Los dinosaurios y el coronavirus

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2 de agosto de 2020  • 07:38

Ese día estuve de buen humor. Todo el domingo. Qué extraño. Debe haber sido el sol. Me había levantado temprano, como siempre, porque yo no suelo hacer cosas de más, había desayunado café con leche, una banana y un puñado de arándanos mientras miraba por la ventana y antes de pensar en qué almorzar, porque últimamente la vida de los que podemos es bastante eso, qué comemos, salí de casa para ir comprar algo. Pero no hice las cosas bien. Debía tomar el camino más directo para no romper las reglas pero tenía tantas ganas de recorrer otras veredas que me fui para el lado de la avenida ancha y linda que está cerca de casa y caminé por allí y por algo la ciudad me pareció distinta. Como alegre. Como ilusionada.

Un poco por los niños. Qué extraño. En ese entonces de este gran entonces que es esta pandemia el fin de semana era el momento de ellos, ellos en rollers, ellos en patineta, ellos en camperas gordas de colores, algunos con gorros, ellos en bicicletas con rueditas. Ellos, corriendo porque sí, a los alaridos, de a borbotones. Y otro poco también por ese hombre que tocaba el saxo con unos pantalones oscuros, un suéter arremangado y al tono, unas zapatillas cómodas con apenas una línea en rojo y con un tapabocas blanco al que había hecho, presumo, un pequeño agujero en el centro de su boca para dejar salir el aire y así el sonido, amplificado por un parlante a su lado. El sonido, inmenso y afinado. El sonido, como una bestia encadenada por años y puesta en libertad justo ahí, a metros de la Biblioteca Nacional.

Me detuve apenas. Me daba culpa permanecer. No era el momento. Me gustaba escucharlo pero me fui, de todos modos. Retomé el rumbo. Más atenta. Conectada. Como si la música me hubiera dado una bofetada y me hubiera despertado allí, en medio del día, entre algunas personas, debajo de los árboles de este invierno. Y vi a unos pocos sentados en el cordón de la vereda, con el rostro al sol y los ojos cerrados. También vi a unos adolescentes, sobre el pasto, en círculo, jugando a un juego viejo, a uno de esos juegos que no necesitan ni de celulares ni de consolas. Entre carcajadas. Vi una pareja que se acercó a un pequeño restaurante, que no recibe gente pero vende comida sobre una mesa, y que pidió un café. A pesar de todo. Vi una verdulería improvisada en un pequeño local que antes solo despachaba pizzas. Vi a los empleados de una estación de servicio montar un puesto en la calle para ofrecer los productos de su almacén. Vi otras maneras, sobre bancos de cemento. Vi gente al aire. Sin nada, solo con tapabocas, solo al aire.

Y me acordé de esa escena de la película de Steven Spielberg Jurassic Park que me gusta tanto. Están todos en el laboratorio blanco en que nacen los dinosaurios. El dueño del parque, vestido del mismo color, con su bastón y su sombrero, el paleontólogo, la paleobotánica, el matemático, el abogado y un científico. Miran de cerca unos cuantos huevos dispuestos sobre una mesa redonda y fría que con unos yuyos pretende ser un nido hasta que de pronto uno de estos comienza a moverse, a quebrarse. Entonces el dueño del parque, de blanco, millonario, se pone un guante de médico, se ríe, muy bajo, entre su barba cana, como él, y dice algo así como "vamos, venga, muy bien, empuja" y la cámara muestra la trompa de un velociraptor bebé que se asoma entre los pedazos de cáscara. Todos miran con pertinencia. El hombre, ya sin sombrero, habla emocionado y dice que asistió al nacimiento de cada uno de los animales de esa isla de Costa Rica y entonces el matemático, especializado en la teoría del caos, mucho pelo y mucho negro, le dice que sí, que bueno, que estuvo en todos pero no en los que nacieron de forma natural, sueltos, entre los yuyos, los reales. Y ahí el momento crucial: un científico responde que el millonario sí estuvo en todos los nacimientos porque los dinosaurios no pueden procrear solos porque solo crían hembras para controlar a la población y sentirse seguros. El instante que sigue es un discurso magnífico de aquel hombre, del especialista de negro y nuez marcada y labios grandes: "Pero, insisto, ¿cómo saben que son todas hembras? ¿Salen al parque y levantan las faldas de los dinosaurios? El tipo de control al que aspiran no es de ningún modo posible. Si algo nos enseñó la historia de la evolución es que la vida no puede contenerse. La vida se libera, se extiende a través de nuevos espacios, irrumpe las barreras, dolorosamente, incluso peligrosamente. La vida se abre camino".

Y me sentí mejor. Porque entendí que esto, el virus, también pasará.

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