El calendario golpista de América latina
En nuestro continente, el siglo XX estuvo marcado por la sistemática interrupción de la democracia. Si bien es cierto que desde 1983 hay menos golpes de Estado, en la última década se registraron en la región por lo menos nueve intentos de tomar el poder por las armas.
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HACE unos días, Paquistán mostró al mundo que el golpe de Estado sigue latente como "recurso de poder", en el buen decir de Cursio Malaparte, el reconocido teórico de La Técnica del Golpe de Estado (1937). Si nadie le da larga vida al nuevo dictador es porque la "transición democrática" que vivimos desde hace unos 20 años en el Tercer Mundo, como mano izquierda de la liberalización del comercio y el trabajo, es, al decir de Kenneth Galbraith, "un buen contrato sin garantía" (Buenos Aires, FUALI, 1995).
Algunas muestras de golpismo irreductible en América latina confirman que ese "contrato", por ahora, funciona. Es un hecho: desde 1983 hay menos golpes militares, pero si tomamos la última década, sólo se conocen 9 cuartelazos: en la Argentina, el 3-12-90; en Panamá, el 5-12-1990; en Perú, en mayo de 1990; en Venezuela, el 4-2-1991 y el 27-11-1992; en Haití: en 1992 y 1994, y en Paraguay, en 1995 y 1999. Suficientes para saber dos cosas: ya no son tantos los que se atreven (sobre todo, porque casi ninguno triunfa y si triunfa no se sostiene), ni fueron tan pocos quienes lo intentaron. Casi uno por año.
Este nuevo "clima" es el que le hizo decir al actual presidente venezolano, Hugo Chávez Frías, autor del cuarto golpe de la década, esta sugestiva declaración: "Es la hora de la constituyente. Los golpes son cosas del pasado". A más de uno se le vino a la cabeza aquella frase con la que Leopoldo Lugones se despidió del socialismo en 1930: "Llegó la hora de la espada". Era el mundo que comenzaba a saborear la última importación metropolitana: el nazifascismo.
Nunca hubo tanto embate militar como desde la década que marcó trágicamente el triste poeta porteño. Tras el quiebre producido por la Segunda Guerra Mundial nuestro continente se llenó de golpes y dictaduras. Alguna razón habrá tenido el historiador Tulio Halpering-Donghi para escribir que "las consecuencias de la crisis mundial", iniciada en 1929, "escondían cambios aún más importantes que no se borrarían ya en Latinoamérica..."
Cien años de zozobra
Cuenta el historiador Virgilio Rafael Beltrán que en 1968, el 62 por ciento de América latina, de Africa, del Medio Oriente y de Asia sudoccidental, estaba gobernado por dictaduras militares. América latina se destacó sólo porque en la casi totalidad de sus países, esos regímenes surgieron de golpes de Estado, mientras que en las otras regiones fueron producto de guerras, la aparición y desaparición de Estados, revoluciones, etcétera.
Si hacemos la cuenta del total de pronunciamientos militares documentados, entre 25 países, desde 1902 hasta la última jugarreta del general Oviedo, resultarán 326 golpes de Estado.
Según datos de la Organización de los Estados Americanos (OEA), el país donde se registraron más golpes de Estado e intentos de interrupción del orden constitucional en el siglo XX es Bolivia: 56, desde el golpe a Salamanca en 1934, en plena Guerra del Chaco, hasta 1985. Le sigue la Argentina, con 48, desde 1930 hasta el intento de Seineldín. Luego viene Guatemala, con 36 cuartelazos desde 1944; Perú, con 31; Panamá, con 24 (aquí se registra el que fue, posiblemente, el primero de este siglo en América latina, porque ocurrió en 1902, cuando los miembros de la compañía que construía el canal, se alzaron en armas, ocuparon el palacio de gobierno y se separaron de Colombia, en acuerdo con los enviados de Roosevelt). En Ecuador se cuentan 23 asonadas. Cuba tuvo 17 hasta 1958, Haití, 16 hasta 1995. Santo Domingo, 16, Brasil, apenas 10 golpes típicamente latinoamericanos. Chile, sólo tuvo 9, México, 1, en 1929, si descontamos que las FF.AA. fueron integradas al Estado como cogobernantes, en un fenómeno parecido al que se dio en Cuba (1959) y en Nicaragua (1979).
