
El amigo Bernard Pivot
Por Rodolfo Rabanal
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Bernard Pivot siempre entendió como suyo aquello que para el extinto poeta ruso Joseph Brodsky fue una divisa: "El arte no promete mejorar la existencia, pero le ofrece en cambio una alternativa; tampoco es un intento de escapar a la realidad, sino todo lo contrario, la mejor manera de animarla".
Durante veintiocho años y hasta hace diez días, el comentarista francés de maneras vivaces y amplia erudición literaria, animó la realidad produciendo los mejores programas de televisión sobre libros y autores que se hayan visto nunca. Primero fue "Ouvrez les guillemets" ("Abran comillas"), después el ya dignamente célebre "Apostrophes" y, por último, "Bouillon de culture" ("Caldo de cultura").
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Todos reproducían un mismo formato: participantes especiales rodeaban a Pivot para tratar sobre los libros elegidos, que cada uno de los invitados, siempre escritores y eventualmente editores, debía haber leído concienzudamente antes de enfrentar las cámaras.
En ocasiones, la figura central del programa podía ser Borges, García Márquez, Italo Calvino o Vladimir Nabokov; en esos casos, el monstruo sagrado era recibido por Pivot sin escoltas: él solo, como Teseo en el Laberinto, enfrentaba al Minotauro. Casi invariablemente, el resultado era una fiesta inolvidable.
Entre muchas otras cosas, durante veintiocho años Pivot demostró que la televisión puede llegar a ser un soporte y difusor de los libros aunque se trate, en muchos sentidos y por su mera naturaleza, de un medio antagónico a la lectura.
Mostró, además, que se puede hablar de textos y escritores sin depender de las editoriales. Pulcramente, rehusó establecer tratos comerciales con las casas editoras de Francia y rechazó escribir prólogos por los que se le ofrecían fortunas. Fue independiente tanto desde el punto de vista económico como intelectual y todo el mundo sabía que cuando un libro era tratado en su programa, pisaba los umbrales de la notoriedad.
Para lograr ese estado de cosas se instaló en la televisión pública, Antenne 2, ahora France 2, y eludió todo tipo de concesión masiva para no abaratar la calidad de su proyecto. En diversas capitales del mundo trataron de imitarlo, pero sin suerte. En ese sentido, París debió de tener algo que ver.
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Pivot explicó días pasados a la prensa europea que él pertenece a un época en la que la televisión pública tenía como propósito entretener, informar y educar. "Hoy -dijo- tiene que seguir entreteniendo, pero sobre todo se le pide que divierta."
Sabemos ya, de sobra, que la última condición devino imperativo categórico y mandato excluyente: el "entertainment", cuya misión ontológica es reducir al adulto a estadios infantiles, usurpa ahora el término cultura sin culpas ni pudor.
Pivot, con su sonrisa imborrable y su ingenio atento, ha resistido tres décadas. Dice, además, que desea fundar un canal enteramente dedicado a los libros. Ojalá pueda.






