
El amor más grande
La religiosa de Calcuta se propuso dejar al mundo su mensaje a través del libro No greater love (No hay amor más grande), un compendio de cartas y reflexiones de próximo lanzamiento. La Nacion ofrece aquí uno de sus capítulos, titulado On love (Sobre el amor), mientras la Iglesia sigue debatiendo acerca de santificarla y millones de personas -el credo es lo de menos- lloran su desaparición
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Jesus vino a este mundo con un propósito. Vino a darnos la buena noticia de que Dios nos ama, que El los ama, y que El me ama. ¿Cómo los amó a ustedes y me amó a mí? Ofrendando Su vida.
Dios nos ama con ternura. Eso es todo lo que Jesús vino a enseñarnos: el tierno amor de Dios. "Los he llamado por el nombre de ustedes, ustedes son míos" (Isaías 43,1 NAB).
Todo el evangelio es muy, muy sencillo. ¿Me aman? Obedezcan mis mandamientos. Da vueltas y gira simplemente para llegar a una cosa: ámense los unos a los otros.
"¡Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente!" (Deuteronomio 6,5 KJV). Este es el mandamiento de nuestro gran Dios, y El no puede ordenar lo imposible. El amor es un fruto, maduro en todo momento y al alcance de todas las manos. Cualquiera puede tomarlo y no hay límites impuestos.
Todos pueden alcanzar ese amor a través de la meditación, el espíritu de la oración y el sacrificio, por medio de una intensa vida interior. No piensen que el amor, para ser genuino, tiene que ser extraordinario.
Lo que necesitamos es amar sin cansarnos. ¿Cómo se mantiene encendida una lámpara? A través de la continua alimentación de pequeñas, pequeñas gotas de aceite. ¿Qué son esas gotas de aceite en nuestras lámparas? Son las pequeñas cosas de la vida diaria: la fidelidad, pequeñas palabras de amabilidad, pensar en los demás, nuestra forma de permanecer en silencio, de mirar, de hablar y de actuar. No busquen a Jesús fuera de ustedes. No está afuera. Está dentro de ustedes. Mantengan encendida la lámpara y Lo reconocerán.
Las palabras de Jesús "ámense unos a otros como yo los he amado" no sólo deberían ser una luz para nosotros sino una llama que consuma el egoísmo que impide el crecimiento de la santidad. Jesús "nos amó hasta el fin", hasta el propio límite del amor: la cruz. Este amor debe provenir del interior, de nuestra unión con Cristo. Amar debe ser tan normal para nosotros como vivir y respirar, días tras día hasta nuestra muerte.
Corazón humilde
He experimentado muchas debilidades humanas, muchas fragilidades humanas, y todavía las experimento. Pero debemos usarlas. Debemos trabajar para Cristo con un corazón humilde, con la humildad de Cristo. El viene y nos usa para que seamos Su amor y compasión en el mundo a pesar de nuestras debilidades y fragilidades.
Cierto día ayudé a levantarse a un hombre que estaba tirado en una zanja. Su cuerpo estaba cubierto de gusanos. Lo traje a nuestro hogar, y ¿qué dijo ese hombre? No maldijo. No culpó a nadie. Simplemente señaló: "He vivido como un animal en las calles, pero voy a morir como un ángel, amado y cuidado". Nos llevó tres horas limpiarlo. Finalmente, el hombre miró a una joven monja y dijo: "Hermana, me voy con Dios". Y luego murió. Nunca había visto una sonrisa tan radiante en un rostro humano como la que vi en el rostro de ese hombre. Se fue a su hogar junto a Dios. ¡Ven lo que puede hacer el amor! Es posible que la joven monja no haya pensado en eso en ese momento, pero estaba tocando el cuerpo de Cristo. Jesús lo dijo cuando expresó: "Tanto cuanto hayan hecho por uno de mis hermanos necesitados, lo hicieron por mí" (Mateo 25,40 RSV). Y aquí es donde ustedes y yo encajamos en el plan de Dios.
