un secreto. Son las reglas de la guerra en las sombras que avala Obama.

La potencia pierde hegemonía

El nuevo paradigma -la llamada "Guerra al Terror" de Bush- se adoptó con velocidad. Hoy se lamenta lo limitado de su rango como prisma para comprender la transformación del mundo hacia un escenario de corte multipolar, donde la hegemonía ya no es absoluta y empieza a moverse hacia Oriente.

Por caso, en lo económico, si bien es cierto que -aún con sus penurias- EE.UU. sigue siendo la primera potencia, China le disputa peso al catapultarse como principal exportador y el más grande prestamista de Washington, al que, cada tanto, reta en público por su inconducta fiscal. Una proyección del FMI afirma que Pekín se perfila como candidato para quedarse con el trono de líder económico en pocos años.

En lo geopolítico, Rusia dejó de ser el socio debilitado que emergió de la caída del Muro de Berlín para convertirse en un oponente a veces hostil, bajo la sombra impenetrable de Vladimir Putin. En el otro extremo, considerada irrelevante para la Guerra al Terror, América latina retrocedió en el interés y EE.UU. perdió terreno, mientras que en el mundo árabe se privilegió la relación con líderes autoritarios, bajo la promesa de que ayudarían a combatir el fanatismo islámico en el que se nutría el nuevo terrorismo internacional.

"El mundo cambió mientras Washington se concentraba en dividir entre el eje del bien y el eje del mal", sintetizó Anne Applebaum, una reconocida experta en la relación Este-Oeste, en diálogo con LA NACION.

La nueva doctrina se encarnó en política. Para entenderlo, a Applebaum le gusta este ejemplo: "Cuando a fines de 2001 Bush viajó a Asia, sus anfitriones en Malasia e Indonesia lo escucharon exponer sobre el riesgo de las células terroristas dormidas. Los chinos, mientras, hablaban de comercio", recordó. "No digo que el giro que los hechos del 11 de septiembre desencadenaron en la política exterior norteamericana haya sido erróneo. Creo que redujo nuestro enfoque, limitó la amplitud estratégica y llevó a prestar menos atención a nuestros futuros competidores y a nuestras debilidades. Eso generó una cascada de malas decisiones tan perjudiciales como los aviones que atacaron las torres", afirmó.

Al abrir un matiz sobre la idea central, Douthat apunta que es imposible pensar que la hegemonía fuera a durar por siempre y que la aparición de potencias rivales no es un fenómeno que pueda evitarse sino, más bien, gestionarse. Es allí donde la focalización de la mira en la Guerra al Terror complicó la posición de la potencia.

Guantánamo, tortura y mentira

Las repercusiones del peor ataque terrorista en la historia estadounidense perduran y unen la década que abarca desde Bush a los días de Obama. Dos etapas hermanadas por la pesada herencia de dos guerras, arcas al rojo, la cárcel de Guantánamo, la tortura y la mentira sobre el inexistente arsenal nuclear en que se basó la invasión a Irak y la decisión de seguir adelante pese al rechazo internacional. "Hubo un enorme cuestionamiento moral a las políticas de Bush", dice Mark Jones, de la Rice University, de Texas. En sus memorias, el ex presidente sostiene que esa semana de septiembre fue clave para su gestión. "Todo se entiende desde allí", dice.

En su autobiografía, Obama -que se opuso a la guerra de Irak y después la heredó sin encontrar, aún, el modo de ponerle fin- reflexionó, antes de llegar al poder, de un modo más crítico. "El caos había llegado a nuestra vereda. Como consecuencia, tendríamos que actuar de otra manera, entender el mundo de otra manera'', dijo. Apenas llegó a la Casa Blanca, condenó la tortura y anunció el cierre de Guantánamo. Luego no lo llevó a la práctica, la cárcel sigue abierta y de ella provino la pista que, tras largo recorrido, llevó a la captura de Ben Laden.

Una historia que aún no acaba, mientras los ejércitos siguen empantanados en la lejanía sangrante. La perpetuación en la que se nutre la sospecha de que no fue sólo el espanto del 11 de septiembre lo que cambió a los Estados Unidos, sino, también, la respuesta que fue capaz de dar después.

"SI HUBIERA HABIDO PALABRAS, TAL VEZ MI HERMANO ESTARÍA VIVO"

Aquella mañana del 11/9 de 2001 miré absorta desde un bar lo que ocurría en Nueva York. Cómo iba a imaginar que un ser querido, de carne y hueso, con nombre y apellido, padre, hermano e hijo, pudiera ser una de las víctimas.

La relación que teníamos mis otros hermanos y yo con Guillermo era como la de cualquier hermano, un sentimiento fraternal que iba creciendo con el tiempo y que seguramente podría haber madurado muchísimo más. Pero de golpe, en cuestión de segundos, su vida fue abruptamente interrumpida.

Mi necesidad de "poner palabras" a los diez años del atentado tiene que ver con que se tome conciencia, porque fue la ausencia de "esas palabras", por parte de quienes gobiernan y dirigen destinos, el desencadenante de toda esta tragedia.

Si hubiera habido palabras, tal vez mi hermano aún estaría vivo, viendo a sus hijos crecer; hubiera estado orgulloso de verlos tan hombrecitos. Hubiera podido desplegar sus sueños, sus ansias y su legítimo derecho de vivir.

Hace meses escuché que a Ben Laden lo habían matado; se lo presentaba como un "acto de reparación". Pero nada de eso alivia mi dolor. ¿Una muerte silenciada con otra? La muerte de Ben Laden así, sin juicio previo, me golpeó nuevamente. ¿No existe la justicia?

Me gustaría pensar que estas palabras podrían servirles a otros. Que las palabras de las víctimas llenen los silencios de quienes nos gobiernan, porque es la única manera de evitar quedarnos nosotros sin palabras. Y es también la única manera de darle algún sentido a la muerte de mi querido hermano Guillermo.

La autora, Mariana Chalcoff, es hermana de Guillermo Alejandro Chalcoff, uno de los cinco argentinos que murieron en el atentado.

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