
El ascenso de Hitler: de la decadencia al poder
En A treinta días del poder (Edhasa), el historiador norteamericano investiga en detalle el mes previo a que Hitler se convirtiera en canciller alemán y llega a una conclusión desmitificadora: para ese entonces el nazismo estaba en una curva descendente, lejos del apogeo
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En el verano de 1932 Hitler era el político de más éxito de Alemania, lo que suponía un impresionante logro para alguien que había llegado al país diecinueve años antes desde Austria, un artista frustrado con una formación académica mínima, recién salido de los refugios vieneses para desahuciados en los que se había visto obligado a vivir durante varios años. Desde el momento en que se unió al incipiente movimiento nazi en 1919, tras servir en el Ejército alemán como cabo en el frente occidental, hasta que se suicidó entre las ruinas de Berlín un cuarto de siglo más tarde, la política ocupó el centro de su vida. Pronto se erigió en el guía del partido --el Führer-- y logró una autoridad plena dentro de éste. Ejerciendo un dominio mesiánico sobre sus seguidores, forjó una desarrapada corte de radicales y reaccionarios, intelectuales y matones, profesionales fracasados e inquietos veteranos de guerra y los convirtió en una impresionante organización que combinaba de manera efectiva el liderazgo carismático y la disciplina burocrática.
El nazismo no era un partido político corriente, sino más bien, como Hitler repitió con incansable insistencia, un movimiento que requería una entrega total e incondicionada por parte de sus miembros. Después de pasar más de un año en prisión a resultas del putsch frustrado, Hitler volvió a emerger imperturbable y reconstruyó su partido en ruinas, y, tras abandonar cualquier esperanza de derrocar a la República por la fuerza, se preparó para lograrlo por medios legales en las urnas. Durante la segunda mitad de la década de los años veinte, cuando la estabilización política permitió a la amenazada República consolidarse bajo auspicios políticos moderados, Hitler mantuvo la unidad del partido al margen de la política nacional a fuerza de puro carácter. Cuando millones de alemanes sufrían la angustia y el abatimiento de la Gran Depresión, formó toda una multitud de seguidores por medio de una demagogia desenfrenada y un calculado embaucamiento.
La clave del éxito del futuro dictador reside en la imagen que ofrecía de sí mismo. A los ojos de aquellos que no sucumbieron a su hechizo, físicamente recordaba al estereotipo popular de un barbero o un camarero; pero su hábil manipulación de la opinión pública (sólo se dejaba fotografiar en posturas que le favoreciesen y por un fotógrafo experto fiel a su causa, por ejemplo) construyó una imagen de sí mismo capaz de transmitir profundidad y dedicación abnegada a millones de alemanes atribulados. Cuando actuaba como político irradiaba con extraordinaria intensidad una convicción y certidumbre que muchos encontraban irresistible, especialmente en tiempos inestables. El talento de Hitler como orador lo convirtió en el mayor demagogo de su tiempo. Con una energía física desconocida para la mayoría de sus contemporáneos llevaba a su sensible audiencia al borde de la histeria colectiva mediante discursos prolongados, apasionados, que explotaban con gran habilidad la inseguridad y prejuicios de aquélla. Y lograba un efecto semejante cuando mantenía conversaciones con sus seguidores, abrumándolos con un torrente de palabras y desarmándolos con su arrollador aplomo.
Lo que en última instancia convirtió a Hitler en una verdadera amenaza política fue, no obstante, su habilidad para enmascarar su brutal fanatismo tras una fachada de normalidad siempre que esta actitud podía servir a sus propósitos. Cuando consideraba ventajoso sembrar el favor de personas influyentes, era capaz de mostrarse amable y respetuoso, e incluso humilde. Cuando perseguía una victoria sobre aquellos que sabía que no compartían sus opiniones extremistas, ocultaba sus verdaderas intenciones. Esta característica había permitido a Hitler convertirse en una figura de peso en el panorama político alemán de 1932, a pesar de que nunca había sido elegido para ocupar un cargo en el gobierno.
Con la esperanza de ganarse el apoyo de los nazis, el canciller (Franz) Von Papen había llegado, con la conformidad del influyente general (Kurt von) Schleicher, a lo que creía que era un acuerdo con Hitler para hacerse con el poder en junio de 1932. Cuando le preguntó al dirigente nazi si estaba dispuesto a colaborar con el gabinete, éste manifestó su intención de acceder siempre que se cumpliesen dos condiciones: que se levantase la prohibición que el gabinete de Brüning había impuesto sobre sus tropas de asalto y que se disolviese el Reichstag elegido en 1930 para dejar paso a unas nuevas elecciones, a pesar de que aún le quedaban dos años de legislatura. Von Papen no tardó en lograr el permiso del presidente (Paul) Von Hindenburg para llevarlas a cabo. Además, aprovechó un sangriento brote de violencia política entre nazis y comunistas como pretexto para recurrir a los poderes extraordinarios del presidente y destituir al Gobierno de Prusia. Este era con mucho el mayor de los diecisiete Estados federales de la República, y como tal, un objetivo político prioritario, ya que comprendía, en cuanto a territorio y población, tres quintas partes de Alemania. La adquisición de su gobierno por parte del gabinete de Von Papen dejó impotente al gabinete republicano de socialdemócratas y católicos del centro de Prusia, que había sido durante mucho tiempo una espina para la derecha, y en concreto para los nazis.
