El conflicto que cambió el mundo

1917, película de Sam Mendes, sintetiza de manera ejemplar el impacto cultural que tuvo la Primera Guerra Mundial
Federico Lorenz
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8 de febrero de 2020  

La vida en las trincheras, según las refleja la película 1917
La vida en las trincheras, según las refleja la película 1917 Crédito: Universal Pictures

Robert Graves, combatiente de la Gran Guerra (1914-1918), le dedicó a su amigo y camarada de armas y también poeta, Siegfried Sassoon, el poema "Dos fusileros". Sus versos finales dicen: "Muéstrenme dos personas tan íntimamente unidas como nosotros/ por los húmedos lazos de sangre/ por la amistad que florece en el barro/ por la Muerte: la enfrentamos cara a cara, y encontramos/ belleza en ella/ y aliento en los muertos". El poema completo describe las condiciones de vida en las trincheras, y pocos textos sintetizan con tanta fuerza y trágica belleza la experiencia que millones de hombres atravesaron en el Frente Occidental.

Surge la misma impresión después de ver 1917,la recién estrenada película del director inglés Sam Mendes: no es un film sobre la guerra, sino sobre la experiencia humana de la guerra. El matiz es clave, y si hubiera algo así como un Oscar a la película más didáctica, allí debería estar. La película es una síntesis de la vida de los combatientes en el frente (de los británicos en particular) y muestra el principal impacto cultural de la Primera Guerra Mundial: la pérdida de la confianza en el progreso del Occidente capitalista; la amarga desilusión, aún entre los vencedores, que constituiría un terreno fértil para la violencia y los totalitarismos surgidos en las décadas siguientes. Para algunos historiadores la primera conflagración mundial inició lo que llaman la guerra civil europea, que extienden desde 1914 a 1945.

Pero 1917 es también la historia de dos hombres, los cabos Blake y Schofield, que reciben una misión riesgosa y de final incierto. La acción está ubicada durante la batalla de Arras, en abril de 1917.

Ese año marca un punto de inflexión en la Gran Guerra: en abril de ese año Estados Unidos entró en guerra contra los alemanes; mientras que la Revolución rusa dejó fuera de la contienda al Imperio de los zares. Los franceses emprendieron la desastrosa ofensiva Nivelle, tan sangrienta que produjo motines en buena parte del Frente, mientras que los británicos lanzaron un ataque a gran escala en el saliente de Ypres, en lo que se conoce como batalla de Passchendaele. Ambas ofensivas marcan el paroxismo de la guerra de trincheras, en las que millares de soldados murieron al intentar el asalto de las posiciones adversarias. Fueron demasiado después de las sangrientas batallas de Verdún y el Somme, el año anterior. Esa fue la base del planeamiento militar de ambos bandos durante esa guerra: desangrar al adversario hasta que quedara exhausto, atrayéndolo a batallas colosales por las cifras de muertos, heridos y desaparecidos. La guerra de desgaste vivida por los combatientes enterrados en posiciones fijas bajo el bombardeo incesante los sometió a penurias naturales y artificiales. Lo que parecía lógico en la planificación se transformó en irrealizable en la primera línea.

