
El control viene en jaula
Por José Ignacio Lladós
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Primero le ocurrió al Rosedal. Los vecinos nunca quisieron enjaularlo, pero no hubo caso: era la reja o el vandalismo terminaba con el parque y, sobre todo, con las rosas. Después le pasó al Obelisco. Símbolo porteño y recuerdo perenne de la primera fundación de la ciudad, de pronto se convirtió en una especie de mural improvisado y no quedó otra que mantenerlo alejado con una reja de esta nueva corriente de artistas urbanos.
Al tiempo, en Retiro sucedió algo similar con la llamada Torre de los Ingleses. Aquel monumento cuyo reloj marcaba la “hora nacional” tampoco pudo con los bárbaros. Y el resultado fue otra reja.
Ahora, con el parque Carlos Thays “encarcelado”, desde el gobierno porteño se proyecta continuar la saga con el parque Rivadavia, otro de los espacios públicos atacados por el descontrol.
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En ningún caso el enrejado surge como la solución más atractiva ni mucho menos ideal. Sin embargo, aquí el ideal aparece reñido con la realidad.
¿Cuál sería el estado perfecto? Parques y monumentos desprovistos de barreras, directamente relacionados con sus entornos, una idealización que parece imposible por estos tiempos. Sin rejas, una noche en el parque Thays es una síntesis de drogas, delincuencia y sexualidad.
Enjaular un parque o un monumento puede resultar algo así como limitarlo o quitarle oxígeno. Pero no hacerlo implica permitir un peligro que, evidentemente, nadie ha sabido o podido controlar.
Además, mantener en buen estado un parque en el que por las noches se rompen los faroles, se destroza el césped y se descuartizan los bancos resulta excesivamente oneroso para la capacidad financiera de la Ciudad o de los padrinos de plazas.
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Maniatada la posibilidad de una autogestión de la sociedad a través del civismo, el Gobierno lanzó hace unas semanas una prueba piloto de concientización. Intentó, mediante carteles en la vía pública, encontrar cierto eco en los dueños o paseadores de perros para que éstos no ensuciaran las veredas con sus deyecciones.
Pues nada. La campaña, por ahora, no parece haber arrojado demasiados resultados, y no por un error en la comunicación, sino porque los porteños dejan la impresión de sentirse ajenos y porque la intervención oficial no alcanza tal como se realiza.
Trasladado al caso de los parques y los monumentos, ¿podría tener eco alguna campaña de concientización?
Visto que la autorregulación en tiempos de desbordes anímicos surge bastante improbable –aun con el bombardeo publicitario–, el camino elegido por el Gobierno indica que donde haya un exceso de descontrol la solución será una jaula.
Seguramente no es la respuesta ideal. Pero tampoco parecería haber otra.