Las nuevas elecciones generales, que se celebraron a finales de julio de 1932, resultaron catastróficas para los partidos moderados. Tuvieron lugar en el momento más duro de la Depresión, cuando la desesperación y la rabia convirtieron a millones de personas en objetivo sumamente vulnerable de la demagogia extremista de la izquierda y la derecha. Los comunistas minaron las fuerzas de los socialdemócratas, mientras que los nazis doblaron con creces los resultados de 1930. Tras conseguir un 37,4 por ciento de los votos y doscientos treinta escaños, el partido de Hitler logró reemplazar al de los socialdemócratas como partido más numeroso del Reichstag.
Después de las elecciones de julio, Hitler renegó de sus promesas de cooperación con el gabinete de Von Papen y reclamó para sí mismo el cargo de canciller. Imbuido por su triunfo en los comicios, el enemigo consumado de la democracia empezó a invocar los principios democráticos, afirmando que, en cuanto dirigente del partido más fuerte del Parlamento, tenía derecho a presidir el Gobierno. En lugar de eso, Von Papen le ofreció el cargo de canciller adjunto de su propio gabinete, así como diversos cargos ministeriales para otros nazis. Pero Hitler renunció indignado, afirmando que el de canciller adjunto era un título vacío, sin ninguna autoridad. Cuando el presidente Hindenburg recibió personalmente al dirigente nazi a mediados de agosto y le preguntó si él u otros miembros de su partido tenían interés en formar parte del gabinete de Von Papen, Hitler exigió de nuevo la cancillería. Hindenburg, al que los dos encuentros anteriores con el hombre al que se refería en privado como "el cabo" le habían infundido un profundo recelo, rechazó su petición de manera categórica. Además, su oficina dio a la prensa una versión del encuentro que hizo a Hitler objeto del reproche general al dar a entender que el dirigente nazi había reclamado un poder total e insinuando que Hitler había roto la promesa personal que había hecho al presidente de colaborar con el gabinete de Von Papen. Ni la conciencia de Hindenburg ni su deber para con el Estado podían permitir, según el comunicado oficial, que el presidente entregase el poder a un movimiento que pretendía usarlo con intenciones partidistas. Hitler, furioso, respondió al ataque declarando su total oposición al gabinete de Von Papen.
El rechazo por parte de Hindenburg al intento de Hitler por hacerse con el poder tranquilizó a los republicanos alemanes. La mayoría había respaldado en la primavera la reelección del viejo mariscal de campo (por la única razón de que no había ningún otro candidato capaz de derrotar a Hitler), no sin recelo, pues temían que el hecho de que Hindenburg hiciera uso de los poderes presidenciales extraordinarios para burlar la autoridad legislativa del Reichstag estaba minando la Constitución. Los republicanos, que habían respetado al (anterior) canciller (Heinrich) Brüning, quedaron consternados cuando Hindenburg nombró a Von Papen canciller de un gabinete reaccionario que apenas contaba con respaldo en el Reichstag. Y a esta preocupación se añadió la que provocó la voluntad del presidente tras las elecciones de negociar con Hitler y otros nazis funciones secundarias en el gabinete. Sin embargo, y a pesar del triunfo electoral de los nazis, Hindenburg parecía haber descartado la posibilidad de que Hitler se convirtiese en canciller, y ambos habían acabado como rivales políticos. Los republicanos, por lo tanto, podían al menos consolarse pensando que, por más que el presidente pudiese forzar la Constitución, nunca la traicionaría poniendo a Adolf Hitler a la cabeza del Gobierno.
La confianza que los republicanos habían depositado en Hindenburg se habría tambaleado sin duda de haber conocido lo que, en privado, había acordado el presidente, tan sólo dos semanas después de rechazar a Hitler. El alegato de oposición del dirigente nazi puso a Von Papen ante un posible voto de censura cuando se reuniese el nuevo Reichstag. Aquél sólo contaba con el apoyo de un único partido de relevancia, el de los reaccionarios del Partido Nacional del Pueblo Alemán, que en el pasado se habían aliado con los nazis pero acabaron rompiendo con ellos dramáticamente a raíz, entre otras cosas, de las elecciones presidenciales. En total, menos de un 10 por ciento de la cámara apoyaba a Von Papen. Incluso existía la posibilidad de que las avanzadas negociaciones entre nazis y católicos del centro, que juntos gozaban de mayoría en el nuevo Reichstag, pudiesen desembocar en un resurgimiento de la autoridad parlamentaria y dar paso a un gabinete de coalición católico-nazi capaz de derribar a Von Papen del poder. Hindenburg, no obstante, era reacio a deshacerse de éste, por lo que a finales de agosto accedió a la petición del canciller de un decreto que diese a éste la facultad de disolver el Reichstag si le parecía conveniente. Comoquiera que no podía esperarse un parlamento de composición muy diferente en caso de celebrarse unas nuevas elecciones, el gabinete de Von Papen también requirió --y consiguió-- el beneplácito del presidente para no convocar una nueva ronda de votaciones, que, según estipulaba la Constitución, debía tener lugar dentro de un período de sesenta días desde la disolución del Parlamento. Esto permitiría al gabinete gobernar de manera dictatorial por medio de decretos presidenciales sin temor a que el Reichstag rescindiese dichos decretos o emitiese un voto de censura. Para mantener en el poder a un gabinete elegido por él, Hindenburg dio el visto bueno a una violación de la Constitución que había jurado mantener.




