
El buen manejo de la cosa pública
Por Ernesto O´Farrell Para La Nación
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En estos momentos de marcado pesimismo nacional parece oportuno reflexionar sobre los verdaderos males que nos aquejan, que no se solucionan con cambios de figuritas ministeriales, sino poniendo orden en el manejo de la cosa pública, aspecto que por ahora parece olvidado.
Una de las más generalizadas cualidades de nuestra administración pública es la de otorgar nombres rimbombantes a sus reparticiones. La medalla de oro en esa disciplina ha sido el Ministerio de Bienestar Social, pero hay también muchas medallas de plata y de bronce de similar tenor.
Los susodichos nombres suelen tener más que ver con objetivos teóricos que con la realidad material cotidiana.
Por ejemplo, la Superintendencia de Seguros, que debía supervisar a las compañías de seguros, terminó apañándolas, y dejando así sin protección efectiva a muchísimos asegurados que, pese a haber pagado sus primas, en el momento de cobrar el seguro recibieron la mala noticia de que la compañía carecía de bienes.
Otro nombre engañoso resultó ser el del Banco Nacional de Desarrollo, que organizó una suerte de salvamento de empresas en crisis, tarea que terminó después de varios años en la liquidación definitiva de casi todas las empresas que recibieron ese "apoyo" del banco.
Deterioro administrativo
Muchos entes recaudadores de impuestos han adquirido la mala costumbre de no registrar los ingresos recibidos, y exigir a los contribuyentes la prueba del pago bajo pena de reclamarle las costas y hasta un nuevo pago si no se pro-duce esa prueba. Bancos oficiales han desconocido pagos por ellos recibidos, alegando que "el sello no guarda similitud con el usado por el banco". Cabe preguntarse de qué sirve un recibo oficial. También se convierte en una tarea innecesariamente molesta tener que pagar ciertos impuestos con cheques pro-pios. Lo que cuenta es que se pague y que la imputación sea clara.
La Argentina ha tenido en su historia buenos administradores, pero desde hace ya varias décadas el deterioro administrativo resulta cada vez más grave.
Tiempo atrás, en estas mismas páginas, dijo Marcos Aguinis que la Argentina es un país sin gerenciamiento. Y tiene razón. Esa falta se agudiza aún más en la administración pública, lo que sin duda se debe en gran parte a la inveterada costumbre de los políticos de nombrar a su propia gente, más por relaciones partidarias o personales que por capacidad administrativa.
Es verdad que, como siempre, hay excepciones a la regla, pero lamentablemente no son muchas.
No es que no se pueda mejorar la administración pública. Es que quienes pueden hacerlo no quieren.





