
El capital humano es clave para el desarrollo y la competitividad
Por Adalberto Rodríguez Giavarini
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La creciente apertura de la mayoría de las economías va definiendo un contexto en el que la competitividad es factor determinante para el desarrollo de un país. La decisión de participar en este proceso implica una mayor exposición de los factores productivos y de los mercados nacionales al devenir de las diversas regiones del mundo.
La globalización obliga a las naciones a ser más eficientes con sus recursos e impulsa a invertir en la conformación de activos que aumenten su competitividad. Dentro de estos "activos creados", la tecnología y los recursos humanos se encuentran en un lugar clave. A pesar de las diferencias que muestran los mercados laborales de las economías industrializadas en el grado de regulación, la creciente demanda de trabajo calificado (intelectual) sobre el trabajo no calificado (manual) es generalizada.
La mayoría de los puestos que se crearon en las dos últimas décadas en los países desarrollados fueron en sectores con alto nivel educativo (finanzas, seguros, etcétera). Los sectores con un porcentaje menor de universitarios (manufacturas, construcción, etcétera) tuvieron un papel modesto o negativo en la demanda laboral.
Este proceso tiene consecuencias diferentes para el corto y largo plazo. La introducción de tecnologías induce a una mayor demanda de personal calificado, al aumentar la productividad y su potencial de crecimiento. En el corto período baja el requerimiento de trabajadores menos calificados, que de esa manera enfrentan dificultades para su inserción.
En la Argentina
En esta década, en el país se refleja a grandes rasgos una experiencia similar a la de las economías desarrolladas, con consecuencias agravadas por haber permanecido por largo tiempo en relativo aislamiento. La economía argentina atraviesa un ajuste competitivo que impacta de diversa manera en distintos sectores. La apertura internacional y la incorporación de tecnología generaron una creciente demanda de mano de obra calificada en detrimento de la menos calificada.
Al igual que en los países desarrollados se observa una progresiva participación de los trabajadores altamente educados en la estructura ocupacional. A medida que avanza la década aquéllos con secundaria completa o superior aumentaron su participación entre los ocupados al pasar del 42,8% en 1991 a 47,3% en 1999 en el área metropolitana de Buenos Aires.
La caída en la demanda relativa de mano de obra con bajo nivel educativo indujo a un aumento en el desempleo en este grupo de trabajadores. El gráfico, que muestra cifras para el Gran Buenos Aires, destaca que mientras la tasa de desocupación de los trabajadores con educación universitaria completa creció un 1,4% entre 1989 y 1999, en esos diez años la falta de empleo creció 16 puntos para quienes no alcanzaron a completar la primaria y el 8,5% para trabajadores con niveles intermedios de educación.
Estos números evidencian que los cambios en la economía afectaron particularmente a los menos calificados. Al mismo tiempo, la experiencia reciente muestra que no siempre la oferta educativa responde a necesidades empresarias.
Ante ese panorama muchas empresas decidieron capacitar sus recursos humanos. Una encuesta realizada conjuntamente por el Indec y la Secretaría de Ciencia y Tecnología muestra que entre 1992 y 1996 un 38% sobre 1639 empresas relevadas (50% del empleo total de la industria manufacturera) realizó algún gasto en capacitación. Sobre el total de respuestas, dos tercios de las empresas relacionaron las necesidades de capacitación con cambios en la estructura productiva organizacional o de inserción de la empresa en los mercados. Por otro lado, un sondeo de la UIA constató que el 56% de las pequeñas y medianas industrias (Pymi) llevó a cabo actividades de capacitación por cambios en el sector productivo.
Mezcla de problemas
El mercado laboral argentino es todavía una mezcla que combina un país cerrado y poco competitivo con ingredientes de una economía que se ajustó a los cambios estructurales mediante la incorporación de tecnología, nuevas prácticas organizacionales y un importante crecimiento de la productividad laboral.
El diagnóstico de la situación argentina, con alto desempleo -especialmente en los sectores menos calificados-, tiene básicamente dos enfoques: 1) El desfase entre las reglas competitivas -que las reformas estructurales impusieron sobre gran parte de la economía y la rigidez del mercado laboral- genera desocupación, al no incentivar a las empresas a elegir procesos de producción intensivos en mano de obra. Al preferir métodos de producción intensivos en capital, demandan sólo el tipo de trabajo complementario que necesitan.
2) La visión alternativa manifiesta que el desempleo es el precio por la modernización económica y el aumento de la productividad. La implicancia de este punto es que no habrá una solución de fondo al problema sin mejoras en la educación y la calificación de la mano de obra.
Probablemente haya una mezcla de ambos problemas. La experiencia de los países desarrollados muestra que el marco regulatorio impacta en el desempleo, pero no en la situación más desfavorable de los trabajadores con baja calificación (en Europa continental se manifiesta con mayor tasa de desempleo, en Inglaterra y los Estados Unidos con salarios progresivamente menores). En este sentido es probable que un cambio en la regulación aumente el empleo de los menos calificados, ya que bajarían los costos del factor trabajo.
La experiencia de los años 90 indica que la mayor deuda es la ausencia de una reforma educativa a la altura de las transformaciones de la economía. Aumentar los niveles educativos orientados hacia la satisfacción de sectores potencialmente más demandantes de mano de obra y reducir la brecha con los países en desarrollo tienen utilidades indiscutibles que se traducen en mayor productividad. En nuestro país las discusiones están centradas sólo en torno de la flexibilidad laboral y la eliminación de impuestos al trabajo (aquí hay consenso, pero dificultades fiscales) como camino para bajar el desempleo y ello limita las perspectivas. El logro de mejores condiciones para los trabajadores menos calificados implica emprender el camino largo: fortalecer la educación básica y la capacitación.
Para incrementar la competitividad, la opción estratégica para la Argentina es clara: convertir nuestros recursos humanos -menos móviles aun en la globalización- en una nueva ventaja comparativa que aliente las inversiones. La calidad intelectual de los argentinos debe ser el puente para transitar el siglo que viene en un país con mayor equidad y justicia.