Comprendamos la ternura del amor de Dios. Puesto que El dice en las Escrituras "aunque una madre pueda olvidar a su hijo, yo no los olvidaré. Los llevo grabados en la palma de la mano" (ver Isaías 49, 15-16).
Cuando se sientan solos, cuando se sientan despreciados, cuando se sientan enfermos y olvidados, recuerden que son preciados para El. El los ama. Muestren ese amor entre sí, puesto que eso es todo lo que Jesús vino a enseñarnos.
Recuerdo el caso de una madre de doce hijos, y entre ellos, la más pequeña estaba terriblemente mutilada. Es imposible para mí describir esa criatura. Me ofrecí voluntariamente para darle la bienvenida a esa niña en nuestro hogar, donde hay muchos otros chicos de similar condición. La mujer rompió a llorar. "Por Dios, Madre -exclamó- no me diga eso. Esta criatura es el mayor don de Dios para mí y para mi familia. Todo nuestro amor está centrado en ella. Nuestra vida estaría vacía si se la llevara de nuestro lado".
El amor de esa madre era un amor pleno de comprensión y de ternura. ¿Existe un amor como ése hoy? ¿Nos damos cuenta de que nuestro hijo, nuestro esposo, nuestra esposa, nuestro padre, nuestra madre, nuestra hermana o nuestro hermano necesitan de esa comprensión, de la calidez de nuestra mano?
Nunca me olvidaré de aquel día en Venezuela cuando fui a visitar a una familia que nos había regalado una oveja. Fui a agradecerle y allí vi que tenían un hijo tullido. Le pregunté a la madre cómo se llamaba el niño y me dio una respuesta de lo más hermosa: "Lo llamamos maestro del amor porque nos sigue enseñando a amar. Todo lo que hacemos por él es nuestro amor por Dios en acción".
Valemos mucho ante los ojos de Dios. Nunca me canso de decir que Dios nos ama. Es algo maravilloso que el propio Dios me ame tiernamente. Por eso deberíamos tener coraje, alegría y la convicción de que nada podrá separarnos del amor de Cristo.
Para conquistar el mundo
Siento que también muy a menudo nos concentramos solamente en el aspecto negativo de la vida, en lo que es malo. Si estuviéramos más dispuestos a ver lo bueno y las cosas hermosas que nos rodean podríamos ser capaces de transformar a nuestras familias.
Desde allí podríamos cambiar a nuestros vecinos de al lado, y luego a otros que viven en nuestro vecindario o localidad. Podríamos llevar paz y amor a nuestro mundo, que tanto anhela esas cosas.
Si realmente quisiéramos conquistar el mundo, no podríamos hacerlo con bombas ni con otras armas de destrucción. Conquistemos el mundo con nuestro amor. Entrelacemos nuestra vida con eslabones de sacrificio y amor, y será posible para nosotros conquistar el mundo.
No necesitamos realizar cosas grandiosas para mostrar un gran amor por Dios y por el prójimo. Es la intensidad del amor que ponemos en nuestros gestos lo que los convierte en algo hermoso para Dios.
La paz y la guerra comienzan dentro del propio hogar de uno. Si realmente queremos la paz para el mundo, comencemos amándonos dentro de nuestras respectivas familias. A veces es difícil para nosotros sonreírnos los unos a los otros. A menudo es difícil para el esposo sonreírle a la esposa, o a la esposa sonreírle al esposo.
Es fácil amar a aquellos que viven lejos. No es siempre fácil amar a aquellos que viven muy próximos a nosotros. Es más fácil ofrecer un plato de arroz para saciar el hambre de alguien que consolar a quien se siente solo y angustiado en nuestro propio hogar, y no se siente amado.
Quiero que vayan y encuentren a los pobres en sus propios hogares. Sobre todo, el amor de ustedes debe comenzar allí. Quiero que ustedes sean la buena noticia para aquellos que los rodean. Quiero que les concierna su vecino de al lado. ¿Saben quién es su vecino?
El verdadero amor es el que nos causa dolor, el que duele, y no obstante nos trae alegría.
Por eso debemos orar a Dios y pedirle que nos conceda el coraje de amar.
