
Educación e inclusión en la sociedad del conocimiento
Por Jorge Werthein Para LA NACION
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Una mirada realista del papel de la información y del conocimiento en los procesos productivos actuales nos lleva a creer que ni una ni otro conducen, necesariamente, a la igualdad social. Eso implica considerar que, aunque representen avances en diversas áreas, las nuevas tecnologías de la información también conducen a formas inéditas de exclusión social.
Por un lado, puede verse el avance de la tecnología, el desarrollo de recursos cada vez más sofisticados en los campos de la comunicación, la educación, la información. Por el otro, se constituye una nueva forma de disparidad social: la exclusión de la sociedad del conocimiento, caracterizada por la distancia entre los que dominan las nuevas tecnologías y aquellos que apenas las entienden o incluso las desconocen.
Los países también viven de manera desigual el ingreso en la sociedad del conocimiento. El ejemplo más evidente de esa tendencia es el desarrollo de Internet, que ha logrado interconectar, en pocos años, a millones de personas en los lugares más remotos del mundo. En 1995, eran 20 millones de usuarios; en el año 2000, el número ya ascendía a 400 millones y en 2006, ya eran casi mil millones. Así y todo, el acceso a Internet tiene una distribución desigual: el 75% de los usuarios vive en los países industrializados, miembros de la OCDE, que poseen el 14% de la población mundial. Mientras en Estados Unidos los usuarios son el 54% de la población total, en América latina y el Caribe alcanzan apenas el 3,2%.
Es posible observar otra disparidad en el interior mismo de los países: la mayoría de los usuarios vive en zonas urbanas (el 80% de los usuarios de la República Dominicana vive en Santo Domingo), tiene una mejor escolaridad y una mejor condición socioeconómica (en Chile, el 89% tiene una educación superior). Son jóvenes (los que tienen entre 18 y 24 años tienen cinco veces más probabilidades de ser usuarios que los mayores de 55 años) y, en su gran mayoría, de sexo masculino (en América latina, son el 66%, aunque esa disparidad se está reduciendo (en Brasil, las mujeres eran el 33% en 1995 y en 2000 ya habían alcanzado el 50%).
Por lo tanto, la sociedad y sus gobernantes tienen que decidir cuál es el camino que prefieren seguir, si el de la inclusión y su consecuente homogeneidad o el de la exclusión y la fragmentación resultante. Se trata, entonces, de una decisión ético-política, que implica dominar un conjunto de conocimientos técnico-científicos que, a su vez, tiene que servir como apoyo a los valores éticos.
En ese sentido, el dominio del conocimiento científico –tanto del lado de la sociedad como de su gobierno– forma parte del ejercicio de la ciudadanía en los sistemas democráticos. En el mundo actual, el capital más importante de un país es el conocimiento. Y ese conocimiento depende de la formación de personas capaces de producirlo y manejarlo.
En una mirada a mediano y largo plazo, la respuesta para modificar el cuadro actual de exclusión de la sociedad de conocimiento se encuentra en la educación. Invertir en educación es el punto de partida para revertir la situación prácticamente de letargo en la que se encuentra América latina, si la comparamos con otros países desarrollados científica y tecnológicamente. Pero invertir en educación tiene varios significados. El principal es elevar la calidad de la educación básica. Para eso, existen estrategias, como mejorar la formación de los profesores, aumentar el tiempo de permanencia de los alumnos en la escuela, mejorar la infraestructura y equipar los establecimientos de enseñanza. Se puede agregar una estrategia cuyo impacto ya ha sido comprobado en países desarrollados y en vías de desarrollo, que optaron por esa alternativa: la incorporación de la enseñanza de ciencias a la currícula desde los años iniciales.
En el ámbito de la tecnología existen en todo el mundo iniciativas volcadas hacia la reducción de la creciente laguna digital: desde el desarrollo del software libre hasta esfuerzos recientes por lanzar al mercado computadoras de bajo costo, a menos de 100 dólares.
La revolución tecnológica, sin embargo, no puede reducirse a la mera incorporación o a la suma de un mayor número de máquinas y sistemas de información y comunicación. Es más que eso. La innovación debe tener un carácter social (sustentada con políticas educativas y culturales, de desarrollo social, sanitarias, de empleo, etc.) de impacto fuerte a mediano y largo plazo.
Cabe destacar, una vez más, que sólo la educación podrá garantizar que las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación cumplan su papel social. Esto es, que garanticen calidad de vida al mayor número posible de ciudadanos, que debe saber manejarlas y explorarlas con eficiencia. Por lo tanto, más allá del acceso, de la conexión de alta resolución y agilidad, el ciudadano necesita saber sacar provecho de ellas y no perderse en la maraña de las informaciones dispersas en el ciberespacio.
Esta debe ser la base de la sociedad de conocimiento: la posibilidad y la capacidad de adquirir y procesar informaciones y transformarlas en conocimiento útil.