En Venezuela hubo 11 golpes desde 1908 hasta noviembre de 1992 (este último atribuido a Chávez, que estaba preso), pero entre 1993 y 1998 se supo públicamente de 9 conspiraciones golpistas, todas abortadas. En Colombia hubo apenas 8 golpes y la más larga violencia rural del continente, y al Sur, en Uruguay, sólo 5, con una de los más largos períodos de libertades públicas, junto con Chile; en estos dos países el siglo XX se puede medir con votos, en los otros, con botas. En Surinam, Jamaica, Guyana, Grenada y Trinidad y Tobago se dieron, desde 1965, unos 15 cuartelazos para voltear regímenes democráticos y militares.
En los únicos casos donde los ejércitos fueron derrotados y sustituidos temporalmente por milicias revolucionarias u otras formas irregulares de organización militar, encontramos a México (1910), Bolivia (1952), Cuba (1958) y Nicaragua (1979). Algunos países como Paraguay, Guatemala o Haití conocieron en los últimos 15 años del siglo (o redescubrieron después de décadas) el voto, la libertad de expresión, prensa y organización.
Los países donde las democracias han durado más en este siglo son Chile, Uruguay, Colombia, Venezuela y Costa Rica, suponiendo que México pueda ser exceptuada de la lista por la llamada "dictadura" del PRI, que desde 1930 hasta 1946 no permitió que un solo civil se acercara a la silla presidencial. En el 30 por ciento de los casos, los golpes y las dictaduras resultaron de la intervención directa de tropas de los Estados Unidos, por lo menos desde el fin de la guerra hispano-norteamericana. Si registramos sólo el Caribe y América Central, hasta Panamá, la proporción se acercaría al 70 por ciento.
Para todos los gustos
Clasificar y definir este total por sus características analógicas o diferenciales, resulta un voluptuoso ejercicio garciamarquiano , sobre todo cuando hurgamos en la intimidad de muchas de las dictaduras que surgieron.
La de Barrientos, en la Bolivia del 40, fue una de las más pintorescas: un buen día el general decidió sumar a su prolífica familia más de 40 niños "de la calle", que alegraban el palacio entre decreto y decreto. También está el caso del general Somoza, que se hizo construir tantas estatuas y monumentos como le deba la imaginación y el presupuesto; o el del general Juan Vicente Gómez, en Venezuela, que en 1918 decretó que el país entero era "una hacienda" y él su "único amo". Así, una tras otra, como si fueran páginas desprendidas del más febriciente realismo mágico.
Tal fue la andanada militarista y su variopinta conformación histórica, que incomodó a muchos estudiosos sesentistas, que se vieron obligados a clasificarlos de alguna manera para saber de qué se trataba. Fue así como nos enteramos de que habitábamos entre regímenes "patriarcales", "localistas", "populistas", "nacional-populistas" y "popular-fascistas" y "militar-progresistas". Y no faltó quien dijera que el de Fidel era un régimen "comunista".
Con la globalización en marcha, muerta ya la Unión Soviética y congelada la Guerra Fría, hemos visto aparecer novedades, cada una más curiosa. A Fujimori se le ocurrió inventar el primer "autogolpe civil", en 1991.
El paraguayo Lino Oviedo, más creativo, quiere convencer a Clinton y a la ONU de que sus aprestos militaristas fueron "para el progreso de la democracia", según declaró el general al día siguiente del golpe. El cuartelazo de Hugo Chávez, por su parte, sería el primer "golpe mediático". Según los estudiosos del caso Venezuela, el hoy flamante presidente de expansiva oratoria, tendría otro destino político, si no fuera porque Carlos Andrés Pérez le permitió pronunciar por televisión estas cuatro palabritas: "Hemos fracasado... Por ahora". Dicen las malas lenguas, entre ellas la del especialista en medios Eleazar Díaz Rangel, que ese "por ahora" se encajó en la conciencia de un pueblo hastiado, en forma de promesa redentora, y a Chávez, humilde coronel mestizo y provinciano, lo convirtió en una suerte de aparición providencial de Simón Bolívar y Jesucristo juntos.
Ultimamente ha surgido una gran tentación por definir el siglo XX según alguna marca definida (el siglo del cine, de la liberación sexual, de la ecología, de la energía nuclear, etcétera); ¿por qué América latina no tiene derecho a ser definida en este siglo por la marca de sus golpes de Estado? No sería la mejor marca, ciertamente, pero tampoco necesitaría mucha publicidad para que los habitantes del próximo milenio la reconozcan.
El autor es un escritor y periodista venezolano radicado en la Argentina desde 1990.






