
El aluvión zoológico
Pese a que el "paro y medio" que comenzará esta tarde los encontrará unidos por el espanto, es probable que, al término de la medida de fuerza, los dirigentes cegetistas estén una vez más dominados por las pujas de poder. Dentro de la CGT es común escuchar hablar de tres categorías de gremialistas.
- Los halcones están representados por los hombres del Movimiento de los Trabajadores Argentinos (MTA), encabezados por el colectivero Juan Manuel Palacios y por el camionero Hugo Moyano. Eventualmente, puede sumarse a este grupo al cervecero Saúl Ubaldini. Todos ellos ya mencionan la posibilidad de otra marcha a la Plaza de Mayo en una fecha más que simbólica: el 17 de octubre.
- Los elefantes conforman un sector más negociador de la central sindical, en el cual se destacan Carlos West Ocampo (Sanidad), Gerardo Martínez (construcción), Armando Cavalieri (mercantiles) y Oscar Lescano (Luz y Fuerza). Resisten la propuesta del MTA de una nueva movilización, pero no están dispuestos a regalarle nada al Gobierno.
- Las palomas son un grupo de 17 gremios, entre los que sobresalen el petrolero de Antonio Cassia, el del seguro de Ramón Valle y el de los textiles de Pedro Goyeneche, a los que se puede calificar de ultramenemistas. Al oponerse públicamente al paro general que comenzará hoy, su objetivo pasa por demostrars que, sentados a la mesa del diálogo, pueden lograr mucho más que a través de la lucha.
En síntesis, un verdadero aluvión zoológico.
Algunos de los elefantes ya están jugando al posmenemismo y se entrevistan con Duhalde. "Mientras mandan al frente a los duros del MTA, negocian candidaturas a diputado para 1997", señalaron fuentes sindicales.
Los halcones del MTA no se quedan atrás y también tienen sus proyectos políticos. A diferencia del grueso de la CGT, apoyaron el reciente apagón convocado por la oposición y se han declarado partícipes del diálogo dentro de la multisectorial que integran el Frepaso y la UCR. En los comicios presidenciales de 1995, este grupo estuvo cerca de Bordón, al tiempo que el camionero Moyano se jacta de que en ninguna de las tres últimas elecciones votó al PJ.
Uno de los problemas que se le presenta a la central sindical es que llega a la medida de fuerza de mayor magnitud desde la asunción de Carlos Menem, luego de la válvula de escape del paro del 8 de agosto y de la catarsis colectiva del apagón. Una vez agotada la principal arma de la CGT -un paro de 36 horas con movilización-, ¿puede el Gobierno esperar algo peor? Más allá de su éxito o fracaso, en la Casa Rosada, se apuesta a que la medida de fuerza terminará desgastando a la propia CGT.
La flexibilidad, al Gobierno
La amenaza de quedar atrapada en un laberinto sin salida no es exclusiva de la central sindical. El Gobierno atraviesa una situación semejante y, si nos remitimos a la flexibilización laboral, hay indicadores de sobra:
- Al tiempo que el presidente Menem aseguraba que la flexibilidad no se negocia, su jefe de Gabinete, Jorge Rodríguez, dialogaba con sindicalistas.
- El Presidente y el ministro de Trabajo amenazan con decretos de necesidad y urgencia, pero hasta los propios empresarios les han advertido la inconveniencia de ese mecanismo, ya que podría ser el punto de partida para una avalancha de juicios. Al mismo tiempo, son grandes las dificultades para la aprobación del paquete laboral en el Congreso.
Un dato no menor para analizar al Gobierno post-Cavallo son los llamativos cambios en el proceso de toma de decisiones. Antes, el ministro de Economía se dirigía a la opinión pública para explicar el por qué de determinadas reformas contenidas en un decreto o en un proyecto de ley enviado al Congreso. Hoy la situación es diferente. El nuevo modus operandi consiste en que el Presidente anuncie vagas ideas sobre lo que piensa hacer, deje pasar varias semanas estudiando lo que efectivamente hará y amenace con decretos, antes de mandar una iniciativa al Parlamento.
El proyecto de flexibilización laboral ejemplifica este proceso, al igual que la desregulación de las obras sociales, para cuya puesta en marcha sólo restaría dictar la reglamentación de un decreto firmado en 1993 y nunca instrumentado.
Pese al esfuerzo del Presidente por seducir al llamado establishment, representantes del empresariado juzgan que las señales del Gobierno no son claras, a tal punto que uno de ellos deslizó una curiosa interpretación a La Nación: "Los griegos discuten para buscar la verdad; los árabes a veces discuten para confundir al enemigo".