Dos soldados en mitad de la tierra de nadie, más el recurso técnico de construir un perspectiva inmersiva pocas veces vista, le permite a Sam Mendes reconstruir la experiencia del frente según la manera en que fue vivida por los soldados comunes. El espectador acompaña a ambos cabos en su peripecia desde que recorren las trincheras de aproximación al frente hasta que con infinitas precauciones salen a la tierra de nadie, ese espacio entre las líneas de ambos bandos viscoso, resbaladizo y pestilente, sembrado de restos de armas, equipos y cadáveres, habitado por ratas y moscas, en los que un embudo de artillería puede ser una trampa tan letal como las peores arenas movedizas. El olor de los muertos sirve para orientar en esa nueva geografía a los mensajeros, tanto como un cuerpo enredado en las alambradas deviene referencia topográfica. Lo antiguo y lo moderno conviven en esa experiencia: es el reconocimiento aéreo el que ha permitido descubrir la maniobra alemana, pero son dos hombres de carne y hueso los que deben llevar el mensaje pues están cortados los cables de teléfono. La película se da la licencia de sintetizar los principales escenarios del Frente Occidental: el suelo calizo, la arcilla y el barro que, desde la frontera suiza hasta el Canal de la Mancha, fue surcado por una intrincada línea de trincheras e ingenios defensivos. Un nuevo mundo de la destrucción en el que vivían millones de hombres para hacer la guerra, y del que bastaba alejarse unos pocos kilómetros para encontrarse con árboles y casas que no estuvieran destruidos. 1917 es un prodigio de reconstrucción de la cotidianidad de esos hombres sometidos a las contradicciones de sacrificios estériles y de que la vida a retaguardia, tan cerca, podía seguir con total normalidad. Y lo logra por el énfasis puesto en los detalles: la vestimenta de los soldados, su equipo, sus fotografías personales; soldados vestidos con gabardina y zapatos claveteados del siglo XIX mientras los aniquilan con armas del siglo XX. Mientras acompañamos a Blake y Schofield en su visión, esas sensaciones se despliegan para que, además de sumergirnos sensorialmente en la acción, oigamos por su boca sus sentimientos. Por eso 1917 es, también, la materialización de una épica de la experiencia bélica que no es ni triunfalista ni patriotera, sino que encarna los lazos construidos entre los hombres bajo fuego.

Casualidad o no, uno de los alemanes con los que se cruzan se apellida Baumer, igual que el protagonista de Sin novedad en el frente, la famosa novela de Erich Maria Remarque. Eso refuerza la convicción de que 1917 puede ser inscripta en el linaje de las grandes síntesis cinematográficas sobre la Primera Guerra Mundial. Hay un nexo en la mirada y en la preocupación que la emparienta, desde el punto de vista del cine masivo, con las dos versiones para la pantalla de la novela de Remarque (de 1930 y 1979), así como con La patrulla infernal (1957), Adiós a las armas (1957) y La vida y nada más (1989). Inclusive con Gallipoli (1981), tanto por la misión asignada como por el recurso a una corrida para cumplirla. Ese hilo pasa por mostrar el sinsentido de la guerra y, a la vez, narrar la experiencia de los combatientes sin impugnarla.

Desde el punto de vista cultural, el impacto de la Gran Guerra es visible en dos cuestiones relacionadas con la memoria. En primer lugar, en las formas de conmemoración: el minuto de silencio, el soldado desconocido, los cementerios de guerra como se los conoce hoy son iniciativas de memoria que se masificaron debido a la escala inédita de muertos en la guerra. En segundo lugar, en que la guerra de trincheras se transformó en sinónimo de "inútil". 1917 muestra cómo, vividas en común por los combatientes, se forjaron lealtades que ya no pasaban por la patria o la nación, sino por la solidaridad bajo fuego entre iguales. Esa brecha entre lo vivido y lo que luego se dijo sobre esa experiencia alimentó distintas mitologías sobre los veteranos de guerra, quienes a su vez a lo largo del siglo XX se reforzaron en su identidad frente a lo que consideraban incomprensión o indiferencia social.

Millares de argentinos o residentes extranjeros combatieron en la Gran Guerra. Otros, como el riojano Almandos Almonacid, piloto nocturno y amigo de Antoine de Saint-Exupéry, se alistaron movidos por lo que consideraban la "defensa de la civilización". Pero las marcas de esa guerra también llegaron a la Argentina de tres maneras singulares. La palabra "desaparecido", de una connotación tan particular en nuestra historia, es un término militar que se masificó a partir de la Gran Guerra: las características de los combates (estáticos, con cuerpos enterrados, desenterrados y vueltos a enterrar por los ataques y contraataques) hicieron que los muertos sin identificar se contaran por decenas de miles. La expresión Nunca Más, pilar de la democracia argentina, replica la consigna popularizada a nivel mundial por los movimientos pacifistas de la década de 1920. Y hasta hace poco, la mayoría de los argentinos enterrados en Malvinas cuya identidad se desconocía estaban bajo una placa que fue diseñada por Rudyard Kipling para las tumbas de los restos anónimos de soldados ingleses. "Solo conocido por Dios" ("Known unto God"). La experiencia de la violencia local heredó símbolos nacidos en las cenizas de una Europa en ruinas y los resignificó. Como en el poema de Graves, la vida emergente del barro y la destrucción.

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