El cielo estrellado y lo absoluto (Beethoven cuarta parte)
"¡La ley moral dentro nuestro y el cielo estrellado encima de nosotros! ¡¡¡Kant!!!" Esta anotación de Beethoven, transmitida en un cuaderno de conversación, está fechada en 1820 y es la única evidencia literal que tenemos del interés del compositor por el filósofo.
Habrá sido su amigo el médico Franz Gerhard Wegeler quien lo interesó por Kant, pero no sabemos si Beethoven leyó realmente sus libros, los conocía más bien de oídas (igual casi todos en su época, kantianos sin necesidad de alfabetización) o incluso, en el caso de haberlos leído, si había entendido algo ("entender algo" no implica una comprensión correcta, sino un influjo suficientemente poderoso para inducir una confirmación o un cambio). La cita no confirma (cierto que tampoco refuta) que Beethoven hubiera leído la Crítica de la razón práctica. En su estudio sobre Beethoven, Paul Bekker da pocas vueltas y explica enfático: "La religión de la época beethoveniana era la ética de Kant, y esta ética es el contenido de las composiciones de Beethoven".
Desde luego, es irresponsable pretender corroborar o refutar semejante afirmación en este espacio (y probablemente aun en cualquier otro), de modo que voy a señalar nada más que este problema toca el corazón del sentimiento religioso de Beethoven.
El filósofo Friedrich Schleiermacher, que encontraba precisamente una conexión entre la ética y la divinidad, escribió en Sobre la religión (1799): "Toda acción propiamente dicha debe ser moral y puede serlo; pero los sentimientos religiosos deben acompañar, como una música sacra, todo el hacer de los humanos; todo debe hacerse con religión, pero no por religión". Entiendo esta frase, siguiendo lejanamente al musicólogo Carl Dahlhaus, de tal modo que la música puede ser "sagrada" porque, inversamente, lo sacro, tal como lo entiende Schleiermacher, puede manifestarse como música. La música rodea lo inefable en vez de aferrarse a lo "dicho". Pero lo indecible puede expresarse musicalmente en cifras, ya que la música es un lenguaje más allá del lenguaje.
No es una casualidad que, en su estudio inconcluso sobre Beethoven, Theodor W. Adorno mencione repetidamente a Kant en las páginas que dedica a las tentativas litúrgicas beethovenianas, y en particular a la Missa solemnis.
Para Beethoven la ética no podía desvincularse del todo de una verdad metafísica, que tenía su envoltorio formal definitivo en la liturgia.
Para Beethoven la ética no podía desvincularse del todo de una verdad metafísica, que tenía su envoltorio formal definitivo en la liturgia. Pensaba además que la música litúrgica auténtica debía limitarse a las voces. Pero Beethoven se hacía demasiadas, preguntas que otros compositores no se habían hecho antes y que algunos venturosos no se harían tampoco después. En una de sus anotaciones, nos topamos por ejemplo con lo siguiente: "Para escribir verdadera música litúrgica, recorrer todos los cantos de los monjes, buscar cómo son los versículos en las traducciones más exactas, con la prosodia precisa de todos los salmos y canciones cristiano-católicos". En pocas palabras: una preparación que anula la composición misma. La Missa solemnis es entonces la huella de una impotencia, no la del propio Beethoven sino de la de un "estado histórico del espíritu" (son palabras de Adorno) que le daba la espalda a una conversación con lo absoluto.
Escarpada, pétrea, inútil para la liturgia, la Missa solemnis se escucha todavía como el testimonio de una lucha formal, en la que la belleza insobornable del "Benedictus" es tregua y reconciliación.
Esto lo supo muy bien, claro que a su manera, Oswald Spengler, que en La decadencia de Occidente nos dijo: "Un hombre como Kant se sentirá siempre superior a Beethoven, como el adulto se siente superior al niño; pero no podrá impedir que Beethoven aparte de sí la Crítica de la razón pura, considerándola como una mísera concepción del universo".










