El atentado de Sarajevo

A 88 años del crimen del archiduque de Austria
A 88 años del crimen del archiduque de Austria
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30 de junio de 2002  

El domingo 28 de junio de 1914, para presenciar maniobras militares, visitó Sarajevo el archiduque Francisco Fernando. Tenía 51 años y era heredero del trono austrohúngaro de su longevo tío emperador Francisco José -ese día, en las playas de Ichl con 84 años a cuestas y 66 de reinado- cuando cayó asesinado con su esposa Sofía: el odio serbio contra el imperio Austro-Húngaro era un infierno. Varios países europeos se recelaban y se armaban por viejas disputas En París, un vaticinio de la afamada vidente Thebes decía que entre 1913 y 1914 sería asesinado un príncipe heredero y las consecuencias involucrarían a toda Europa. Un telegrama sugirió a Viena que el viaje del archiduque potenciaría el odio serbio. Ninguna advertencia fue suficiente. Tampoco pesaron las tragedias que habían precedido en la dramática historia de la familia real.

El asesinato de su sobrino conmovió al rey, golpeó su enfermedad -moriría dos años después, el 21 de noviembre de 1916 en el palacio Schoenbrun de Viena donde había nacido- y ordenó su lento regreso a Viena para las exequias. Quizá ya no valía la pena seguir su mundo de oropeles, pero cargado de atentados y crímenes contra él y su familia. Se sintió solo. El de Sarajevo no era un asesinato más, pero sí el último eslabón de una cadena de tragedias. Cuando el viejo emperador ayudó a evitar la guerra turco-rusa en 1877 y sus aliados lo compensaron cediéndole Bosnia y Herzegovina. Esa anexión y la Triple Alianza que suscribió con Alemania e Italia en 1880 fue el principio del derrumbe imperial. Terminó por ser el de Europa: el crimen de Sarajevo significó la mecha encendida de la conflagración mundial. Costó millones de vidas y no sólo el abismo económico: en lo que fue el Imperio Austro-Húngaro se sucedieron las revoluciones y las guerras étnicas ensangrentaron Bosnia y Herzegovina. La Primera Guerra Mundial también incubaría movimientos que degradaron la condición humana.

El estudiante asesino

Sarajevo amaneció engalanada ese domingo. Pero en una habitación modesta el estudiante de la octava clase del liceo local, Gavrilo Prinzip, de 20 años y oriundo de Grahov, Bosnia, alistaba su pistola Browning con balas explosivas mientras el obrero gráfico Cabinovich, oriundo de Trebinje, Herzegovina, acondicionaba bombas con vestigios de la fábrica de cañones serbios Kravujevac. Algunas ya estaban en "buenas manos" o en su destino. Se trataba de un verdadero complot.

Después del atentado se encontraron dos bombas con resortes debajo de la mesa donde debía almorzar el archiduque. Otra esperaba en la chimenea de la habitación que no alcanzó a usar la duquesa. Se supo que siete bombas más estaban en poder de una mujer complotada. Arrestaron a seis compañeros de liceo del magnicida -anarquista confeso- y en su habitación hallaron cartas propias de una organización y abundante dinero. Un joven carpintero italiano -de apellido Alesandrino- arrestado recién llegado a Viena desde Patterson, Nueva Jersey, confesó a la policía austríaca que allá sabía del atentado que se preparaba en Sarajevo.

El día del crimen en la estación de Sarajevo las autoridades esperaban ansiosas. La multitud alborotaba el trayecto hasta el palacio municipal: sabían que los visitantes divulgaron que visitarían la leal Sarajevo. La ovación y vivas destinados a la caravana de automóviles no hacían presentir la tragedia. El obrero gráfico Cabinovich arrojó su bomba al paso del automóvil y el archiduque la rebotó con un brazo. Al caer explotó. El príncipe y su esposa salieron ilesos, pero varias esquirlas -que también averiaron la carrocería del automóvil- hirieron al conde Waldeck y al coronel Merizzi, además de a otros cuatro miembros del séquito.

