El alma carcomida de una columna infinita
Por Donald G. McNeil Jr. The New York Times
1 minuto de lectura'
TARGU JIU, Rumania
LA Columna infinita que sostiene el cielo , de Constantin Brancusi, es tan monumental y sin embargo tan simple, que uno se pregunta qué hace en este oscuro pueblo minero alejado de Bucarest, y por qué ha provocado tanta ira. Ira que habría alcanzado su pico a comienzos de los años 50, cuando un joven y fanático alcalde comunista dijo que era un ejemplo del arte occidental, burgués y decadente, e intentó derribarla con un tractor ruso. Desde entonces, la columna de hierro fundido, de 30 metros de altura, tiene una inclinación de 15 centímetros, como mínimo, y el agua infiltrada está oxidando su alma.
Hijo de unos pastores de la cercana aldea de Hobitza, Brancusi hizo casi toda su carrera en París, donde estudió con Rodin, rechazó el realismo romántico por la abstracción y fue un pionero del arte del siglo XX. Este año se cumple el 125° aniversario de su nacimiento. Rumania lo ha declarado el Año de Brancusi.
Desde lejos, su columna recuerda un collar pop o un segmento de intestino, pero vista desde abajo parece una escalera dorada que llega al cielo. Proyectaron restaurarla en tres meses, pero tardaron cuatro años. Terminaron a tiempo para reinaugurarla en ocasión de las elecciones de 2000, en las que el oficialismo salió derrotado. Ahora, con un nuevo gobierno, ha estallado un escándalo en torno al costo y la tosquedad del trabajo, y una disputa política que llevó a organizar una ceremonia paralela para los dignatarios desdeñados. El mayor legado de Brancusi sigue siendo víctima de esta pugna confusa.
Brancusi vislumbró a la pobre y oscura Targu Jiu remodelada en torno a una explanada que enlazaría tres grandes esculturas suyas, representativas del peregrinaje de la vida: La mesa del silencio , símbolo de la divinidad y la comunión; La puerta del beso , alegoría del amor y la iniciación sexual, y Columna infinita , un himno al triunfo hercúleo y un eje universal. Y lo hizo, hasta cierto punto. Las obras están, pero lamentablemente en Targu Jiu nunca despertó el amor al arte público que tienen París, Pisa o aun Brasilia.
Cuando Brancusi montó sus obras, en 1937, Rumania disfrutaba de su edad dorada. Bucarest era "la Pequeña París" y tenía su Arco de Triunfo. Hasta Targu Jiu era una opción sensata: su Sociedad Femenina quería erigir un monumento recordatorio de los jóvenes del pueblo que en la Primera Guerra Mundial habían rechazado a las tropas alemanas que intentaron cruzar el río Jiu. Pero la década del 40 trajo el régimen fascista, la ocupación nazi, los bombardeos aliados, la conquista soviética, el estalinismo, treinta años de dictadura de los Ceausescu y, finalmente, un país que anda a los tumbos. Las palabras atribuidas a Brancusi cuando, furioso, se marchó de Rumania, en 1938, resultaron proféticas: "Ustedes no comprenden lo que les estoy dando".
De a poco, destrozaron su visión de un parque de un kilómetro y medio de largo, que comenzaría a orillas del Jiu, contra el telón de fondo de los Cárpatos, para terminar al pie de una resplandeciente columna dorada, erigida sobre una colina. Sobre L a mesa del silencio , se cierne hoy el muro del embalse del Jiu. El travertino de La puerta del beso se rajó y lo emparcharon con cemento. Nunca se concretó la proyectada reubicación de una iglesia que rompe la explanada. El parque es una calle llena de baches, horribles edificios públicos y hoteles baratos, partida en dos por una línea férrea. La corrosión ennegreció la Columna infinita e intentaron arrancarla de cuajo con un tractor.
Poco después de la revolución de 1989, el profesor de ingeniería Michai Varia leyó en un artículo que la estructura interior de la columna estaba tan herrumbrada que podía caerse. Varia se comunicó con su hijo Radu, biógrafo del artista, radicado en París, y le dijo: "Radu, el libro te ha dado fama. Eres un luchador. Aquí nadie tiene dinero ni relaciones influyentes ni prestigio. Si pudieras hacer algo, sería estupendo".
Con la autorización del gobierno rumano, Varia creó una fundación y convocó al Getty Conservation Institute y a expertos suecos. Su plan era construir un andamiaje, desmontar con grúas los 16 módulos de hierro fundido y redorarlos con metal vaporizado, reparar el alma herrumbrada o reemplazarla por otra de acero inoxidable, revisar el estado de la basa de cemento y volver a armar todo. El Getty, el World Monuments Fund y el Banco Mundial le prometieron millones de dólares, más que suficientes para costear los trabajos inmediatos y otros proyectos culturales. No está claro si lo que pasó después fue obra de la codicia, los odios políticos, el momento poco oportuno o la afición de los rumanos a tejer teorías conspirativas.
La columna se desmontó a fines de 1996, precisamente cuando los "ex comunistas" de Ion Iliescu entregaban el gobierno a la "coalición prooccidental" de Emil Constantinescu. (En realidad, eran meros grupos de burócratas paralizados por sus disputas internas.) La prensa empezó a difundir rumores de que Varia estaba robando la columna por encargo del Guggenheim; que monopolizaba los derechos de televisión, filmación y souvenirs ; que había horadado la obra maestra (sí, para extraer unos 180 litros de agua y atisbar su interior).
Guerra electoral
El nuevo ministro de Cultura, Ion Caramitru, envió a la policía, detuvo los trabajos y acusó a Varia de intrigar para destruir la integridad artística de la obra reemplazando su soporte oculto. Trajo a expertos de la Unesco, que dijeron que se podía alargar su vida raspándolo y reforzándolo con paneles de acero soldados. Se adoptó este plan y se contrató a la empresa rumana Turbomecanica. Las obras concluyeron justo en vísperas de elecciones; Varia no fue invitado a la reinauguración. Pero en diciembre volvió al poder Iliescu. Turbomecanica ha sido acusada de sobrefacturación; la mitad del contrato (de 1,2 millones de dólares) quedó sin pagar y se investiga su vinculación con Caramitru.
Caramitru sigue insistiendo en que actuó "guiado por la buena voluntad". En cambio, dice, Varia quiso "reemplazar el 75 por ciento de la obra maestra de Brancusi" (lo calcula por peso, incluyendo la basa enterrada). Muestra varias cartas, en prueba de que la fundación de Varia intentó obtener el copyright sobre la forma de los módulos (un hexágono alargado, común en el arte popular rumano) para "amasar una fortuna vendiéndola a los turistas y la industria cinematográfica". "Varia pretendía ser reconocido mundialmente como el salvador de la columna cuando, en realidad, la mató -concluye Caramitru-. Estoy contento de haber salvado el original. Reemplazarlo era un disparate."
Varia responde que él le habría dado tres siglos de sobrevida. Se apresuró la restauración "por propaganda y dinero", reemplazando el metal por una aleación equivocada. "Ahora, donde debería vivir la espiritualidad de Brancusi, la magia liberadora del poder, tenemos una superficie plana y muerta." El alma reparada quizá dure cuarenta años. "No quiero iniciar otra guerra", dice Varia, pero insiste en que no puede soportar la metalización actual.
En 2004 va a haber nuevas elecciones.