A partir de la abundancia del corazón, la boca habla. Si el corazón de cada uno de ustedes está lleno de amor, ustedes hablarán de amor. Quiero que llenen sus corazones de gran amor. No imaginen que el amor, para ser auténtico y encendido, debe ser extraordinario. No; lo que necesitamos en nuestro amor es el permanente deseo de amar a Aquel que amamos.
Cierto día encontré entre una pila de escombros a una mujer que volaba de fiebre. A punto de morir, seguía repitiendo: "¡Mi hijo, fue mi hijo quien me hizo esto!" La llevé en brazos hasta el convento y en el camino le pedí que perdonara a su hijo. Pasó un buen rato antes de que pudiera oírla decir: "Sí, lo perdono". Y lo hizo con un genuino sentimiento de perdón, a poco de expirar. La mujer no tenía conciencia de que estaba sufriendo, de que hervía de fiebre, de que se estaba muriendo. Lo que le destrozaba el corazón era la falta de amor de su propio hijo.
Las almas santas a veces son sometidas a una gran prueba interior y conocen la oscuridad. Pero si queremos que otros tomen conciencia de la presencia de Jesús, debemos ser los primeros en estar convencidos de ello.
Ni sucio, ni débil, ni tibio
Existen miles de personas a las que les gustaría tener lo que tenemos, aunque Dios nos ha elegido para que estemos donde estamos hoy y compartamos la alegría de amar a otros. Él quiere que nos amemos los unos a los otros, nos entreguemos unos a otros hasta que duela.
No importa cuánto damos sino cuánto amor ponemos en nuestra entrega.
Según las palabras de nuestro Santo Padre, cada uno de nosotros debe ser capaz de "limpiar lo sucio, calentar lo tibio, fortalecer lo débil, iluminar lo oscuro". No debemos tener miedo de proclamar el amor de Cristo ni de amar como El amó.
Donde está Dios, hay amor; y donde hay amor, siempre habrá sinceridad para servir. El mundo está deseoso de Dios.
Cuando todos vemos a Dios en cada uno, nos amaremos como El nos amó a todos nosotros. Ese es el cumplimiento del precepto, amarse los unos a los otros. Eso es todo lo que Jesús vino a enseñarnos: que dios nos ama, y que El quiere que nos amemos como El nos amó.
Debemos saber que fuimos creados para cosas mayores, no sólo para ser un número más en el mundo, no sólo para aspirar a diplomas o títulos, o a tal o cual trabajo. Hemos sido creados para amar y ser amados.
Siempre sean fieles a las pequeñas cosas, puesto que en ellas radica nuestra fuerza. Para Dios nada es pequeño. El no puede hacer nada pequeño; son infinitas. Practiquen la fidelidad en las cosas mínimas, no por el propio bien de ellas sino por el bien de esa gran cosa que es la voluntad de Dios, y a la que yo respeto sobremanera.
No vayan tras realizaciones espectaculares. Debemos deliberadamente renunciar a todos los deseos para ver el fruto de nuestra labor, hacer todo lo que podamos lo mejor que podamos, y dejar el resto en las manos de Dios. Lo que importa es el don que hay en cada uno de ustedes, el grado de amor que ponen en cada una de sus acciones.
No se dejen descorazonar por cualquier fracaso mientras hayan hecho lo mejor posible. Tampoco se vanaglorien por el éxito, y remitan todo a Dios con el más profundo agradecimiento.
Desaliento que es orgullo
Si uno está desalentado es una señal de orgullo porque eso demuestra que uno confía en los poderes propios. No se molesten por las opiniones de la gente. Sean humildes y nunca estarán perturbados. El Señor ha querido que yo esté aquí donde estoy. Y ofrecerá una solución.
Cuando nos ocupamos de los enfermos y los necesitados tocamos el cuerpo doliente de Cristo, y ese contacto nos vuelve heroicos; nos hace olvidar la repugnancia y las tendencias naturales que hay en nosotros. Necesitamos los ojos de una fe profunda para ver a Cristo en el cuerpo lacerado y las sucias prendas debajo de las cuales se oculta el más hermoso de los hijos de los hombres. Necesitaremos las manos de Cristo para tocar esos cuerpos desgarrados por el dolor y el sufrimiento. El amor intenso no mide; sólo da.
