
El antisemitismo no es una cuestión del pasado, es un desafío de hoy
El antisemitismo suele ser abordado como un fenómeno histórico, asociado a los peores crímenes del siglo XX. Ese enfoque es insuficiente y peligroso. Hoy, el antisemitismo es un problema actual, concreto y violento, que atenta contra derechos fundamentales y exige respuestas inmediatas del Estado. No pertenece al pasado: opera en el presente y se manifiesta con una intensidad que no admite indiferencia ni ambigüedades.
Esta realidad quedó en evidencia en la reciente Conferencia Internacional sobre la Lucha contra el Antisemitismo, en la que participé en Jerusalén, donde representantes de distintos países analizamos el avance global del odio, la discriminación y el terrorismo. Allí quedó claro que el antisemitismo ya no es solo una amenaza latente. Es una forma activa de agresión que erosiona la convivencia democrática y pone en riesgo valores esenciales de las sociedades libres.
Cuando una persona es atacada por su religión, su origen o su identidad, no está en riesgo únicamente esa víctima. Se ven afectados el principio mismo de igualdad ante la ley y la protección de la dignidad humana. La injusticia cometida contra uno solo es, siempre, una amenaza dirigida contra todos.
La Argentina conoce bien esta realidad. Nuestro país, que alberga una de las comunidades judías más importantes del mundo, fue víctima de dos atentados terroristas de extrema gravedad: el ataque contra la embajada de Israel, en 1992, y el atentado contra la AMIA, en 1994, que dejó 85 personas asesinadas y cientos de heridos. Esos crímenes no fueron episodios aislados ni errores del pasado. Fueron actos de terrorismo internacional que siguen exigiendo memoria, verdad y justicia.
En el contexto actual, marcado por el recrudecimiento del antisemitismo a nivel global, no hay lugar para relativismos. El terrorismo que perpetró la masacre del 7 de octubre es el mismo terrorismo que atacó a la Argentina décadas atrás. Cambian los escenarios, pero no la lógica del odio ni sus consecuencias. Frente a ese fenómeno, no existen explicaciones culturales ni excusas políticas que lo justifiquen.
Como ha señalado el presidente Javier Milei, la Argentina ha definido con claridad de qué lado está: del lado de quienes defienden la vida, la libertad y la propiedad, y enfrentan sin titubeos al terrorismo.
Desde el inicio de esta gestión, el Estado argentino fijó una postura inequívoca. Declaramos a Hamas como organización terrorista, fortalecimos el sistema de inteligencia nacional y respaldamos el derecho de Israel a ejercer su legítima defensa. Las amenazas complejas requieren respuestas firmes, instituciones modernas y un Estado que actúe dentro de la ley, pero sin pasividad.
La lucha contra el antisemitismo, sin embargo, no se agota en el plano internacional. Se libra también en el ámbito interno, donde la educación, la justicia y el castigo efectivo frente al delito cumplen un rol central. Educar es formar ciudadanos en valores irrenunciables: el respeto por la dignidad humana, la igualdad ante la ley y la convivencia pacífica. Recordar el pasado no es un ejercicio simbólico: es una herramienta para prevenir nuevas agresiones.
Cuando el odio se expresa en las escuelas, en las redes sociales o en el espacio público, el Estado debe intervenir. No minimizar, no justificar, no mirar hacia otro lado. La libertad de expresión no ampara la incitación al odio ni la violencia. Frente al delito, corresponde una respuesta clara de la Justicia, con sanciones justas y proporcionales que transmitan un mensaje inequívoco: en la Argentina no hay lugar para la impunidad.
En ese sentido, promovimos denuncias concretas frente a hechos de discriminación y odio, acompañando a las víctimas y activando a la Justicia para que actúe. También impulsamos una reforma integral del Código Penal que incorpora la discriminación como agravante de los delitos y tipifica conductas vinculadas al odio, incluyendo su difusión mediante nuevas tecnologías. La ley debe proteger a las víctimas y fijar límites precisos frente a quienes creen que el anonimato o las plataformas digitales los eximen de responsabilidad.
Además, avanzamos en saldar una deuda histórica con la causa AMIA. La sanción de la ley de juicio en ausencia permitirá que el proceso continúe contra los responsables del atentado, aun cuando se nieguen a someterse a la Justicia. No se trata de revancha, sino de justicia. De afirmar que los crímenes de lesa humanidad no prescriben ni quedan impunes.
Combatir el antisemitismo no es una consigna del pasado ni un gesto simbólico. Es una obligación concreta del presente. Como sostiene el presidente Javier Milei, basta de impunidad. Frente al odio, la discriminación y el terrorismo, el Estado no puede ser neutral ni ambiguo. Defender la vida, la libertad, la propiedad y la familia es defender los pilares mismos de una sociedad libre. Esa es la convicción que guía nuestra acción y el compromiso que la Argentina asume ante su propio pueblo y ante el mundo.
Ministro de Justicia de la Nación





