
El año que viene a la misma hora
Por Gabriela Pousa Para LA NACION
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"El totalitarismo no busca un gobierno despótico sobre los hombres, sino que busca un sistema en que los hombres son superfluos."
Hannah Harendt
POSIBLEMENTE los argentinos seamos personajes de ficción creados por un guionista cuya decisión de mantenerse en el anonimato es un flagrante síntoma de cobardía. De otro modo no podría explicarse el hecho nada fortuito de que estamos asistiendo, en este final de 2002, a sus mismos comienzos.
Que la Argentina se ha mantenido estancada en su nada no es novedad, y que su parálisis sigue siendo general no lo es tampoco.
Sin embargo, ni una cosa ni la otra explican esta sensación de ser parte de una época ya conocida, que no habrá de legar, por más ingenio que se aplique a buscarla, ninguna página de gloria a la historia nacional. Un compendio de silencio será el solo resultante de un lapso prolongado que muere para resucitar sin cambios y, lo que es más grave todavía, sin que haya servido para obtener de sus vivencias algún aprendizaje bien aplicado a la práctica para que de él se aproveche la experiencia.
Ni siquiera estamos en condiciones de manifestar el asombro que alguna vez sintieron los actores Alan Alda y Ellen Burstyn en el muy recordado film El año que viene a la misma hora . Porque si bien estamos a poco más de un año de los acontecimientos que angustiaron a la República y nuestros relojes repiten implacablemente las mismas horas, no hay cambios contundentes que muestren un proceso de crecimiento coherente.
La sociedad argentina parece inclinada hacia el prototipo del inmaduro perpetuo. Este arquetipo, bien descripto por Pascal Brukner, se revela como deseoso de una libertad absoluta, pero reticente a asumir las responsabilidades intrínsecas que la libertad acarrea. En consecuencia, el Estado se erige en tutor sin límites de los inmaduros, pero impone sus exigencias.
En ese sentido, los argentinos calzamos perfectamente en el modelo mencionado, al atesorar nuestros derechos cívicos y ciudadanos rechazando al mismo tiempo los deberes contenidos en la otra cara de la moneda.
No hay forma de redimir la culpa de la dirigencia política, de cuya destreza para la inoperancia sistemática hay férreas y contundentes pruebas. Pero los dirigentes no son los únicos en falta: tampoco los ciudadanos quedamos redimidos por la carencia de acción, si tenemos en cuenta que nos hemos detenido antes de haber emprendido el camino que ha seguido toda sociedad al verse inmersa en lo que en estos casos se da en llamar "la crisis más aguda de la historia".
Está visto que la agudeza de esa crisis, más allá de las diatribas que ha generado, se ha filtrado en la ciudadanía de manera tal que potenció su faz más apática y su grado máximo de desidia. La creatividad fue tan trivial que no pasó de un slogan confuso, o confundido, pidiendo que se fueran todos. Ya se sabe que todos y nadie son uno en este circo.
Un año después, el antes sigue marcando el ritmo de la coyuntura hasta el punto de hacer que lo coyuntural sea sinónimo de eterno. Desde tiempos inmemoriales nuestro país está atravesando una "crisis coyuntural". La categoría de mito que ha adquirido ese mal ya es parte de la idiosincrasia nacional. ¿Acaso podríamos vivir sin crisis en la Argentina? ¿Cuál sería el papel que deberíamos jugar, el de Hamlet con sus preguntas sin respuesta o el de un Quijote buscando enemigos fantasmales a quienes culpar por una realidad que no es capaz de ver tal como es?
En los albores de 2003, el escenario no se ha modificado sustancialmente. Si bien la aplicación sin prisa pero sin pausa del error ha cercenado las bases estructurales de la Nación (léase devaluación, default , inútil omnipotencia, voluntaria ceguera, etcétera), siguen en escena idénticos protagonistas recitando un libreto sin originalidad.
Como escenografía, la Plaza de Mayo se abre como una suerte de circo romano donde se han de soltar leones y gladiadores hasta que queden exhaustos. En la vereda de enfrente, se observa el espectáculo desde despachos donde se firman con la mano y se borran con el codo pactos que parecen eufemismos de otros tantos negociados.
La falta de respeto sigue corroyendo al poder. La desfachatez de negar lo que se afirma a dos días de haberlo dicho está a la orden del día, como cuando Fernando de la Rúa juraba que seguiría "gobernando" hasta finalizar su mandato.
Para las celebraciones que debían acontecer el último 9 de julio para festejar el final de la recesión sólo tuvimos invitaciones apócrifas. Falló el anfitrión. Mientras tanto, el diálogo social parece haber enmudecido. Hay voces cuyos ecos continúan intercambiando opiniones con miras a la acción, pero se propagan en el desierto de un país que ya no es. El CER ha impedido levantar la hipoteca de sueños y esperanzas, ahuyentando a una generación de compatriotas que eligieron el exilio o que, citando la obra de Camus, hoy son extranjeros en su propio suelo.
Radicales y peronistas permanecen lidiando hasta el desconcierto por quimeras harto conocidas, con alianzas que más expresan estrategias que coincidencias y pugnas internas que continuaron durante 365 días, alterándolo todo. Y es que hasta los que son incapaces de aprender se han puesto a enseñar. De ellos aprendimos verbos como "cajonear", "defaultear" y seguimos conjugando otros como "postergar" y "sufragar".
Y aún puede escucharse a aquel energúmeno que, cargando un electrodoméstico sobre sus hombros, corría por la avenida principal de la ciudad gritando a los demás: "El año que viene a la misma hora", frase exacta que define una película ya vista, cuyo final no sé si estamos dispuestos a protagonizar.
La autora es analista política y docente universitaria. Escribió La opinión pública, nuevo factor de poder.





