Droga y delito en los menores de edad

La drogadependencia y los hogares disfuncionales fueron la vía de acceso al mundo del delito para muchos jóvenes delincuentes
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23 de mayo de 2018  

No es ningún secreto la estrecha relación que existe entre el consumo de drogas y el delito como medio para financiar un consumo personal adictivo. A pesar de constituir una combinación por demás conocida, no siempre se la tiene debidamente en cuenta.

Un par de datos reflejan la gravedad de este vínculo. Entre los 1900 jóvenes de 15 a 25 años que reciben asistencia en centros de tratamiento de la Federación Argentina para la Prevención y la Asistencia de las Adicciones, la mitad de quienes tienen entre 19 y 25 años confesó haber robado para adquirir droga. Otro tanto admitieron ocho de cada diez menores de 18 años. Los datos que arroja el estudio se reseñan en el libro Consumo de drogas, prácticas delictivas y vulnerabilidad social, recientemente presentado en la Feria del Libro.

Dentro del universo de jóvenes encuestados, la mayoría han vivido en hogares donde se verificaba el consumo de drogas y/o alcohol, con episodios de maltrato y uso de armas. La violencia doméstica era una realidad en la tercera parte de los hogares y el 60% de los jóvenes sufrió en su infancia castigos físicos propinados por sus padres. El 71% no terminó la educación obligatoria y la mayoría identificó el consumo de drogas como la principal causa.

El estudio afirma que el inicio de la dependencia de las drogas y el alcohol se verifica entre los 12 y los 15 años y que cuanto menor es la edad de quien comienza a drogarse mayor es su vinculación con el mundo del delito. De ahí que el 84% de los jóvenes afirmó que había caído en el delito para poder comprar drogas. Un tercio reconoció haber cometido algún delito antes de los 13 años.

La perversa relación entre el consumo de drogas y la delincuencia a la que se ven impelidos los adictos para sostener su adicción se torna aún más peligrosa cuando, como suele ocurrir con demasiada frecuencia, los menores delinquen drogados (el 60% de los encuestados reconoció estar bajo el efecto del alcohol o las drogas a la hora de cometer los delitos). De esa manera, ven alteradas su lucidez y su capacidad de discernimiento. La consecuencia inevitable es la serie de crímenes atroces que parecen no tener lógica de los que cotidianamente nos enteramos, como el asesinato de adolescentes para robarles solamente un celular o las zapatillas, pese a que las víctimas no oponen resistencia alguna. El 70% de los encuestados admitió haber empleado armas de fuego en por lo menos uno de los delitos cometidos.

También suele ocurrir que la adicción, la pobreza y una familia disfuncional convierten al menor en presa fácil de bandas de narcotraficantes, que rápidamente lo enrolan como "soldadito".

El subsecretario de Justicia y Política Criminal del Ministerio de Justicia, Juan José Benítez, durante la presentación del libro, afirmó que "se debe perseguir penalmente a los que están vendiendo drogas porque están vendiendo muerte y desangrando el país", y también "prestar atención a los que consumen y a aquellos que tienen una adicción y ver por qué llegaron a esa instancia".

Ese enfoque multidisciplinario parece la vía adecuada para combatir un fenómeno complejo ante el cual la respuesta policial resulta claramente insuficiente, pues, paradójicamente, la adicción a la droga, que para tantos menores y jóvenes constituye una ancha y rápida avenida hacia el mundo del delito, generó, según han confesado algunos de ellos que ya se encuentran recuperados, una segunda adicción: a la adrenalina que les produce robar.

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