
El asesinato de Luis María Argaña
1 minuto de lectura'
Con fuerza inusitada acaba de ser nuevamente golpeado el rostro, a menudo maltrecho, de la democracia latinoamericana. El asesinato de Luis María Argaña, vicepresidente del Paraguay, retrotrae la vida de ese país a etapas de descontrol institucional que se creían y deseaban superadas. Pero esa presunción ha resultado falsa, y la barbarie fratricida, que envenenó durante tanto tiempo los enfrentamientos cívicos en los países de la América hispana, ha vuelto a dejar su marca.
La perversidad del crimen, de todo crimen, adquiere una especial proyección cuando responde a una motivación política, al designio evidente de pesar sobre acontecimientos previsibles mediante la desaparición cruenta de uno de los hombres llamados a protagonizarlos. Se suma así, a la saña del asesinato, la voluntad repudiable de utilizar cualquier medio, aun el más aberrante, para acceder al poder o para retenerlo. Desde ese punto de vista, el crimen del vicepresidente del Paraguay es más que un hecho estremecedor, que conmueve las fibras humanas; es, también, el testimonio de una inducida e inadmisible debilidad institucional en la que seres extraviados se consideran habilitados para apelar a los recursos más ruines con el fin de torcer el rumbo de un proceso público.
Luis María Argaña era un dirigente al que no le resultaban ajenos el fragor de las disputas y el encono de discrepancias antiguas. Líder histórico del Partido Colorado, sus antecedentes como estrecho colaborador de Stroessner le impidieron alcanzar la presidencia cuando compitió por la candidatura partidaria primero contra Juan Carlos Wasmosy y luego contra Lino Oviedo. Acérrimo enemigo de éste, se allanó a ser segundo del presidente Cubas, con la esperanza de que éste mantuviese encarcelado al polémico general.
Pero Oviedo fue liberado y Cubas ha resistido todos los intentos judiciales por volver a reducirlo a prisión. Argaña comenzó, pues, a mover su influencia sobre los legisladores partidarios: el 7 de abril iba a tratar el pedido de juicio político a Cubas. El resto está a la vista: el desconcierto, el temor, la sangre infamando una acera asunceña.
Quizás Argaña no haya sido plenamente un hombre de la democracia, pero su muerte atroz acota de manera extrema y muy peligrosamente las perspectivas democráticas en el país vecino y abre una amenazante instancia de crisis. La transición desde la dictadura añosa a un imperfecto pluralismo está siendo demasiado trabajosa en el Paraguay y este crimen añade una dificultad más; la ciudadanía paraguaya se ve abocada ahora a un redoblado esfuerzo para poder vencer la intimidación y crear las condiciones de libertad y respeto cívico que hasta ahora no han podido ser garantizadas plenamente.