El criminal fue apresado y el automóvil volvió a arrancar. Se asegura que la duquesa -que esperaba terminar bien el día de otro aniversario de su boda principesca- rogó al archiduque que suspendiera la visita al palacio municipal. La misma versión sostiene que fue el gobernador anfitrión, general Potiorek, quien dijo a Francisco Fernando: "Ya pasó todo peligro porque no hay más que un asesino en Sarajevo". Había dos.

El estudiante Prinzip, que logró escabullirse con otros complotados inmediatamente después del fracaso con la primera bomba, aguardaba en la calle Rodolfo la segunda oportunidad.

El archiduque, más confiado, había ordenado al chofer que condujera despacio porque quería observarlo todo. A ese paso resulta posible que haya visto al joven Gavrilo arrojar primero una bomba que no estalló. Eran las 11.30 cuando, inmediatamente -Browning en mano- disparó a corta distancia. Una bala cortó las dos carótidas del archiduque y otra dio en el pecho de la esposa: cayó sobre el marido (el general anfitrión creyó que se había desmayado). El criminal tuvo tiempo de contemplar serenamente su macabra obra hasta que lo apresaron y protegieron del seguro linchamiento. Los moribundos también pudieron cruzar un último, dramático diálogo. "Viva usted para nuestros hijos", parece que le dijo Francisco Fernando a Sofía, creyendo que sobreviviría como para volver a ver a sus tres hijos. Cuando la bajaron, el archiduque se desplomó en el asiento, pálido el rostro, rígidos los enormes bigotes manchados por la boca sangrante (murió poco antes que ella).

Planeta convulsionado

La noticia corrió por el mundo y en Buenos Aires alcanzó a trepar el mismo día como titular de La Razón, mientras que los matutinos -principalmente LA NACION y La Prensa- brindaron generoso espacio al día siguiente. El emperador Guillermo de Alemania, gran amigo del archiduque asesinado, llegado a Kiel para un festival marítimo, suspendió unas regatas. Se consternó en Roma el rey Víctor Manuel y lloró en el Vaticano Pío X La tensión electrizó al mundo. El diario francés Le Soleil advirtió sobre las consecuencias del crimen para toda Europa. El londinense Times tuvo la información del origen de las bombas.

Los cuerpos embalsamados de Francisco Fernando y la condesa Sofía Chotek fueron en tren al Adriático y en el acorazado Viribus Unitis a Trieste. Otro tren los devolvió a Viena, pero las exequias -manipuladas por el príncipe Montenuovo- no tuvieron realce en el Palacio de Hofburg (la gran realeza juró defenestrarlo).

En medio de ese luto -en que se descubrió que la parisiense madame Thebes no tuvo una premonición, sino sólidos contactos con los principales agitadores paneslavistas-, la Primera Guerra Mundial estaba por dispararse. El rey viejo lloraba su destino. Sobrevivía a pesar de que apenas fue herido cuando le disparó el húngaro Libenyi en 1853. Salió ileso en 1891 de una bomba colocada en la vía férrea en viaje a Bohemia, y Jacobo Reich atentó contra su vida -también sin suerte- el 12 de junio de 1903. Su único hijo Rodolfo tuvo extraña muerte en 1889 (se supuso un suicidio) y su hermano Maximiliano fue fusilado en Querétaro durante la revolución mexicana. Pocos reyes habían enviudado como él: la emperatriz Isabel Amalia Eugenia cayó apuñalada por un fanático en 1898. Tras el asesinato de su sobrino Francisco Fernando en Sarajevo, el emperador le declaró la guerra a Serbia y entre ese 28 de julio y el inmediato 11 de agosto de 1914, siete sucesivas declaraciones de guerra, cruzadas entre varios países, envolvieron a Europa en el caos.

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