
Distensión de la política y dureza de los fiscales
MUY pocos hombres están condenados a una felicidad tan breve como Fernando de la Rúa. Cuando la economía se enderezó y cuando la política comenzaba a reconocer cierto orden, un nuevo espasmo de la crisis por las presuntas coimas en el Senado maltrató al Presidente y amenazó con aporrear su reciente reconciliación con Carlos Alvarez.
De la Rúa no ha cuestionado la apelación de los fiscales, que era previsible. Pero el documento de esos funcionarios es tan duro contra un grupo de senadores (casi los mismos nombres que se mencionan desde que empezó todo) como en la adjudicación de responsabilidad política y fáctica al propio gobierno en el supuesto delito.
De la Rúa es uno de los raros políticos que ha trabajado como abogado y que ha estudiado el Derecho con algún método. Sabe, por eso, que las armas que los fiscales han usado contra su gobierno son potencialmente letales: lo acusaron de pagar los sobornos con los fondos de la SIDE (que depende directamente de él) y de haberle retaceado información a la Justicia.
La responsabilidad del propio Presidente podría ser puesta en tela de juicio si se dejaran sin réplica tales aseveraciones. De la Rúa y los fiscales disienten en un aspecto esencial del asunto: el Presidente está seguro de haber hecho más lo que era su obligación para esclarecer la denuncia de los sobornos (el viernes llegó a hablar personalmente con su ex ministro Ricardo Gil Lavedra para confirmar que el gobierno hizo lo que debía), mientras los funcionarios judiciales creen que su administración sólo contribuyó con poco y nada.
El documento de los fiscales está excedido de argumentos políticos y tiene muy pocas novedades jurídicas. Su más grande virtud fue la de abrir otra escala judicial para la revisión de la causa, apartada de la instancia sospechada y sospechosa que corporiza el juez Carlos Liporaci. Posiblemente decidieron golpear con argumentos políticos muy fuertes para dejar sin escapatoria a la Cámara que resolverá el planteo.
Ese tribunal está también sentado sobre la mancha de la desconfianza y la conjetura. La Cámara está integrada sólo por dos jueces (el tercer lugar está vacante) y uno de sus miembros, Luisa Riva Aramayo, fue largamente vinculada a los intereses políticos y judiciales de la administración de Carlos Menem.
El documento judicial sobresaltó al Presidente cuando había cambiado el ánimo y la voluntad. Varios hombres de su intimidad confiesan ahora que hasta noviembre último lo merodeaba, profunda y tenaz, una evidente postración de su espíritu. La caída en picada de su popularidad fue para el mandatario una experiencia personal inédita: Estoy rifando la historia de mi vida en menos de un año, lo oyeron gemir.
Las más recientes mediciones de opinión registraron que está remontando de aquel derrumbe. La sustancial modificación de las expectativas económicas lo empujó hacia arriba y ha provocado, al mismo tiempo, cierta distensión política.
Cautos después de frecuentar el error varias veces, los funcionarios económicos se manifiestan optimistas, pero no eufóricos. Dicen que la Argentina crecerá este año al ritmo del 5 por ciento, aun cuando el promedio anual podría resultar un poco menor.
En verdad, están eufóricos pero no lo dicen. La causa del disimulo: la mitad de las preguntas que vienen del mundo económico internacional refiere a las condiciones de la Alianza para mantener el puño cerrado sobre el gasto público.
El año electoral (y la natural inclinación de los políticos para practicar el populismo) han sembrado la duda en el exterior sobre las promesas de austeridad fiscal. Mi palabra y mi cargo son las garantía de que no habrá fiesta con los recursos públicos, ha dicho Machinea.
La otra mitad de las preguntas del universo financiero alude a la capacidad de la Alianza para mantenerse unida; diarios financieros del exterior han precisado, incluso, en la condición crucial de la relación de De la Rúa con Alvarez. Se explica: los diputados del Frepaso son los que le aseguran a la administración el control de la cámara baja cuando el Senado es decisivamente peronista.
Hay quienes han oído al Presidente frenar en seco a su séquito más incondicional cuando éste disparaba pestes sobre Alvarez y el Frepaso. De hecho, Luis Sthulman, el principal consejero presidencial en imagen y comunicación, acaba de declarar al diario español "El País" que la renuncia del ex vicepresidente fue para De la Rúa "una crisis liberadora"; no se necesita recurrir al psicoanálisis para interpretar semejante giro verbal.
De la Rúa no se olvidó ni de sus vástagos en su última reunión con Alvarez. Mis hijos te quieren tanto, le deslizó; uno de ellos había recorrido las revistas con alusiones poco comedidas hacia el líder del Frepaso.
Es cierto que De la Rúa no podría gobernar sin el aporte parlamentario de los seguidores de Alvarez y es igualmente veraz que el radicalismo se encaminaría a una derrota segura sin la Alianza. Pero no es menos verídico que el Frepaso se enfrentaría a la decadencia y al fracaso electoral si quebrara la coalición gobernante. Lo que han hecho en los últimos días (reunidos todos para restablecer a la coalición que los depositó en el poder) es convertir la necesidad en virtud.
Sin embargo, Alvarez no será candidato a senador. Raúl Alfonsín no perdió toda las esperanzas, pero debería perderlas. El líder radical imagina una ingeniería electoral sensata: la candidatura de él y la de Alvarez nacionalizarían en el acto a la próxima campaña electoral. Y el peronismo, con la excepción de Eduardo Duhalde, no está en condiciones de jugar a sus principales dirigentes, porque todos son gobernadores.
Los argumentos de Alvarez, a su vez, no son débiles. Una insistencia suya con candidaturas, después de haber renunciado a uno de los dos máximos cargos de la República, podría someterlo a un desgaste prematuro y fulminante. Si es candidato a algo en los próximos tiempos, ha insinuado con más relatividad que certeza, será a gobernador de Buenos Aires en el año 2003.
La resucitación de la economía ha promovido algunas reconciliaciones. Una de ellas ha sido la Machinea con Alvarez, que se han querido hasta que el jefe frepasista empezó a desconfiar de las artes de economista del ministro.
El jefe del Gabinete, Chrystian Colombo, se reencontró con Alvarez y con el propio Machinea. Estos dos han reconocido en Colombo a un hombre alejado de los costosísimos aparatos partidarios y obsesionado con la idea de echarle cierto aire de eficiencia a la administración.
El núcleo duro del gobierno quedó integrado por el Presidente, Colombo y Machinea; el canciller Rodríguez Giavarini conserva una considerable influencia en sus diálogos a solas con De la Rúa. Esos funcionarios son hombres decididos y ansiosos por los resultados; parece que el espíritu cavilante del mandatario buscara siempre entre sus colaboradores a la contracara de su propia forma de ser.
Colombo coincidió con Alvarez en la necesidad de darle un nuevo código al gasto social; llegaron a imaginar que si se eliminaran los actuales planes, y los homéricos costos en consultorías, podría establecerse un seguro de desempleo directo y eficaz.
El propio Alfonsín se ofreció para acompañar a Alvarez en su cruzada para modificar los métodos, el reglamento y las personas que pueblan el Senado. El Senado no volverá a ser lo que fue, después del estrépito y sus exhalaciones.