Nuestras obras de caridad no son sino el flujo de nuestro amor de Dios desde adentro.
La caridad es como una llama viva: cuanto más seco el combustible tanto más intensa la llama. De la misma manera, nuestros corazones cuando están libres de todas las causas terrenales se comprometen con un franco servicio. El amor de Dios debe hacer surgir un servicio total.
Cuanto más desagradable el trabajo tanto mayor debe ser el amor, ya que pide socorro al Señor disimulado en los andrajos de los pobres.
La caridad, para ser fructífera, debe costarnos. En realidad, mucho oímos hablar de la caridad, pero nunca le damos una importancia cabal: Dios puso el mandamiento de amar al prójimo en un pie de igualdad con el primer mandamiento.
Para que seamos capaces de amar debemos tener fe porque la fe es amor en acción, y el amor en acción es servicio. Para que seamos capaces de amar tenemos que ver y tocar. La fe en acción por medio de la oración, la fe en acción a través del servicio: cada una es la misma cosa, el mismo amor, la misma compasión.
Pasaron algunos años, pero nunca me olvidaré de una jovencita francesa que vino a Calcuta. Parecía estar muy preocupada. Vino a trabajar en nuestro hogar para menesterosos moribundos. A los 10 días, vino a verme personalmente. Me abrazó y me dijo: "¡Encontré a Jesús!" Le pregunté entonces dónde lo había encontrado. "Lo encontré en el hogar para menesterosos moribundos", me respondió. "¿Y qué hiciste después de haberlo encontrado?", inquirí. "Me confesé y comulgué por primera vez después de 15 años", señaló la joven francesa. "¿Qué más hiciste?", le pregunté. "Les mandé un telegrama a mis padres para decirles que había encontrado a Jesús", me contestó. Entonces la miré y le dije: "Ahora empaca tus cosas y vete a casa, y lleva alegría, amor y paz a tus padres". La joven se fue a su casa radiante de alegría. ¡Y cuánta alegría llevó a su familia! ¿Por qué? Porque había perdido la inocencia de su juventud y la había recuperado.
Dios ama a quien da con alegría. Un corazón jubiloso es el resultado normal de un corazón encendido de amor. La alegría es fuerza. Los pobres se sentían atraídos por Jesús porque un poder superior moraba en El y emanaba de El, a través de sus ojos, sus manos, su cuerpo, completamente liberado y presente ante Dios y los hombres.
De hambres y alegrías
Que nada nos perturbe y nos llene de pena o desaliente como para hacernos perder la alegría de la resurrección. La alegría no es simplemente un cuestión de temperamento al servicio de Dios y de las almas; siempre es difícil. Lo que es un motivo más por el que deberíamos tratar de adquirirla y hacerla crecer en el corazón. Acaso no podamos dar mucho, pero siempre podemos dar la alegría que emana de un corazón enamorado de Dios.
En todo el mundo la gente está hambrienta y sedienta del amor de Dios. Satisfacemos esa hambre y esa sed propagando la alegría. La alegría es una de las mejores salvaguardias contra la tentación. Jesús puede tomar posesión plena de nuestra alma sólo si ésta se entrega jubilosamente.
Alguien me preguntó una vez si estaba casada. Yo le respondí: "Sí, y a veces se me hace difícil sonreírle a Jesús porque suele ser muy exigente". Dios está dentro de mí con una presencia más íntima que aquella por la cual yo estoy en mí misma: "En El vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser" (Leyes 17,28 NAB). Es El quien da vida a todo, quien da poder y ser a todo lo que existe.
Pero de no ser por el sostén de su presencia, todas las cosas dejarían de ser y caerían en la nada. Consideren que están en Dios, rodeados y abarcados por Dios, flotando en Dios.
El amor de Dios es infinito. Con Dios, nada es imposible.
(c) La Nacion
(Traducción de Luis Hugo Pressenda)





