
Dos viejos adversarios ahora con idéntica ideología: la experiencia
Julio María Sanguinetti y José Mujica, tan distintos en el pasado, están cada vez más parecidos. Uno es ilustrado, bien urbano, de traje y corbata. El otro es campechano, más de tierra adentro y camisa abierta. El primero fue dos veces presidente del Uruguay. El segundo, solo una vez, pero antes fue guerrillero tupamaro y estuvo casi quince años preso.
Durante mucho tiempo fueron enemigos acérrimos; después aprendieron a convivir como adversarios políticos -uno es colorado; el otro, del Frente Amplio- y ahora son viejos camaradas sin reproches ni resentimientos, que tienen más puntos en común que disidencias. En el presente profesan una misma y sólida ideología, que es la sabiduría y la templanza que solo otorga la experiencia, el paso del tiempo y estar de vuelta de todo.
Esto es lo que rescatan, precisamente, los periodistas Alejandro Ferreiro y Gabriel Pereyra en su libro El horizonte / Conversaciones sin ruido entre Sanguinetti y Mujica, que acaba de lanzar la editorial Debate y que presentan ambos exmandatarios hoy, a las 19, en el Malba.
Como queriendo extender y recrear ese momento tan emocionante que fue la despedida conjunta, en octubre de 2020, de Sanguinetti y de Mujica del Senado uruguayo, a Pereyra y a Ferreiro se les ocurrió reunir cada martes, durante seis semanas, entre junio y agosto de 2022, en la sede de la editorial Penguin Random House de Montevideo, a estos dos próceres de la historia contemporánea del vecino país para charlar, ya muy lejos de los viejos ardores del pasado.
Se decepcionarán aquellos que se acerquen a sus poco más de 250 páginas en busca de topetazos fuertes, esgrima agresiva y chicanas ácidas porque frente a un temario bastante variado, pero que escapa de la coyuntura política, los dos políticos orientales se esfuerzan más en mostrar sus puntos de coincidencia que en empantanarse en sus diferencias.
Son suaves matices lo que ahora distingue a uno del otro. Se funden sus pareceres y fluyen las coincidencias sin interrumpirse. Muchas veces uno completa al otro simplemente con un “es así” o “sin dudas”. No compiten para mostrarse superior al otro. El diálogo se vuelve así apacible y placentero.
Representantes de una misma generación que ya lo ha visto todo -los dos tienen 87 años- repasan los grandes temas y aspectos de la vida con cierta filosofía, gran templanza y sabiduría.
Ambos saben escucharse, aunque es levemente más parlanchín Sanguinetti, algo que no parece molestar a Mujica que lo sigue para acotarlo y presentar sus propias versiones de los temas propuestos.
“Nunca he dejado de escribir, ha sido mi modo de vida”, dice Sanguinetti casi a manera de presentación. “Soy un campesino de chacra chica”, se autodefine Mujica. Su abuelo fundó siete cooperativas. El de Sanguinetti era militar.
Primera coincidencia: sin saber uno de la presencia del otro fueron llevados de muy niños a la rambla de Montevideo a ver el último acto de la que se conoció como la “batalla del Río de la Plata”, durante la cual el acorazado nazi Graf Spee terminó hundido frente a las playas de la capital uruguaya, cuando despuntaba la Segunda Guerra Mundial.
Ambos son buenos representantes del laicismo tan característico de la R.O.U. “No soy creyente -informa Mujica-, pero fui hasta monaguillo cuando era muy joven”. Y Sanguinetti: “Tomé la comunión, pero no me llegó el llamado de la fe, claramente”.
Los dos se declaran sobrios, sin veleidades ni mareos aun cuando fueron llamados por la historia de su país a protagonizar hechos tan trascendentales.
Y si tienen que destacar algo de sus gestiones casi que coinciden de vuelta. Sanguinetti: “Cuando uno está en el gobierno es tanto más importante que lo que hace, aquello que evita”. Y Mujica completa: “La función más importante es apagar incendios”.
No pocas veces, uno parece el eco del otro: “especie en extinción”, dicen casi al unísono para hablar de la baja natalidad uruguaya.
“Los dos tenían una parte de razón”, vuelven a corear juntos cuando repasan cierta controversia entre dos ilustres dirigentes que los antecedieron en épocas más turbulentas del pasado charrúa.
A su manera, se complementan. Sanguinetti, erudito en muchas lides, explica didácticamente procesos políticos y culturales. Mujica le agrega el sentido común de “Viejo Viscacha” que encarna con gran espontaneidad desde hace años; razonamientos simples; la mayoría irrefutables. “En realidad no tenemos tierra, nos tiene la tierra, nos soporta. Decimos, tenemos tierra, no, nos tiene ella”, suena “el Pepe”, más ecológico que ideologizado.
Ejemplos vivientes y lúcidos para una Argentina donde los políticos, inclusive de la misma vereda, no se soportan y solo se relacionan a partir de chicanas o difamaciones, en el libro en el que convergen los dos expresidentes, que en su momento encarnaron ideas antagónicas, acuerdan que la conversación entre dirigentes que piensan distinto no es solo una cuestión de buena educación, sino que se torna imprescindible para el normal funcionamiento de las instituciones.
“Si nos estamos pegando garrotazos, eso no ayuda, porque para una negociación difícil es bueno tener un clima”, aconseja Mujica. Y completa Sanguinetti: “En realidad la democracia es donde existe un método pacífico para sacarse un mal gobierno de arriba y no hay democracia cuando uno no puede hacerlo. La democracia son reglas de juego a finde asegurar dos cosas: una, la mayor libertad posible de los ciudadanos, dos, que se organice un sistema que haga gobernable esa sociedad, que haya un sistema eficiente de instituciones que funcione”.
Aunque la cultura de la convivencia democrática es más habitual en la cultura uruguaya que en la Argentina, no deja de sorprender la mutua cordialidad que se profesan cuando algún parroquiano los descubre juntos. Así lo describen los autores, al término de uno de los encuentros que nutrieron este libro, al salir ambos del ascensor en planta baja del edificio en que tenían lugar las conversaciones: “Uno de los dos agarró del brazo al otro y salieron así a la calle. La cara del portero no se puede describir con palabras”.






