Dos clases diferentes de feminismo

Carla Yumatle
Carla Yumatle PARA LA NACION
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28 de febrero de 2019  

El movimiento #MeToo surgió en 2017 en Estados Unidos a partir de numerosos alegatos de acoso sexual en contra del empresario de la industria del cine, Harvey Weinstein. Por otra parte, #MiraComoNosPonemos emergió a fines de 2018 impulsado por el colectivo Actrices Argentinas con relación a la acusación de violación de la actriz Thelma Fardin (al momento del hecho, menor de edad ) por el actor Juan Darthés . En los medios de comunicación locales, esta última iniciativa se ha dado en llamar el "#MeToo argentino". Sin embargo, esta asimilación de los dos movimientos sociales feministas es inoportuna porque el #MiraComoNosPonemos junto al #NiUnaMenos encarnan aspectos insoslayables de la larga crítica social feminista, de los que el #MeToo carece.

Dentro de la teoría feminista -la posición crítica y emancipatoria que sostiene que la categoría de género es esencial para comprender fenómenos de orden político y social- han existido y prevalecen importantes y variados desacuerdos. Hay feminismo radical, socialista, liberal, de primera y de segunda generación, binario o interseccional, esencialista o posestructuralista, basado en la semejanza o en la diferencia, en la justicia o en la ética del cuidado, universalista o multiculturalista y muchas corrientes más. No todas ellas comparten hoy los mismos supuestos. Sin embargo, históricamente, el feminismo tanto en la teoría como en la práctica ha sido un movimiento político (no personal), colectivo (no individual) y reformista (no conservador). El movimiento social representado en el #MiraComoNosPonemos -continuando la trayectoria de #NiUnaMenos- encarna precisamente estos aspectos de la larga tradición social feminista americana de los 70, que sin embargo están opacados en el individualismo apolítico y sesgadamente conservador que subyace al #MeToo.

Tanto el #MeToo como el #MiraComoNosPonemos se inician con la confesión de un episodio desolador que sucede en los confines de la vida privada. Ambos hechos son paradigmáticos de un principio que subyace a lo que se conoce como el "feminismo de la segunda ola", esto es, que "lo personal es político". Los dos acontecimientos transcurren en el ámbito privado, pero exponen que, no obstante la igualdad formal de derechos que organiza la esfera pública, prevalece una cultura política que tolera y convalida relaciones de opresión y subordinación en el espacio doméstico. Sin embargo, ambos movimientos han accionado sobre esta división entre lo público y lo privado de diferentes maneras.

A diferencia del #MeToo, que se ha articulado como una catarsis acumulativa de experiencias individuales de abuso sexual cuyo resarcimiento es básicamente legal, #MiraComoNosPonemos se constituye en un actor colectivo representado en la agrupación Actrices Argentinas, generando una respuesta política conjunta que apunta no solo a la opresión de las relaciones sexuales, sino a las relaciones de poder estructurales que la habilitan. Al expresar su demanda de justicia equipadas con los pañuelos verdes y habiendo participado activamente tanto a favor de la legalización del aborto como de la separación de la Iglesia y el Estado y la implementación de la educación sexual integral, el colectivo Actrices Argentinas no solo subrayó la insoslayable asociación entre los valores feministas y la lucha por los derechos reproductivos de la mujer, sino que resitúa un hecho privado en el entramado público que refuerza una cultura política de desvalorización de la mujer que ampara esas relaciones de opresión.

El contrapunto de los nombres de ambas iniciativas es sugestivo. Por un lado, el #MeToo alude a la sumatoria, una por vez, de confesiones individuales, víctimas de similares experiencias de abuso sexual. #MiraComoNosPonemos, por el contrario, se constituye y existe solo como un colectivo cuyo vínculo es la solidaridad de género que busca un reconocimiento político y social. Es decir, no hay resarcimiento individual de la mujer si no hay resarcimiento colectivo y público. La autonomía de la mujer no se obtiene individualmente, acorazada en sus propias decisiones y solo en los tribunales, sino colectivamente a través de la participación política democrática que demanda la socialización del espacio doméstico de reproducción a través de la intervención del Estado como garante de un sistema de provisión social.

A diferencia del #MeToo, socialmente homogéneo, el movimiento feminista argentino plasma la opresión de género en una heterogeneidad de experiencias personales, culturales y de clase que revelan una comprensión más variada y compleja de la experiencia femenina que incluye identidades atravesadas por diversas y a veces contrapuestas lealtades. El #MeToo, en cambio, prácticamente sobrevuela la pluralidad y multiplicidad implícita en la concepción de mujer representando las experiencias de subordinación con personas de alto perfil socioeconómico y privilegiada popularidad y estatus social. El feminismo argentino, por el contrario, nace de la experiencia de las más desaventajadas.

En los Estados Unidos, algunos han concebido el #MeToo como un movimiento de cambio social estructural. Sin embargo, el fenómeno es más afín al feminismo individualista de liderazgo que intenta adaptarse a las estructuras de producción y reproducción dominantes. Un feminismo de la clase gerencial y las celebridades que nos convoca a ser aguerridas en un mundo corporativista que se sostiene en la medida en que otras mujeres, no tan ambiciosas, permanezcan rezagas en la esfera doméstica. El #MeToo ha sido un fenómeno de exposición social, pero no de organización y cambio social. Su ámbito ha sido Hollywood; el de #MiraComoNosPonemos, la polis.

Marcar estas diferencias es importante por al menos dos razones. Primero, uno de los tantos temas en disputa entre las diversas teorías feministas es si existe una esencia femenina y cuál es el tipo y alcance del vínculo entre las mujeres en virtud de ser mujeres. La dominación de género es un fenómeno universal, pero no todas las mujeres están subordinadas del mismo modo en todos los contextos, dado que esas relaciones están atravesadas por distintos clivajes de opresión y demandas culturales. Las diferencias entre el #MeToo y el #MiraComoNosPonemos ilumina precisamente que la opresión de relaciones sexuales admite interpretaciones y respuestas culturales distintas. Y al develar esas diferencias se devela simultáneamente que hay algunas respuestas a la opresión de género que están más fuertemente ligadas a los procesos de expansión democráticos que otras.

Filósofa política. PhD en Ciencia Política por la Universidad de California, Berkeley

Enseñó Filosofía Política y Teoría Social en las universidades de Harvard y Brown

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