
El comienzo de la leyenda
Castro labró su imagen de gran redentor del pueblo cubano y puso esmero en destacar los componentes míticos de su relato
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Tendido en el cañaveral aquella fresca madrugada del 6 de diciembre de 1956, Fidel Castro ya conocía cuál iba a ser su destino: "Ya ganamos la guerra", les dijo a sus dos compañeros, Universo Sánchez y Faustino Pérez, dos de los 16 sobrevivientes del calamitoso desembarco del yate Granma cuatro días antes cerca de la playa de las Coloradas, en la costa suroriental de Cuba.
Tres días después del desembarco, el Ejército Rebelde, que había partido de Tuxpan, en el Golfo de México, una semana antes con 82 expedicionarios a bordo del Granma, sufrió una feroz emboscada en la loma de Alegría del Pío a manos de la Guardia Rural. Un campesino había alertado a los soldados del dictador Fulgencio Batista de la presencia de los insurgentes, que huyeron en estampida al verse sitiados. Muchos murieron o fueron apresados. Tras la refriega, el Ejército Rebelde de Castro se limitaba a tres hombres, dos fusiles y 120 balas.
Días más tarde, el grupo de Fidel se encontró con los cinco hombres que conformaban el pelotón de su hermano Raúl. "Los días de la tiranía están contados", exclamó entonces Fidel, que cuatro días después lograba contactar con otros ocho expedicionarios, entre ellos, Ernesto Che Guevara, herido leve en un hombro durante la emboscada. Con esa milicia de 15 hombres, Castro tardaría poco más de dos años en llegar triunfante a La Habana.
Según Tad Szulc, considerado el mejor biógrafo de Castro, Alegría del Pío fue "el momento crucial en la vida de Castro y su Revolución". "La historia de Cuba y la del mundo -asegura Szulc en su libro Fidel, un retrato crítico - habría evolucionado de forma diferente si este singular individuo hubiera sido menos decidido y, más importante todavía, menos afortunado".
Obsesionado por la simbología, a Fidel Castro siempre le pareció que las reminiscencias bíblicas lo ayudarían a cultivar su leyenda de gran redentor del pueblo cubano. De ahí que en sus discursos hablara siempre de los 12 hombres, en lugar de 16, que sobrevivieron a la emboscada de Alegría del Pío. "Creo que si hicimos un ejército con 12 hombres, y esos 12 hombres hoy están al frente de los mandos militares [...] somos los hombres que podemos enseñar a todos los institutos armados de la República las mismas cosas que enseñamos a ese ejército", dijo en el cuartel Columbia, el día de su entrada triunfal en La Habana.
Y por si a alguien no le había quedado clara esa identificación mística, la revista Bohemia publicó al poco tiempo un retrato de Castro con un halo de santidad rodeando su rostro.
El apoyo popular
Aunque el Ejército Rebelde había sido diezmado nada más tocar tierra cubana, logró sobreponerse a ese revés gracias al invaluable apoyo prestado por los militantes clandestinos del Movimiento 26 de Julio en la isla. Dos dirigentes fueron vitales: Frank País, que encabezó el levantamiento armado en Santiago de Cuba dos días antes del desembarco, y Celia Sánchez, la única persona con ascendencia real sobre Fidel. El primero moriría a manos de la policía en julio de 1957. Un cáncer atajó la vida de Celia, "la flor de la Revolución", en 1980.
Sin esa estructura clandestina y sin el apoyo de cientos de campesinos de la Sierra Maestra, que fueron sumándose a los insurgentes, la escuálida milicia de Castro no hubiera conseguido derrumbar al régimen de Batista, que contaba con un ejército de 40.000 hombres bien pertrechados y con el apoyo militar inicial de Estados Unidos.
Veinticinco meses después de haber escapado a la emboscada de Alegría del Pío y haber vaticinado la victoria, Fidel entra triunfante en Santiago de Cuba, la ciudad donde estudió y donde "cinco años, cinco meses y cinco días" antes (en la cuenta redonda de Castro) había prendido la llama revolucionaria con el asalto frustrado al cuartel Moncada.
Mientras Batista huye sin acabar su cena de fin de año, Castro prepara ya la caravana de la victoria hacia La Habana. Pero antes, en Santiago, el joven comandante se reúne con los oficiales batistianos para evitar un baño de sangre en la ciudad. Tras escucharle, los 300 oficiales se pasan al bando insurgente. Y Santiago, "la ciudad héroe", se toma sin disparar un solo tiro. "La Revolución empieza ahora [...] Nunca nos dejaremos arrastrar por la vanidad ni por la ambición", les dice Fidel a miles de entusiastas santiagueros el 2 de enero de 1959, el mismo día en que las columnas de Guevara y de Camilo Cienfuegos -la tercera deidad de la trinidad laica de la revolución, junto a Fidel y al Che- alcanzan La Habana.
Recibido como un Cristo resucitado en cada pueblo del camino, Castro tarda ocho días en llegar a La Habana, donde finalmente lo recibe "un mar de pueblo". Desde su vehículo, saluda a las masas. En las imágenes que han quedado para la historia de esa caravana triunfal puede verse, junto al comandante en jefe, a dos de sus más directos colaboradores. A un lado, Huber Matos (condenado diez meses más tarde a 20 años de prisión, acusado de "traición"). Al otro, Cienfuegos, desaparecido en un vuelo días después de haber sido enviado por Fidel para arrestar a Matos en la ciudad de Camagüey.
Embriagados de júbilo, miles de habaneros jalean al líder en el cuartel Columbia. Es la noche grande de Castro. La noche de las palomas blancas posándose en los hombros del joven Robespierre caribeño; la noche del "¿voy bien, Camilo?"; la noche en que la multitud vitorea a Cienfuegos -venerado por el pueblo por su sencillez y coraje-, situándolo (tal vez en mala hora) en el mismo altar que a Fidel.
Aquel día, el 8 de enero de 1959, cientos de miles de personas se echaron a la calle para celebrar la llegada de Castro a La Habana y el comienzo de una nueva era en Cuba. El periplo de los 12 apóstoles (o quizás alguno más) había llegado a su etapa final. Con tan sólo 32 años, Castro demostraba así su teoría de que la voluntad de un hombre puede alterar las condiciones objetivas de un país. Y se aprestaba ya a iniciar una nueva cruzada de proporciones, cómo no, bíblicas.





